Valtheris

Capítulo 48

El Autor Sin Firma

La voz desapareció.

No dejó eco.

No dejó silencio.

Dejó una pregunta.

Una de esas preguntas que no buscan una respuesta inmediata, sino que transforman lentamente a quien se atreve a conservarlas.

Valtheris permanecía inmóvil.

El pequeño medallón de cristal descansaba sobre la palma de su mano.

La diminuta pluma dorada seguía girando lentamente en su interior, como si respondiera a un pulso invisible.

El muchacho levantó la vista.

Frente a él, el niño continuaba sonriendo.

No había solemnidad en su rostro.

Solo la alegría tranquila de quien esperaba aquel momento desde hacía muchísimo tiempo.

—¿Quién escribió la primera palabra?

Preguntó Valtheris.

El niño negó suavemente con la cabeza.

—Ésa es la pregunta equivocada.

Valtheris frunció el ceño.

—¿Por qué?

El niño caminó lentamente hasta la inmensa hoguera blanca.

Tomó una pequeña rama caída junto al fuego y dibujó un círculo sobre la tierra.

Después escribió una sola palabra.

“Nosotros.”

Miró nuevamente a Valtheris.

—Nadie escribió la primera palabra solo.

El muchacho permaneció en silencio.

El niño continuó.

—Alguien habló.

Otro escuchó.

Un tercero comprendió.

Y un cuarto decidió recordarlo.

La primera historia nació porque cuatro corazones hicieron juntos lo que uno solo jamás habría podido lograr.

Valtheris sintió que aquella idea transformaba todo lo que había aprendido hasta entonces.

Los héroes nunca caminaban realmente solos.

Alrededor de la gigantesca hoguera, las figuras comenzaron a guardar silencio.

Una tras otra fueron levantándose.

No por obligación.

Por respeto.

Todas dirigían la mirada hacia el extremo más lejano del inmenso cielo estrellado.

Valtheris siguió aquella dirección.

Al principio no distinguió nada.

Después apareció una luz.

No descendía.

No avanzaba.

Simplemente parecía haber estado siempre allí.

La claridad aumentó poco a poco.

Y una figura comenzó a dibujarse entre las constelaciones.

No era un anciano.

No era un niño.

No era hombre ni mujer.

Su rostro cambiaba suavemente con cada latido.

En un instante parecía joven.

Al siguiente, anciano.

Después una madre.

Después un pescador.

Después una niña.

Después un desconocido.

Como si contuviera el reflejo de todos aquellos que alguna vez habían contado una historia con sinceridad.

Valtheris sintió una emoción imposible de nombrar.

No era veneración.

Era reconocimiento.

Como si una parte olvidada de sí mismo acabara de encontrar su origen.

En el Bosque de los Primeros Nombres, Maeron también levantó lentamente la vista.

Las hojas doradas comenzaron a girar formando un inmenso espiral.

El árbol más antiguo emitió un resplandor jamás visto.

La voz del bosque volvió a surgir.

—Ha despertado.

Lumen dio un paso adelante.

—¿Quién?

Las raíces respondieron al unísono.

—Aquel que jamás quiso ser recordado.

Kael respiró profundamente.

—¿Existe alguien capaz de renunciar a semejante legado?

Maeron sonrió con una mezcla de admiración y tristeza.

—Solo quien comprende que la historia siempre debe ser más importante que quien la cuenta.

Mientras tanto, en la pequeña aldea alpina, Elia permanecía sentada junto al lago.

No escribía.

Simplemente contemplaba el agua.

Las ondas formaban círculos perfectos.

Cada uno reflejaba una escena distinta.

En uno veía a un anciano enseñando a un niño.

En otro, a una mujer abrazando a una desconocida.

En otro, a dos enemigos compartiendo pan.

La niña sonrió.

No sabía que estaba observando fragmentos de la Memoria del Mundo.

Su abuelo se acercó lentamente.

Tomó asiento junto a ella.

—¿Qué ves?

Elia tardó en responder.

—Personas que nunca conoceré…

Pero siento que las extraño.

El anciano cerró los ojos.

Aquella respuesta confirmó lo que sospechaba desde hacía años.

La niña no solo escribía historias.

Las recordaba.

En el Primer Amanecer, el Rey sostenía todavía la corona entre sus manos.

De pronto, el metal comenzó a calentarse.

Las grietas emitían una luz tenue.

Eryon observó el fenómeno.

—Está cambiando.

El Rey negó lentamente.

—No.

Soy yo quien está cambiando.

Miró largamente la corona.

Después hizo algo que jamás creyó posible.

La dejó cuidadosamente sobre la tierra blanca.

No la arrojó.

No la destruyó.

Simplemente dejó de sostenerla.

En el mismo instante, una pequeña flor comenzó a crecer exactamente debajo de la corona.

Nadie habló.

Pero el Primer Amanecer entero pareció respirar con mayor libertad.

Frente a la gigantesca hoguera, la figura luminosa se detuvo.

No caminaba.

El espacio parecía acercarse a ella.

Las demás presencias inclinaron lentamente la cabeza.

El niño hizo lo mismo.

Valtheris permaneció inmóvil.

La figura sonrió.

Su voz no sonó en el aire.

Resonó directamente en el corazón del muchacho.

—Has llegado mucho más lejos de lo que imaginabas.

Valtheris reunió valor.

—¿Eres el autor de la primera historia?

La figura respondió con infinita calma.

—No.

Soy quien decidió no firmarla.

El muchacho sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

La respuesta llegó acompañada por una inmensa serenidad.

—Porque una historia deja de pertenecer al mundo…

Cuando alguien intenta poseerla.

Guardó un breve silencio.

Después continuó.

—Las mejores historias son aquellas donde el lector termina creyendo que también le pertenecen.




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