Valtheris

Capítulo 49

El Puente de las Dos Semillas

La diminuta flor azul permaneció inmóvil sobre la página del cuaderno.

No parecía real.

Sus pétalos eran tan delicados que dejaban pasar la luz a través de ellos, como si estuvieran tejidos con el resplandor del amanecer.

Elia acercó lentamente la mano.

Temía que desapareciera.

Que todo hubiera sido un sueño.

Rozó uno de los pétalos con la yema del dedo.

La flor no se desvaneció.

Al contrario.

Comenzó a abrirse lentamente.

En su centro apareció una diminuta gota de luz.

No era rocío.

Era un recuerdo.

La niña no comprendía cómo podía saberlo.

Pero lo sabía.

La gota ascendió suavemente hasta quedar frente a sus ojos.

Y una voz, tan tenue como el murmullo de un arroyo, pronunció una sola frase.

—Toda historia verdadera florece dos veces.

Elia cerró los ojos.

Sintió que aquella voz no venía del exterior.

Había estado siempre dentro de ella.

Solo que nunca antes había aprendido a escucharla.

En el círculo de la gran hoguera blanca, Valtheris seguía sosteniendo la semilla plateada.

Las raíces luminosas crecían lentamente entre sus dedos.

No le causaban dolor.

Le transmitían una serenidad desconocida.

La figura que jamás firmó la primera historia contemplaba la escena con profunda atención.

A su alrededor, las innumerables presencias guardaban un respetuoso silencio.

Nadie intervenía.

Sabían que estaban asistiendo a un acontecimiento que solo ocurría una vez en cada era.

El muchacho respiró profundamente.

—¿Por qué la semilla respondió también a Elia?

La figura sonrió.

—Porque una historia nunca pertenece únicamente a quien la vive.

También pertenece a quien sabrá conservar su verdad cuando el tiempo intente deformarla.

Valtheris permaneció inmóvil.

Comprendía el significado de aquellas palabras.

Pero todavía ignoraba toda su profundidad.

—Entonces…

¿Ella también forma parte de la profecía?

La figura negó lentamente.

—No.

La profecía forma parte de ella.

El silencio volvió a envolver el lugar.

El niño del medallón observó al muchacho con una sonrisa luminosa.

—Las profecías nacen para señalar un camino.

Los sembradores…

Nacen para recordar por qué vale la pena recorrerlo.

Mientras tanto, en el Bosque de los Primeros Nombres, las raíces comenzaron a entrelazarse con mayor intensidad.

El árbol más antiguo emitía un resplandor cada vez más profundo.

Sobre la corteza continuaban apareciendo letras.

Ya no eran fragmentos.

Ahora comenzaban a formar frases.

Maeron pasó lentamente la mano sobre la madera.

Las palabras vibraban bajo sus dedos.

Leyó en voz baja.

—“Quien recuerde un nombre con amor…

Lo pronunciará incluso sin conocerlo.”

Lumen sintió un estremecimiento.

—Eso fue exactamente lo que hizo Elia.

Maeron asintió.

—Y por eso el bosque respondió.

Ardan levantó la vista hacia las inmensas copas.

—¿Cuántos nombres quedan por regresar?

El Primer Escriba guardó silencio.

Después respondió con humildad.

—Muchísimos más de los que imaginábamos.

Porque el olvido jamás destruye de golpe.

Va borrando lentamente aquello que deja de ser amado.

En el Primer Amanecer, la pequeña flor nacida bajo la corona del Rey había crecido unos centímetros.

Sus pétalos blancos brillaban con una luz suave.

El antiguo soberano permanecía observándola.

No comprendía por qué aquella sencilla flor lo conmovía más que todos los tronos que alguna vez había conquistado.

Eryon sonrió.

—Es hermosa.

El Rey bajó lentamente la cabeza.

—No la merezco.

Eryon respondió con calma.

—Las flores no preguntan quién las merece.

Solo florecen.

Aquellas palabras atravesaron el corazón del antiguo enemigo.

Durante miles de años había vivido convencido de que todo debía ganarse.

Nunca había considerado que algunas cosas simplemente se regalaban.

El perdón.

La amistad.

La esperanza.

Quizá el amor.

Sintió una punzada en el pecho.

No de dolor.

De nostalgia.

Recordó nuevamente a la niña que le había entregado una flor blanca.

Esta vez logró escuchar sus palabras.

“Cuídala hasta que aprendas a cuidar también tu corazón.”

El Rey cerró los ojos.

Por fin recordaba.

Nunca había perdido aquella flor.

Había sido él quien dejó de verla.

En la Biblioteca Invisible, el Lector del Silencio recorría por última vez los pasillos infinitos.

Los libros se inclinaban levemente a su paso.

No como una despedida.

Como un gesto de gratitud.

El anciano sonrió.

Había dedicado toda una eternidad a custodiar aquellas historias.

Ahora comprendía que ninguna necesitaba ser protegida para siempre.

Solo necesitaban seguir siendo compartidas.

Llegó finalmente ante un pequeño estante vacío.

Solo había un espacio libre.

Tomó el libro de tapas azules que había mostrado a Valtheris.

Lo colocó allí.

En cuanto el volumen tocó la madera, apareció una inscripción dorada.

“Libro del Caminante que Aprendió a Escuchar.”

El anciano acarició la cubierta.

—Todavía no está terminado.

Murmuró.

—Y eso es lo más hermoso.

Muy lejos de allí, en la humilde casa junto al lago, Elia volvió a escribir.

No intentaba crear un cuento.

Simplemente seguía las palabras que parecían brotar solas desde el fondo de su corazón.

“Hay puentes construidos con piedra.

Otros con madera.

Pero los más difíciles de destruir se construyen cuando dos personas deciden creer en una misma esperanza.”

Terminó de escribir.




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