Valtheris

Capítulo 51

El Primer Olvido

La risa cesó.

No dejó eco.

No dejó sombra.

Dejó una ausencia.

Fue una sensación tan sutil que nadie habría podido describirla con exactitud. No era frío. No era oscuridad. Era la impresión de que algo acababa de ser retirado del mundo, aunque nadie supiera todavía qué era.

En el lugar donde descansaba la inmensa puerta de obsidiana, el silencio adquirió peso.

Las raíces negras que cubrían el antiguo umbral comenzaron a moverse lentamente.

No crecían.

Respiraban.

Cada latido parecía arrancar una diminuta partícula de luz del aire que las rodeaba.

Sobre la piedra ennegrecida continuaba brillando la inscripción.

“El primer olvido nunca desapareció. Solo aprendió a esperar.”

Entonces apareció una segunda línea.

No estaba escrita.

Se iba formando lentamente, como si la propia roca recordara palabras que había olvidado durante milenios.

“Toda memoria posee una sombra.”

Frente a la gran hoguera blanca, Valtheris sintió un escalofrío.

No provenía del puente de estrellas.

Ni de la llave de cristal.

Nacía de un lugar mucho más profundo.

De una intuición.

La figura que jamás firmó la primera historia permanecía inmóvil.

Sus ojos reflejaban una preocupación que nadie entre las antiguas presencias recordaba haber visto jamás.

El muchacho respiró lentamente.

—¿Qué es el Primer Olvido?

La figura guardó un largo silencio.

Después respondió.

—No fue una persona.

Tampoco un reino.

Ni una criatura.

Fue…

La primera vez que alguien eligió olvidar deliberadamente una verdad que conocía.

Valtheris permaneció inmóvil.

Aquella respuesta parecía sencilla.

Pero encerraba un abismo.

—¿Solo eso?

El niño del medallón negó suavemente.

—No existe un “solo” cuando una decisión cambia la naturaleza del corazón.

La figura continuó.

—Antes de aquel instante, el dolor existía.

La tristeza existía.

La pérdida existía.

Pero nadie ocultaba voluntariamente aquello que sabía.

El Primer Olvido enseñó algo nuevo.

Que era posible cerrar los ojos ante la verdad.

Y desde entonces…

Todas las demás sombras aprendieron ese camino.

En la Biblioteca Invisible, el Lector del Silencio sintió que varios libros se estremecían al mismo tiempo.

No eran los grandes volúmenes de las guerras.

Ni las Crónicas del Alba.

Eran pequeños libros.

Muy humildes.

Historias de reconciliaciones.

De promesas cumplidas.

De personas que habían encontrado el valor para decir la verdad.

El anciano caminó rápidamente hacia ellos.

Las cubiertas permanecían intactas.

Pero algunas palabras comenzaban a desvanecerse.

No desaparecían por completo.

Se volvían difíciles de leer.

Como un recuerdo que empieza a perder nitidez.

El Lector apoyó una mano sobre el primer libro.

Susurró con infinita ternura.

—Todavía te recordamos.

Las letras recuperaron inmediatamente su brillo.

Comprendió entonces lo que estaba ocurriendo.

El Primer Olvido no destruía las historias.

Las convencía de que nadie volvería a necesitarlas.

En el Bosque de los Primeros Nombres, Maeron levantó la cabeza de improviso.

El gran árbol dejó de cantar.

Las hojas doradas permanecieron completamente inmóviles.

Lumen sintió la misma inquietud.

—Lo escuchaste.

No era una pregunta.

El Primer Escriba asintió lentamente.

—Ha despertado.

Kael observó el bosque.

Todo parecía igual.

Y, sin embargo, el aire había cambiado.

—¿Dónde está?

Maeron cerró los ojos.

Escuchó durante largos segundos.

Después respondió con una voz apenas audible.

—En ninguna parte.

Y precisamente ése es su mayor peligro.

Ardan frunció el ceño.

—No entiendo.

Maeron abrió lentamente los ojos.

—El Primer Olvido no necesita caminar.

Solo necesita que alguien crea que recordar ya no vale la pena.

El silencio cayó sobre el bosque.

Nadie encontró argumentos para responder.

Porque todos comprendían cuántas veces el cansancio había estado a punto de convencerlos de abandonar aquello que amaban.

Mientras tanto, en la aldea alpina, Elia continuaba observando la pequeña cerradura plateada que había aparecido sobre su palma.

No desaparecía.

Parecía formar parte de su piel.

Su abuelo preparaba lentamente el desayuno.

El aroma del pan recién horneado llenaba la casa.

Todo parecía normal.

Y, sin embargo…

La niña sintió que olvidaba algo.

No era un recuerdo concreto.

Era una sensación.

Como si una canción muy querida comenzara a borrarse lentamente de su memoria.

Frunció el ceño.

Miró el cuaderno.

Por primera vez desde que comenzó a escribir, dudó.

¿Realmente tenía sentido continuar?

La pregunta apareció sin motivo.

Tan silenciosa.

Tan razonable.

Tan peligrosa.

Tomó el lápiz.

Permaneció varios minutos sin escribir.

Entonces recordó las palabras del niño.

“Nunca escribas para ser recordada.

Escribe para que otros recuerden quiénes son.”

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

La duda desapareció.

Y en cuanto apoyó nuevamente el lápiz sobre el papel, la pequeña cerradura de plata emitió un tenue resplandor.

Su abuelo sonrió sin decir una palabra.

Había reconocido el ataque.

Y había visto también la primera victoria.

En el Primer Amanecer, la flor blanca nacida bajo la antigua corona seguía creciendo.

El Rey permanecía sentado frente a ella.

De pronto, sintió una idea cruzar su mente.

Una idea sencilla.

Tranquila.

Casi lógica.




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