Valtheris

Capítulo 55

La Flor que se Negó a Morir

Valtheris permaneció inmóvil.

No apartó la mirada de la flor negra.

Era distinta a todas las demás.

Las flores del jardín respiraban luz.

Aquella respiraba silencio.

No desprendía oscuridad.

Desprendía ausencia.

Era como contemplar un lugar donde nunca hubiera existido una sonrisa.

Donde ningún abrazo hubiera sido dado.

Donde ningún nombre hubiera sido pronunciado con amor.

El muchacho sintió un peso desconocido en el pecho.

No era miedo.

Era duelo.

El duelo por algo que todavía no había sucedido.

La figura que jamás firmó la primera historia permanecía junto a él.

No intentó consolarlo.

Sabía que algunas verdades debían atravesarse sin atajos.

Finalmente, Valtheris preguntó:

—¿Quién me olvidará?

La figura cerró lentamente los ojos.

—Ésa no es la pregunta importante.

El muchacho guardó silencio.

La figura continuó.

—La verdadera pregunta es:

¿Qué clase de amor puede sobrevivir incluso cuando deja de ser recordado?

El jardín entero pareció contener la respiración.

En la pequeña aldea alpina, Elia despertó con lágrimas en los ojos.

Había soñado con un muchacho cuyo rostro no conseguía recordar.

Solo conservaba una sensación.

Alguien le sonreía desde muy lejos.

Alguien pronunciaba su nombre con una ternura inmensa.

Pero cada vez que intentaba acercarse…

El rostro desaparecía.

Se sentó lentamente sobre la cama.

Llevó una mano al pecho.

Sentía un vacío inexplicable.

Tomó el cuaderno.

Sin pensarlo escribió:

“Existe una tristeza que no nace de perder a alguien.

Nace de presentir que alguna vez lo amaste…

Y ya no recuerdas su rostro.”

En cuanto terminó la última palabra, la tinta comenzó a brillar.

Las letras abandonaron lentamente el papel.

Subieron hacia la ventana abierta.

Y se transformaron en una pequeña golondrina de luz.

El ave emprendió el vuelo.

Nadie en la aldea la vio.

Solo el abuelo levantó lentamente la mirada.

Sonrió.

—Ve.

Susurró.

—Todavía sabe encontrar el camino.

La golondrina atravesó montañas.

Océanos.

Bosques.

Cruzó el puente de estrellas sin detenerse.

Las antiguas presencias reunidas junto a la hoguera levantaron la vista al verla pasar.

No era una criatura.

Era una frase.

Una frase convertida en vuelo.

El niño del bosque sonrió.

—Ella ya está aprendiendo.

La golondrina descendió lentamente.

Se posó sobre la flor negra.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada.

Después, uno de los pétalos comenzó a perder su oscuridad.

Apenas un pequeño borde.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para que la figura sin firma dejara escapar una profunda exhalación.

Valtheris observó maravillado.

—¿Qué ha sucedido?

La figura respondió con los ojos humedecidos.

—Alguien decidió amar…

Aquello que todavía no comprendía.

Y el Primer Olvido jamás supo cómo defenderse de eso.

En el Bosque de los Primeros Nombres, Maeron sintió el mismo cambio.

Las flores azules se inclinaron todas en una misma dirección.

No hacia el cielo.

Hacia el corazón del bosque.

Donde nunca antes había existido nada.

La tierra comenzó a abrirse lentamente.

No como una herida.

Como un nacimiento.

Del interior emergió un pequeño árbol.

Era muy joven.

Sus hojas eran plateadas.

No tenía inscripciones.

Lumen dio un paso adelante.

—No figura en ninguna crónica.

Maeron sonrió con una alegría que hacía siglos no experimentaba.

—Porque acaba de nacer.

Kael observó maravillado.

—¿Cómo puede nacer un árbol en un bosque tan antiguo?

El Primer Escriba respondió:

—Cada vez que una esperanza derrota al olvido…

El mundo crea un lugar nuevo para recordarlo.

Mientras tanto, el Lector del Silencio seguía interpretando el violín de luz.

Cada nota viajaba a través de la Biblioteca.

Los libros respondían.

Algunos abrían lentamente sus páginas.

Otros cambiaban de lugar.

Un pequeño volumen de tapas verdes cayó sobre la mesa.

El anciano lo abrió.

Solo contenía una frase.

“No toda memoria vive en la mente.”

La página siguiente permanecía en blanco.

Entonces comprendió.

Tomó una pluma.

Por primera vez en miles de años escribió una historia propia.

No sobre héroes.

No sobre reyes.

Escribió acerca del día en que comprendió que escuchar a otro era una forma de regalarle eternidad.

Al terminar la última palabra, el libro cerró suavemente sus tapas.

Y apareció un título que antes no existía.

“El Hombre que Aprendió a Escuchar Hasta el Final.”

El anciano sonrió.

Nunca había sentido tanta paz.

En el Primer Amanecer, el Rey seguía contemplando el pequeño jardín.

Las flores azules continuaban creciendo alrededor de la antigua corona.

De pronto, una de ellas comenzó a marchitarse.

El antiguo soberano sintió una punzada en el pecho.

Comprendió inmediatamente.

Alguien, en algún lugar del mundo, acababa de rendirse.

Se arrodilló.

Tomó cuidadosamente la pequeña flor entre sus manos.

No sabía qué hacer.

Nunca había aprendido a cuidar una planta.

Mucho menos una esperanza.

Entonces recordó algo.

La niña de la flor blanca.

Su voz.

Su sonrisa.

Sus palabras.

“Cuando no sepas cómo salvar algo…

Quédate a su lado.”

El Rey permaneció allí.

Sin hechizos.

Sin poder.

Simplemente acompañando a la pequeña flor.

Pasaron varios minutos.




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