Valtheris

Capítulo 60

Cuando el Mundo Volvió a Contar Historias

La risa no pertenecía a la sombra.

La sombra pertenecía a la risa.

Era tan antigua que ninguna estrella recordaba haber escuchado su primer eco.

Cuando la puerta desapareció por completo, la oscuridad comenzó a elevarse detrás de Aethra como un océano que hubiera permanecido inmóvil desde antes del nacimiento del tiempo.

No tenía rostro.

No tenía forma.

Solo cambiaba constantemente.

Durante un instante parecía un anciano.

Al siguiente, un niño.

Luego una mujer.

Después un vacío imposible de describir.

Porque jamás había poseído identidad propia.

Había sobrevivido alimentándose de las identidades olvidadas de los demás.

Valtheris permaneció inmóvil.

No levantó la llave.

No preparó ningún hechizo.

Solo observó.

La figura que jamás firmó la primera historia apareció junto a él.

El niño del bosque.

Maeron.

El Lector del Silencio.

Eryon.

El antiguo Rey.

Todos estaban presentes.

Ninguno llevaba armas.

La inmensa sombra comenzó a reír.

—Qué conmovedor…

Después de toda una eternidad…

Siguen creyendo que el amor basta.

Su voz atravesó los mundos.

Miles de flores comenzaron a inclinarse.

Algunos libros de la Biblioteca perdieron momentáneamente su brillo.

El puente de estrellas tembló.

La sombra continuó.

—Yo existía antes de sus nombres.

Antes de sus recuerdos.

Antes de sus esperanzas.

Todo termina olvidándose.

Toda historia muere.

Toda civilización desaparece.

Todo amor se convierte en polvo.

¿Por qué siguen resistiéndose?

Valtheris respiró profundamente.

No respondió de inmediato.

Recordó su infancia.

Los primeros pasos.

El miedo.

Las enseñanzas de Maeron.

La paciencia del Lector.

Las semillas del niño.

El arrepentimiento del Rey.

La ternura de Eryon.

Las palabras de Elia.

El sacrificio de Aethra.

Comprendió entonces que ninguna de aquellas personas le había enseñado a derrotar enemigos.

Le habían enseñado a comprenderlos.

Miró a la inmensa sombra.

Y sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Humilde.

Profundamente humana.

—Tienes razón.

La sombra guardó silencio.

No esperaba aquella respuesta.

Valtheris continuó.

—Todo termina.

Las flores se marchitan.

Los cuerpos envejecen.

Los libros se desgastan.

Las voces se apagan.

Las generaciones cambian.

Sí…

Todo eso es verdad.

La oscuridad comenzó a expandirse.

Creía haber vencido.

Entonces el muchacho dio un paso adelante.

—Pero olvidaste una cosa.

La sombra volvió a detenerse.

—¿Cuál?

Valtheris levantó lentamente la vista.

—Que el amor jamás intentó impedir que las cosas terminaran.

Solo hizo que cada final valiera la pena.

El universo entero quedó inmóvil.

Ni siquiera el tiempo avanzó.

Aethra comenzó a llorar nuevamente.

No de tristeza.

De liberación.

La figura sin firma cerró los ojos.

Aquellas palabras eran exactamente las que había esperado escuchar durante miles de años.

Porque ya no nacían de una profecía.

Nacían de un hombre.

La inmensa oscuridad retrocedió por primera vez.

No comprendía.

Había aprendido a vencer el miedo.

El odio.

La ambición.

Incluso la esperanza.

Pero nunca había encontrado a alguien que dejara de luchar para comenzar a comprender.

—¿Qué eres?

Preguntó con una voz que sonó infinitamente más pequeña.

Valtheris respondió.

—Una historia.

La sombra tembló.

—No.

Eres un elegido.

El muchacho negó lentamente.

—No.

Fui un niño.

Después un aprendiz.

Más tarde un caminante.

Ahora solo soy alguien que aprendió que ninguna vida se salva sola.

Entonces ocurrió lo imposible.

Valtheris abrió los brazos.

No para defenderse.

No para atacar.

Para abrazar.

La sombra retrocedió.

No entendía aquel gesto.

Aethra dio el primer paso.

Después Maeron.

El Lector.

El niño.

El antiguo Rey.

Eryon.

La figura sin firma.

Elia apareció al otro extremo del puente de estrellas.

Sin saber cómo había llegado.

Solo sabía que debía estar allí.

También abrió los brazos.

Miles de personas hicieron lo mismo.

Los niños.

Los ancianos.

Los viajeros.

Los narradores.

Los lectores.

Las madres.

Los maestros.

Todos.

No abrazaban la oscuridad.

Abrazaban la posibilidad de que incluso aquello que parecía perdido pudiera volver a elegir la luz.

La sombra comenzó a cambiar.

Por primera vez dejó de imitar otros rostros.

Su superficie se quebró lentamente.

No como una piedra.

Como una máscara.

Debajo apareció una pequeña luz.

Después otra.

Y otra más.

Millones.

Cada una era un recuerdo que había permanecido atrapado durante milenios.

Las historias comenzaron a regresar.

Los nombres olvidados encontraron nuevamente quien los pronunciara.

Los libros recuperaron las páginas perdidas.

Las flores negras florecieron completamente de azul.

La puerta de obsidiana desapareció para siempre.

Donde había estado surgió un inmenso árbol.

Sus raíces abrazaban todos los mundos.

Sus ramas sostenían todas las estrellas.

Sus hojas eran páginas.

Sus frutos eran semillas de cristal.

Maeron sonrió.

—El Árbol de las Historias.

El Lector del Silencio dejó escapar una risa llena de paz.

—Siempre existió.

Solo esperaba ser recordado.

La sombra terminó de romperse.

No explotó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.