Al día siguiente, Valeria se despertó con el sonido de alguien golpeando su puerta y por un momento pensó que era su ex, que había vuelto para pedirle perdón con flores marchitas y una disculpa ensayada, pero cuando abrió los ojos y recordó dónde estaba, se dio cuenta de que era solo Mateo, que estaba ahí otra vez con una excusa peor que la anterior porque necesitaba huevos, y luego harina.
Y luego una cucharadita de vainilla, y luego un tazón prestado, y luego un poco de aceite porque el suyo se había acabado, y luego sal porque la suya se había humedecido, y Valeria, que no era tonta y que además llevaba toda la mañana desempacando cajas con la esperanza de no pensar en nada, se dio cuenta de que en realidad Mateo solo quería hablar con ella, así que lo dejó entrar sin protestar demasiado y terminaron sentados en el suelo de la cocina, entre cajas sin desempacar, cables sueltos, platos de plástico, una montaña de libros que ella todavía no había colocado en ningún estante y una lámpara que no tenía bombilla, compartiendo una botella de vino barato que él había traído de su apartamento y que sabía a cartón húmedo, pero que a ella le supo a gloria porque hacía tres días que no se reía así, hacía tres días que no hablaba con nadie sin sentir que estaba a punto de romperse, y Mateo, con la sonrisa torcida y los ojos brillantes y ese pelo despeinado que parecía un nido de pájaros, empezó a hablar sin parar como si lo conociera de años, contándole que odiaba el color verde porque su madre había pintado toda su habitación de ese color cuando era niño y desde entonces le daba dolor de cabeza.
Que trabajaba en una tienda de discos que estaba a punto de cerrar porque nadie compraba vinilos ya y que eso le partía el alma porque la música era lo único que siempre lo había salvado, que había tenido dos novias en toda su vida y las dos lo habían dejado por el mismo motivo, porque era demasiado ruidoso, demasiado intenso, demasiado todo, y que a veces pensaba que nunca iba a encontrar a alguien que lo aguantara de verdad, y Valeria, que escuchaba con la barbilla apoyada en las rodillas y el vaso de vino balanceándose entre los dedos, le dijo que a ella le parecía que ser demasiado no era un defecto sino una forma de estar vivo, que la gente que no es demasiado nunca deja huella, y Mateo se quedó callado un momento, mirándola como si le hubiera dicho algo enorme, algo que nadie le había dicho nunca, y luego sonrió, una sonrisa distinta, más suave, y le dijo "eres la primera persona que me dice eso", y Valeria sintió que algo se movía por dentro, algo que no quería sentir porque acababa de salir de una relación destruida, de una relación donde ella había dado todo y había recibido migajas, y no estaba para nada, no quería estar para nada, pero ahí estaba Mateo con su sonrisa torcida y su vino barato y sus ganas de quedarse, y cuando él le preguntó por qué se había mudado sola a ese edificio viejo, ella dudó, bajó la vista, jugó con el borde del vaso y finalmente dijo "porque mi ex se fue y no quise quedarme en un apartamento que era de los dos", y esperó el típico "lo siento" o "qué pena" o "él se lo pierde", pero Mateo no dijo nada de eso, solo dijo "entonces este apartamento es todo tuyo, y eso es mejor", y Valeria levantó la vista y lo miró y por primera vez en semanas sintió que quizás, solo quizás, podría estar bien, y siguieron hablando hasta las cuatro de la mañana.
De música, de películas, de miedos, de sueños que ninguno de los dos había contado a nadie, y en algún momento Mateo se quedó dormido en el suelo de la cocina con la botella vacía en la mano y la cabeza apoyada en una caja que decía "frágil", y Valeria le puso una manta encima, se quedó mirándolo un segundo, pensando que los vecinos de ese edificio eran un problema, un problema enorme, un problema que no había pedido, pero un problema que no le importaba tener, y se fue a dormir con una sonrisa tonta en la cara que no se le borró ni cuando se acordó de su ex, ni cuando se acordó de las deudas, ni cuando se acordó de que su vida supuestamente .
Se estaba cayendo a pedazos, porque por primera vez en mucho tiempo sentía que alguien la veía de verdad, y esa noche soñó con pizza en el pasillo, con risas que no venían de ningún sitio, con un chico de sonrisa torcida que le decía "eres la primera persona que me dice eso", y se despertó al día siguiente con la sensación rara de que algo había cambiado sin que ella se diera cuenta, algo pequeño, algo que no sabía nombrar, pero que por primera vez en meses no le daba miedo.