Después de rescatarlo del balcón con la escoba vieja, Valeria se quedó parada en el marco de su puerta mirando a Leo, que todavía estaba frotándose la cabeza y mirándola como si acabara de salvarle la vida, con las gafas torcidas y la camisa de dormir azul que le quedaba enorme y el pelo revuelto como si acabara de pelear con una tormenta, y como no sabía qué más decirle, le preguntó si quería pasar a tomar algo porque tenía café instantáneo y dos tazas que acababa de desempacar.
Y Leo aceptó con una sonrisa torpe y entraron a su apartamento todavía lleno de cajas y se sentaron en el suelo porque no había sillas, y Valeria puso agua a hervir en una olla porque tampoco tenía hervidor, y mientras esperaban empezaron a hablar de cosas raras, de constelaciones, de por qué el cielo es azul, de si los pulpos sueñan, de si las plantas sienten cuando las podan, y Leo le contó que era ingeniero pero que en realidad quería ser poeta, que su familia no lo entendía, que su padre le decía que la poesía no pagaba facturas y que él había estudiado ingeniería solo para callarlo, que su abuelo había sido el dueño del edificio y que desde que murió él se había quedado a cargo de todo sin saber.
Muy bien qué hacer, que a veces se sentía solo en ese apartamento enorme lleno de libros y planos y recuerdos que no eran suyos, y Valeria le contó que ella había estudiado diseño pero que había dejado la carrera cuando su ex le dijo que era una pérdida de tiempo, que había trabajado en mil cosas que no le gustaban para pagar un alquiler que ya no compartía con nadie, que a veces sentía que había perdido años de su vida intentando encajar en un molde que no era el suyo, y Leo se quedó callado un momento, la miró con esos ojos detrás de las gafas torcidas y luego dijo "eso no es cierto, nada que te haga feliz es una pérdida de tiempo", y Valeria lo miró y sintió que algo se le ablandaba por dentro, algo que no tenía nombre pero que se parecía peligrosamente a la ternura, y siguieron hablando hasta que se hizo de noche y el café se acabó y la olla quedó apoyada en el suelo con los posos todavía dentro, y Leo le preguntó si podía volver otro día, no por el balcón, sino por el café, y Valeria dijo que sí antes de pensarlo, y Leo se levantó, le dio las gracias otra vez, se fue a su apartamento y ella se quedó sola en la cocina con la escoba todavía apoyada en la pared y una sonrisa que no podía quitarse de la cara, pensando que ese edificio estaba lleno de sorpresas, que en menos de una semana había conocido a tres chicos completamente distintos, uno que le cargaba las maletas sin pedir nada a cambio, otro que le pedía azúcar a las dos de la mañana solo para hacerla reír, y uno que le decía que nada que la hiciera feliz era una pérdida de tiempo, y se fue a dormir pensando que quizás, solo quizás, mudarse sola no había sido tan mala idea después de todo, y esa noche soñó con estrellas y con balcones y con un chico de gafas torcidas que le recitaba poemas que no recordaba al despertar, pero que le dejaban una sensación cálida en el pecho que no se le iba con nada.