Velocidad y Vértigo

Capítulos 7-10

7

            —Perdón por llegar tarde.

            —He esperado meses por esto. Quince minutos no son nada.

            Y era cierto: había esperado meses por el momento en que Carolina por fin se atreviera a hablarle nuevamente. También tenía razón en lo último: quince minutos no significaban nada. El tiempo en sí no significaba nada. Bien podría desordenar todo y todo volvería a construirse. Tal vez en desorden, pero volvería a construirse.

            —¿Qué quieres de mí?

            —Nada en especial.

            —Entonces, ¿por qué me llamaste por tanto tiempo?

            —Porque quiero ser libre.

            —¿Y cómo te ayudo yo en eso?

            Ese siempre fue un problema. Ella no quería aprender a ayudarlo. Incluso cuando fueron felices esa sensación estaba presente. Desde un principio que ella se negó a ascender.

            —Es simple, pero no sé cómo hacerlo.

            —Vamos…

            —Está bien. Quiero que escuches lo siguiente para empezar: Yo, Rubén Dorador, perdono todas las ofensas inferidas desde tu persona hacia mí.

            —¿Ofensas?

            —El silencio es una descalificación, la fuga también… y para qué hablar de la mentira.

            —Si te mentí alguna vez fue solo por tu bien.

            —Han pasado ya más de dos años y aún me duelen tus farsas mal hechas, ¿acaso conseguiste mi bien?

            —No quería quedar como una tonta.

            —Quedaste como una bruja…

            —Ante ti, mejor bruja que tonta.

            —Tus excusas eran tan malas que me ofendían el doble. Créeme que “ir a ver al perro” es algo que siempre me sonó tonto. Tú sabes que prefiero la verdad… o una buena mentira; una mentira que te haya costado sudor y neuronas, no la primera cosa que se te pasó por la cabeza.

            —No te decía lo primero que se me pasaba por la cabeza. Lo primero eras tú.

            —Y ahora soy lo último que puede aparecer, pero que no aparece hasta que llego e insisto.

            —No quería dañarnos más. Si me alejé fue porque estar más tiempo juntos nos habría destrozado. Tú habrías desaparecido y yo me habría quedado llorando.

            —Pero desapareciste tú y lloré yo. Y a ti vino a socorrerte el Juan. ¿Por qué se supone que no podíamos hablar?

            —Porque se enoja.

            —¿Y qué cuentas le tengo que rendir?

            —Tú ninguna.

            —¿Y tú? ¿Por qué tienes que hacer lo que él quiere?

            —Él quiere que yo no haga lo que tú quieres.

            —Y yo lo que quiero que hagas es que abras esos preciosos ojos y mires cómo te tienen: sumisa, disminuida… todas tus libertades se fueron al cuerno —usar esa expresión con ella le parecía placentero—… que es justo a lo que le temes.

            —¿Dices que me engaña?

            —No, pero se te acabaría el mundo si eso pasa.

            —¿Sí?

            —Sí. Se te acabaría el mundo porque te olvidaste de lo que se siente ser querida. Crees que la opresión es cariño… y eso me da pena. Yo me esforcé para que nunca nadie te quebrara las alas… y le regalaste tus alas al celópata.




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