Velocidad y Vértigo

Capítulos 32-33

32

            Bruno estaba sentado tranquilamente en la sala de estar de su departamento. Angélica —una pequeña mujer que le hacía bastante honor a su nombre— estaba a su lado. Lo notaba algo preocupado a pesar de todo.

            —¿Y volvieron?

            —No lo sé.

            Y tampoco le interesaba saber cómo seguiría un drama ya resuelto. De hecho, su cabeza estaba demasiado revuelta como para poder seguir cualquier cosa. Acababa de venderle su alma —algo que no le pertenecía totalmente— al diablo y quería descansar.

            —Voy a esperarla —continuó Bruno—. Solo quedan dos años.

            —¿Y qué harás durante ese tiempo?

            —Estudios, lecturas, críticas y pensar mucho en ella.

            —Eres raro.

            Angélica estaba convencida de que ya se lo había dicho antes, pero confió en que esa vez tocaría algo dentro de su vendida alma.

            —No soy raro; solo estoy perdidamente enamorado.

            —Tu amor es raro; nadie se dedica a amar a una persona a la que no puede ver por mucho tiempo.

            Se había expresado mal, pero Bruno comprendió perfectamente lo que quería decir. En ese momento había dejado de molestarlo el hecho de que ella no se acercaría más. En su defensa siempre podría decir que él lo intentó.

            —Tienes uno al frente.

            —¿Y Leonardo?

            Ya no le daba tanta urticaria pensar en ese tipo —tan celópata como Juan, pero más tonto y más desesperado.

            —Ya la cagó mucho como para intentar cualquier cosa.

            —¿Y si vuelve con ella?

            —Habremos perdido todos —dijo pensando en el momento aquel en el que el diablo se le apareció por primera vez—, pero yo que él no vuelvo a mirar a la cara a Leslie. Vender el alma para enamorar a alguien es trampa y Leslie lo sabe.

            —¿Seguirás solito?

            —No tanto. Ahora tendré la esperanza de estar con Leslie cuando vuelva. Eso me hará los días mucho más llevaderos.

            En realidad iba a hacerlo. La esperanza lo mantuvo en pie por meses, hasta que se olvidó de cuál era su esperanza y volvió a vivir.

            —¿Y yo? —preguntó Angélica sin mayores pretensiones.

            —Tú fuiste muy importante. Sin ti hubiera vendido mi alma desde un principio.

            —Ouw… ternurita… ¿y qué hay para más adelante?

            Alejandro entró al departamento un poco quejumbroso. Se apoyó en el umbral del pasillo y los miró.

            —De eso me encargo yo —interrumpió Alejandro.

            —¿Y eso?

            —Es un escritor frustrado, no le prestes atención —aclaró Bruno.

            —Ah, bueno.

            Alejandro emitió un silbido que los hizo sobresaltarse un poco.

            —¡Hora de irse!

            Y los tres caminaron como si hubiera un lugar a donde ir. Angélica tuvo que irse a hacer un par de trámites y Bruno quedó nuevamente a solas con Alejandro en un café.

            —¿Recuerdas al chico ese? ¿Rubén Dorador?

            —¿El tipo de la novela extraña?

            —Ese mismo.




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