Dicen que la justicia es ciega, pero en la ciudad de los Sterling, la justicia tiene un precio y se viste de etiqueta.
Julián Sterling siempre había creído que el mundo se dividía en dos tipos de personas: los que dictan las sentencias y los que las cumplen. Él, nacido bajo el peso de un apellido que abría puertas y cerraba bocas, pertenecía al primer grupo. Para Julián, el estrado no era un lugar sagrado; era un tablero de ajedrez donde el sentimiento era una debilidad y la ambición, la única moneda válida. Nunca había encontrado un muro que su intelecto —o su chequera— no pudiera derribar.
Hasta que la conoció a ella.
Sofía Burguener era el caos envuelto en un traje de sastre de tres piezas. Le llamaban “La Leona”, no por la ferocidad de su ataque, sino por la elegancia con la que esperaba a que su presa cometiera un solo error para desgarrarla. Ella no buscaba el poder de los Sterling; buscaba la verdad que ellos ocultaban bajo capas de mármol y contratos de confidencialidad.
Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en aquel pasillo frío del tribunal, no hubo cortesía. Hubo un reconocimiento inmediato de enemigos naturales. Él vio en ella un desafío que necesitaba domar; ella vio en él todo lo que juró destruir.
Lo que ninguno de los dos calculó fue que, en la guerra de ambiciones, el corazón es el primer daño colateral. Que el odio es solo la otra cara de una pasión que amenaza con quemar los cimientos de la dinastía entera.
El juicio del siglo estaba por comenzar, y el veredicto no se dictaría con un mazo, sino con la rendición absoluta de un alma frente a la otra.