Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 1: El Rugido de la Justicia.

La justicia en esta ciudad no es una balanza equilibrada; es un par de esposas de oro diseñadas para aquellos que no pueden pagar la fianza. Yo lo sé mejor que nadie. Por eso mi despacho no huele a mármol nuevo ni a colonia de mil dólares. Mi oficina, en esta vieja casa victoriana de techos altos y suelos de madera que crujen como advertencias, huele a café cargado, a libros antiguos y a una determinación que raya en la locura.
Me ajusté el blazer color crema frente al espejo del recibidor. Es una prenda de corte impecable, mi armadura de guerra. Me miré a los ojos y me aseguré de que la "leona" estuviera despierta. En el estrado, mi mayor arma no es el código civil, sino el hecho de que no parpadeo cuando tengo a un mentiroso frente a mí.
—Sofi, el mensajero acaba de dejar esto. Venía en un coche blindado y se negó a entregar la carpeta a nadie que no fueras tú —dijo Elena, mi asistente, entrando con una carpeta de cuero negro que parecía emanar un frío glacial.
Tomé el archivo. El sello de lacre en el cierre tenía grabada una "S" estilizada, rodeada de laureles. Sentí un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación eléctrica.
—Sterling Global Corp —susurré, dejando caer la carpeta sobre mi escritorio de roble—. Finalmente, el gigante se ha dignado a mirar hacia abajo.
—No es solo una notificación de la corporación —añadió Elena, cruzándose de brazos con una mueca de preocupación—. Las familias del sector sur llamaron hace diez minutos. Dicen que otros dos bufetes les cerraron las puertas esta mañana. Tienen miedo, Sofía. Dicen que los Sterling han empezado a mover sus hilos para dejarlos sin representación.
Abrí la carpeta. La primera página era una notificación formal de comparecencia, pero lo que realmente me detuvo el pulso fue la firma al pie, escrita con una caligrafía elegante, angulosa y casi agresiva: Julián Sterling.
—¿Lo ves? —señaló Elena, inclinándose sobre el escritorio—. No es un abogado asociado cualquiera. Es Julián en persona. El "Tiburón". El hombre que nunca ha perdido un caso porque, según dicen, el diablo le debe favores. Sofía, como amiga te lo digo: retírate. Enfrentarse a la Dinastía Sterling es como intentar detener un alud con las manos desnudas. Te van a aplastar, van a revocar tu licencia y luego comprarán este edificio solo para demolerlo por placer.
Me senté lentamente, deslizando mis dedos sobre el papel grueso. Una sonrisa gélida, de esas que hacen que los testigos duden de su propia sombra, curvó mis labios.
—¿Sabes por qué me llaman "La Leona", Elena? —pregunté sin apartar la vista del nombre de Julián.
—Porque despedazas a los rivales, ya lo sé.
—No. Es porque una leona no caza por deporte. Caza por supervivencia y por su manada. Esas familias del sector sur perdieron sus casas y su salud por los vertidos tóicos de Sterling Global. Julián y su familia creen que el mundo es un tablero de ajedrez donde nosotros somos peones que pueden ser retirados con un cheque —me puse de pie, sintiendo cómo la indignación me llenaba el pecho con un fuego revitalizante—. Pero se olvidan de un detalle: un peón, si llega al final del tablero, puede derrocar a un rey.
—Julián Sterling no es un rey, es un verdugo —advirtió ella—. Se dice que nunca pierde porque nunca permite que lleguen a juicio. Los quiebra antes de que pisen el estrado. Te llamará, intentará comprarte y, si no lo logra, buscará tu punto débil hasta destruirte.
—Que lo busque —desafié, caminando hacia la ventana. Desde aquí podía ver los rascacielos de la zona financiera alzándose como monumentos a la codicia—. Mi único punto débil es que no soporto la soberbia de los hombres que se creen dioses. Llama a las familias. Diles que el despacho Burguener no solo acepta el caso, sino que vamos a demandar por el triple de la indemnización original. No quiero un acuerdo de pasillo. Quiero ver a Julián Sterling sentado en el banquillo, viendo cómo desmantelo su imperio mentira tras mentira.
—Va a ser una guerra, Sofi.
—No, Elena. Una guerra implica que ambos bandos tienen oportunidad de ganar. Esto va a ser una disección pública de su apellido.
Tomé mi pluma fuente y, con un trazo firme, firmé la aceptación del caso. La adrenalina me recorría la columna como una corriente de alto voltaje. Sabía que los Sterling no olvidaban y, sobre todo, que no sabían lo que era perder. Pero yo tampoco.
Me quedé sola en la oficina, rodeada por el silencio de mis libros. Me acerqué a la pequeña estantería donde guardaba la foto de mi padre. Él había muerto esperando una jubilación que una empresa como la de los Sterling le robó legalmente. Él es mi "por qué".
Encendí mi computadora y tecleé su nombre: Julián Sterling. Aparecieron miles de resultados. Portadas de revistas de lujo, fotos en galas benéficas, artículos sobre sus adquisiciones hostiles. En todas, él lucía impecable: trajes hechos a medida, una mandíbula cuadrada que parecía tallada en piedra y esos ojos claros, gélidos, que parecían calcular el valor neto de cualquier persona con solo mirarla. Era un hombre hermoso, de una manera peligrosa y aristocrática, el tipo de belleza que advierte que tocarla te dejará cicatrices.
—Disfruta tu pedestal, Julián —murmuré para la habitación vacía—. Porque voy a bajarte de ahí de un tirón.
De pronto, el teléfono de mi línea privada, esa que casi nadie conoce, sonó con una insistencia agresiva. Fruncí el ceño y contesté, sintiendo un nudo de anticipación en la garganta.
—Despacho Burguener, habla Sofía —dije, endureciendo mi tono.
—Vaya —una voz masculina, profunda y cargada de una arrogancia tan natural que resultaba ofensiva, resonó en mi oído—. Los informes no mentían. Realmente suenas como alguien que cree que puede ganar.
Se me detuvo el corazón por un milisegundo. Reconocería esa voz en cualquier parte; la había analizado en decenas de grabaciones de juicios. Era él.
—Señor Sterling. Supongo que mi notificación de demanda llegó antes de lo previsto. ¿Tan asustado está que tiene que llamar personalmente para comprobar si soy real?
Escuché una risa seca, breve y carente de humor del otro lado.
—¿Asustado? No, señorita Burguener. Estoy intrigado. He leído su historial. Es usted... persistente. Un rasgo admirable en una mascota, pero irritante en un abogado. Permítame darle un consejo gratuito, ya que sé que su despacho boutique debe cuidar cada centavo: retire la demanda antes de las cinco de la tarde. No me gusta perder el tiempo con insectos, por mucho que crean que pueden rugir como leonas.
Apreté el auricular con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. El odio que sentí fue instantáneo, puro y extrañamente estimulante.
—Los insectos son molestos, Julián —respondí, usando su nombre de pila para romper su fachada de superioridad—, pero las leonas te arrancan la garganta antes de que te des cuenta de que estás sangrando. Nos vemos en la audiencia preliminar. Y traiga su mejor traje, porque planeo hacerlo sudar frente al juez hasta que se le olvide por qué se creía intocable.
Colgué sin esperar respuesta. Mis manos temblaban levemente, pero no era por miedo. Era hambre. El "Tiburón" acababa de morder el anzuelo, y yo no pensaba soltar la línea hasta que estuviera fuera del agua.




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