El silencio en mi ático no es una ausencia de ruido; es un lujo que cuesta varios millones de dólares. Desde aquí, a ochenta pisos sobre el asfalto, la ciudad parece una maqueta diseñada para mi entretenimiento. Las personas son puntos insignificantes y los problemas, simples variables que siempre terminan resolviéndose con una firma o un silencio bien pagado.
Lancé el teléfono sobre el sofá de cuero italiano y me serví un whisky. El sabor ahumado quemó mi garganta, pero no logró disipar la irritación que esa mujer acababa de sembrar en mí.
—Sofía Burguener —mascullé, saboreando el apellido como si fuera un error de ortografía en un contrato perfecto.
Nadie me cuelga el teléfono. Nadie me tutea en la primera llamada. Y, ciertamente, nadie me amenaza con "hacerme sudar". La audacia de esa mujer era casi fascinante, de no ser porque se interponía en el camino de la reestructuración de Sterling Global.
La puerta del ascensor privado se abrió con un leve clime. No necesité girarme para saber quiénes eran. El aura de los Sterling es inconfundible: una mezcla de confianza absoluta y una tensión latente que siempre parece estar a punto de estallar.
—Pareces a punto de estrangular a alguien, hermano —dijo Mateo, entrando con esa sonrisa ladeada que usa para desarmar a sus enemigos antes de vigilarlos hasta las últimas consecuencias—. ¿La "Leona" te ha enseñado los dientes?
Mateo se desplomó en uno de los sillones, mientras Gabriel, con su eterno aire de solemnidad y el cuello clerical impecable, caminaba hacia la ventana con las manos entrelazadas a la espalda. Sebastián, el último en entrar, ni siquiera nos miró; estaba concentrado en su tableta, probablemente revisando el historial clínico de algún paciente que consideraba más interesante que nuestra reunión familiar.
—Es una molestia —respondí, caminando hacia mi escritorio—. Una abogada de causas perdidas que cree que el idealismo puede ganar juicios. Ya intenté ofrecerle una salida elegante. La rechazó.
—No la va a aceptar, Julián —intervino Sebastián sin levantar la vista de la pantalla—. Conozco ese perfil psicológico. Las personas como Sofía Burguener no buscan dinero. Buscan validación moral. Creen que destruir a alguien como tú les dará un propósito de vida.
—Es un desperdicio de tiempo —dijo Gabriel, su voz profunda llenando la sala—. Julián, si hay víctimas reales en ese sector sur, deberíamos considerar una compensación justa. No necesitamos más manchas en el apellido.
Me giré hacia Gabriel, sintiendo un ramalazo de impaciencia.
—Lo que necesitamos es que el proyecto del nuevo centro financiero siga adelante. Si esa mujer logra que un juez dicte una medida cautelar, perderemos mil millones en inversiones extranjeras. Esto no es sobre justicia, Gabriel. Es sobre el legado. Y tú, mejor que nadie, sabes que el legado Sterling se mantiene con mano dura, no con limosnas.
Mateo soltó una carcajada seca.
—He investigado a la chica. No tiene cadáveres en el armario, Julián. Vive para su despacho, cuida a su madre enferma y tiene un récord de victorias que asustaría a cualquiera que no fuera un Sterling. Es limpia. Eso la hace peligrosa. No puedes chantajear a alguien que no tiene nada que ocultar.
—Todo el mundo tiene algo que ocultar, Mateo —repliqué, sintiendo cómo la obsesión empezaba a tomar forma en mi mente—. Si no es un secreto, es una debilidad. Y si no es una debilidad, es un precio. Solo tengo que descubrir cuál es el de ella.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Sebastián, finalmente cerrando su tableta—. ¿La vas a destruir o la vas a comprar?
Me quedé en silencio un momento, recordando el tono de su voz por teléfono. Había una vibración ahí, un desafío que me había hecho sentir más vivo de lo que me había sentido en meses de negociaciones aburridas. Julián Sterling siempre obtenía lo que quería, y en este momento, quería ver a esa leona de rodillas, reconociendo que su fuego no era nada comparado con el frío de mi poder.
—Voy a hacer ambas cosas —sentencié—. Voy a comprar su voluntad y, cuando se dé cuenta de que ha perdido su integridad, la destruiré profesionalmente. Nadie desafía a esta familia y sale ileso.
—Ten cuidado —advirtió Gabriel, moviéndose hacia la salida—. El orgullo es un pecado que suele nublar el juicio. No te obsesiones con la presa, Julián.
—No es obsesión, Gabriel —mentí, aunque el nombre de Sofía seguía martilleando en mi cabeza—. Es control de daños.
Mis hermanos se marcharon, dejándome a solas con mis pensamientos. Sebastián fue el último en salir, mencionando algo sobre una paciente con una insuficiencia cardíaca severa que le preocupaba, pero apenas le presté atención. Mi mente estaba en el estrado.
Me acerqué a la mesa de luz y tomé el expediente de Sofía Burguener que Mateo había dejado. Pasé las páginas hasta encontrar su fotografía de la universidad. Era más joven, pero la mirada era la misma: desafiante, feroz, cargada de una inteligencia que no se podía comprar.
Me serví otro whisky y me senté frente a la ventana, observando las luces de la ciudad. Mañana sería la audiencia preliminar. Ella esperaba un abogado corporativo con un maletín lleno de amenazas. Lo que no sabía es que yo era mucho más que eso.
—Que comience el juego, Sofía —murmuré contra el cristal—. Mañana sabrás por qué los Sterling somos los dueños de esta ciudad. Y te aseguro que, para cuando termine contigo, desearás no haber escuchado nunca mi nombre.
Apreté el vaso con fuerza, imaginando su reacción cuando me viera entrar en la sala. No iba a ser un juicio ordinario. Iba a ser una cacería. Y yo nunca dejaba escapar a mi presa.