El aire acondicionado del Palacio de Justicia siempre me ha parecido insuficiente. No es el calor del verano lo que asfixia a la gente en estos pasillos, sino el peso de la desesperación. Pero yo no desespero. Yo camino por estos suelos de mármol como si fuera el dueño de la cantera de donde lo sacaron.
Llegué a la Sala 4B diez minutos antes de la hora acordada. Vestía un traje de tres piezas en color carbón, cortado con una precisión quirúrgica que gritaba autoridad. A mi lado, dos abogados asociados cargaban con maletines llenos de mociones y tecnicismos legales, pero ellos eran solo decorado. En este juicio, el arma principal era yo.
—Recuerden —les dije, sin detener mi paso—, no quiero que hablen. No quiero que respiren a menos que yo se los pida. Hoy solo hay un Sterling en esta sala.
—Sí, señor —respondieron al unísono.
Al entrar, la vi.
Sofía Burguener estaba sentada en la mesa del demandante. No estaba revisando papeles ni hablando con sus clientes, un grupo de personas de aspecto humilde que la miraban como si fuera su última tabla de salvación en medio del océano. Ella estaba esperándome. Tenía la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una sacudida eléctrica, un impacto seco que me obligó a tensar la mandíbula.
No era solo hermosa; tenía una presencia que llenaba el vacío legal de la sala con una intensidad casi física. Me acerqué a mi mesa, dejando mi maletín con un golpe seco que resonó en las paredes de madera.
—Señorita Burguener —dije, inclinando levemente la cabeza con una cortesía que ambos sabíamos que era falsa—. Veo que ha decidido ignorar mi consejo.
Ella se puso de pie lentamente. No llevaba un traje de diseñador, pero el azul marino de su chaqueta la hacía ver como una tormenta en calma.
—Señor Sterling —respondió, y su voz, en vivo, tenía una textura aterciopelada que me resultó irritante y atractiva a partes iguales—. Me sorprende que haya venido en persona. Pensé que enviaría a uno de sus peones a hacer el trabajo sucio mientras usted contaba sus acciones en algún ático.
—Me gusta supervisar mis inversiones personalmente —repliqué, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de su mesa. Pude oler su perfume: sándalo y algo cítrico, nada de las flores dulces que suelen usar las mujeres de mi círculo—. Y este caso se ha vuelto... una inversión muy interesante.
—Es un caso de derechos humanos y negligencia criminal, no una inversión —siseó ella, entornando esos ojos castaños que parecían capaces de leer mis pecados—. Pero supongo que para un Sterling, la vida de las personas es solo una línea más en un balance de pérdidas y ganancias.
—La moralidad es un lujo que no se puede presentar como evidencia, Sofía. Aquí ganan los hechos. Y los hechos dicen que mi empresa ha cumplido con cada regulación vigente.
—Entonces prepárese para que le demuestre que sus "hechos" están comprados —ella se acercó un poco más, desafiando mi espacio personal. Era más baja que yo, pero en ese momento me sentí frente a un gigante—. No me intimida su apellido, Julián. He visto hombres más poderosos que usted caer por menos de lo que ha hecho su familia en el sector sur.
—¿Hombres más poderosos que yo? —solté una risa suave, sin rastro de humor—. Dígame un nombre, porque en esta ciudad, la lista termina en mi oficina.
El juez entró en la sala antes de que ella pudiera responder, obligándonos a tomar asiento. La audiencia preliminar comenzó como un intercambio de golpes técnicos. Mis asociados presentaron tres mociones para desestimar el caso por falta de jurisdicción y defectos de forma. Era mi táctica estándar: asfixiar al oponente con papeleo antes de que puedan presentar su primer testigo.
Pero Sofía no se asfixió.
—Señoría —dijo ella, levantándose con una elegancia que capturó la atención de todos en la sala, incluyendo la mía—, la defensa intenta ocultar el sol con un dedo. El artículo 42 de la constitución provincial es claro sobre la competencia de este tribunal cuando hay un riesgo inminente para la salud pública. Aquí tengo los informes médicos de tres niños que han desarrollado patologías respiratorias en los últimos seis meses. Si el señor Sterling quiere discutir gramática legal mientras los pulmones de mis clientes se llenan de residuos tóxicos, adelante. Pero dudo que la prensa, que está esperando fuera, encuentre ese argumento muy "ético".
Me removí en mi silla. El juez, un hombre que normalmente estaba en mi bolsillo, pareció dudar ante la mención de la prensa. Sofía lo sabía. Estaba jugando con la opinión pública dentro de una sala cerrada.
—El tribunal desestima las mociones de la defensa —sentenció el juez—. Procederemos con el descubrimiento de pruebas.
Fue la primera vez en cinco años que sentí el sabor amargo de un revés legal. Me giré para mirar a Sofía. Ella no estaba celebrando; simplemente me miraba con una expresión de "te lo advertí".
Cuando la sesión terminó y el juez se retiró, me acerqué a ella mientras guardaba sus carpetas. Los clientes de ella la abrazaban, pero ella mantenía su mirada fija en mí.
—Un golpe de suerte, Burguener —le dije en voz baja, asegurándome de que nadie más escuchara—. Pero esto no es una carrera de cien metros. Es una maratón. Y yo tengo más oxígeno que usted.
—El oxígeno de los Sterling está contaminado, Julián —respondió ella, cerrando su maletín con un clic definitivo—. ¿Sabe cuál es su problema? Cree que puede predecir cada uno de mis movimientos porque me ve como un adversario pequeño.
—Te veo como un adversario fascinante —corregí, y la palabra "fascinante" se sintió demasiado pesada en mi lengua—. Pero no te equivoques. No voy a tener piedad contigo en el estrado.
—Piedad es lo último que espero de usted —ella dio un paso hacia la salida, pero se detuvo y me miró por encima del hombro—. Por cierto, su corbata está un poco torcida. Supongo que perder el control le sienta así de mal.
Se marchó sin decir más, dejándome allí, en medio de la sala vacía, con la sangre hirviendo y una mano subiendo instintivamente a mi corbata. Estaba perfectamente derecha.
Maldita mujer.
Salí del juzgado y busqué mi coche. Mi chófer me esperaba, pero antes de subir, vi a Sebastián a lo lejos, hablando por teléfono cerca de su vehículo, con una expresión de urgencia absoluta. Me acerqué a él, necesitando distraerme de la furia que sentía por Sofía.
—¿Sebastián? ¿Qué pasa?
Él me miró, y por primera vez en mucho tiempo, vi algo parecido al miedo en los ojos de mi hermano médico.
—Es la paciente del corazón, Julián. Entró en crisis. Si no encontramos un donante pronto, no llegará a la próxima semana. Es joven, tiene toda la vida por delante y... —se interrumpió, sacudiendo la cabeza—. Debo irme. No tengo tiempo para juicios hoy.
Lo vi marcharse a toda velocidad. Por un momento, el mundo de los Sterling pareció tambalearse: yo acababa de ser desafiado por una mujer que no podía comprar, y mi hermano estaba luchando por una vida que su ciencia no podía salvar.
Entré en mi coche y cerré la puerta, sumergiéndome en el silencio del cuero y el lujo. Saqué mi teléfono y marqué a Mateo.
—Busca todo lo que puedas sobre Sofía Burguener —ordené—. No solo sus casos. Quiero saber qué desayuna, dónde duerme y qué es lo que más ama en este mundo. Si quiere una guerra, le voy a dar una que no podrá olvidar.