Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 4: El Peso de un Apellido.

Hay una clase de silencio que solo existe en los pasillos del poder: un silencio denso, que huele a cera para madera cara y a decisiones tomadas a puerta cerrada. Mientras caminaba hacia la sala de conferencias del juzgado para la audiencia de descubrimiento, podía sentir las miradas de los abogados de Sterling Global clavadas en mi nuca como alfileres.
Pero yo no estaba mirando a los asociados. Mis ojos estaban fijos en el hombre que encabezaba la procesión. Julián Sterling caminaba como si el suelo se hubiera desplegado solo para él. Su traje azul noche era tan oscuro que parecía absorber la poca luz que entraba por los ventanales. No era solo un abogado; era el símbolo de una dinastía que no aceptaba un "no" por respuesta.
—Señorita Burguener —dijo, interceptándome justo antes de entrar a la sala. Su voz era un barítono controlado, diseñado para seducir o destruir, según su conveniencia—. Espero que haya disfrutado su pequeña victoria de ayer. Las celebraciones prematuras suelen dejar una resaca amarga.
Me detuve y lo miré directamente. No me permití el lujo de retroceder ni un centímetro, aunque su altura y su aroma a éxito y arrogancia intentaran abrumarme.
—No fue una celebración, Julián. Fue una advertencia —respondí, manteniendo mi voz firme—. Pero supongo que en su mundo, las advertencias son solo ruidos molestos hasta que el edificio se les cae encima.
Él soltó una risa seca y se inclinó hacia mí, bajando el tono para que solo yo pudiera escucharlo. La cercanía fue una bofetada de magnetismo peligroso.
—Escúchame bien, Sofía. Mi apellido está grabado en las fachadas de la mitad de los edificios de esta ciudad. Mi familia financia las campañas de los hombres que firman tus cheques de honorarios y de los jueces que dictan tus sentencias. Estás jugando a la justicia en un patio de recreo que me pertenece. Retira esta demanda, acepta el acuerdo de confidencialidad que mi equipo ha preparado, y te aseguro que tu carrera despegará de una forma que ni en tus sueños más ambiciosos podrías imaginar.
Sus ojos claros me recorrieron con una mezcla de desprecio y algo más... una curiosidad depredadora que me hizo apretar los puños.
—¿Me está amenazando o intentando comprarme? —pregunté con una sonrisa afilada—. Porque para ambas cosas llega tarde. Mi integridad no tiene un logo de Sterling impreso.
—No es una amenaza, es un hecho —sentenció él, recuperando su postura gélida—. No puedes ganar. Nadie gana contra un Sterling. Somos la gravedad, Sofía. Tarde o temprano, todos terminan cayendo.
—Pues prepárese para la ingravidez —repliqué antes de entrar en la sala.
La reunión de descubrimiento era un procedimiento formal donde se supone que ambas partes intercambian evidencia. La sala estaba llena de taquígrafos, ayudantes legales y, lo más importante, un par de periodistas especializados en leyes que seguían el caso de cerca. Julián se sentó frente a mí, con una expresión de aburrimiento calculado.
—Señoría, antes de proceder —comenzó Julián, levantándose con esa gracia felina que lo caracterizaba—, queremos presentar una objeción formal a la totalidad de la prueba testimonial presentada por la demandante. La señorita Burguener ha basado su caso en testimonios de residentes que, según nuestros registros, tienen contratos de arrendamiento con cláusulas de arbitraje obligatorio. Este tribunal no tiene competencia para escuchar estas quejas. El caso debe cerrarse aquí y ahora.
Julián lanzó una mirada de soslayo hacia los periodistas. Sabía que si lograba desestimar los testimonios hoy, la prensa titularía que el caso Sterling era "infundado". Era un movimiento maestro de relaciones públicas. Se sentó de nuevo, ajustándose los gemelos de oro con una suficiencia que me revolvió el estómago.
Me puse de pie lentamente. Sentí el peso del silencio en la sala. Sabía que Julián esperaba que yo tartamudeara o que intentara apelar a la emoción de las víctimas. Pero yo no iba a usar el corazón; iba a usar el cerebro.
—Es un argumento interesante, señor Sterling —empecé, caminando alrededor de la mesa—. Realmente lo es. Me tomó toda la noche revisar esos contratos que su empresa redactó con tanto... esmero.
Saqué un documento de mi carpeta y lo deslicé sobre la mesa hacia el juez, y otro hacia Julián.
—Sin embargo —continué, elevando la voz para que los periodistas no perdieran una sílaba—, parece que el equipo legal de los Sterling olvidó un pequeño detalle de la Ley de Propiedad Horizontal reformada hace apenas seis meses. Específicamente, el artículo 14.bis sobre "Contratos de Adhesión y Nulidad Ab initio".
Julián frunció el ceño, tomando el papel. Su expresión no cambió, pero vi cómo sus dedos se tensaban sobre el borde del documento.
—Esa reforma —proseguí, disfrutando cada palabra— establece que cualquier cláusula de arbitraje que no haya sido resaltada en negrita y firmada por separado en un anexo específico es nula de pleno derecho en casos de daños ambientales. Y, como podrán ver en los contratos de mis clientes, su empresa ocultó esa cláusula en la letra pequeña de la página cuarenta y dos.
Hice una pausa dramática, mirando directamente a la cámara de uno de los reporteros antes de clavar mi vista en Julián.
—Por lo tanto, no solo su objeción es inválida, sino que su intento de usarla hoy constituye una "temeridad procesal". Señoría, solicito que se multe a la defensa por intentar obstruir la justicia con argumentos que saben, o deberían saber, que son legalmente inexistentes.
El murmullo en la sala fue instantáneo. Julián se quedó lívido. Por un segundo, la máscara de perfección se rompió y pude ver la furia pura hirviendo bajo su piel. No era solo un error legal; era una humillación pública. El "Tiburón" de la Dinastía Sterling acababa de ser corregido como un estudiante de primer año frente a la prensa que él mismo quería impresionar.
—La objeción de la defensa es rechazada —dictaminó el juez, con un tono que dejaba claro que no estaba impresionado—. Y se impone una sanción económica a Sterling Global por mala fe procesal. Continúe, señorita Burguener.
Me senté y me incliné hacia adelante, imitando el gesto que él había hecho minutos antes en el pasillo.
—Parece que la gravedad no funciona tan bien hoy, Julián —le susurré, mientras él me fulminaba con una mirada que habría incinerado a cualquiera que no fuera yo—. Tal vez su apellido sea grande, pero mi ley es más fuerte.
Julián no respondió. Se limitó a escribir algo en su libreta con tanta fuerza que casi rompe el papel. Pero yo sabía que esto era solo el principio. Había herido su orgullo, y un Sterling herido era mucho más peligroso que uno aburrido.
Al salir, mientras los periodistas lo rodeaban pidiendo declaraciones sobre la multa, vi a lo lejos a su hermano Sebastián. Estaba apoyado en una columna, con el rostro pálido y los ojos hundidos. No parecía el cirujano estrella de las revistas. Parecía un hombre desesperado. Recordé lo que Julián mencionó sobre una paciente y el corazón... por un momento, la leona en mí sintió una punzada de algo que no era odio.
Pero entonces Julián se liberó de los reporteros y nuestras miradas volvieron a chocar. El fuego en sus ojos me recordó que esto era una guerra. Y en la guerra, no hay espacio para la piedad.




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