El despacho de mi ático estaba sumergido en una penumbra que solo rompía el resplandor de las pantallas táctiles y la luz ámbar del whisky en mi mano. No podía sacarme de la cabeza la imagen de Sofía Burguener en la audiencia. Su voz firme, su postura de acero y esa maldita sonrisa de suficiencia cuando el juez me impuso la sanción. Me había humillado. A mí.
La puerta se abrió sin previo aviso. Mateo Sterling entró con esa elegancia descuidada que lo caracteriza, arrojando una carpeta de piel sobre mi escritorio de ébano.
—Has estado muy callado desde lo de la audiencia, hermano —dijo Mateo, sirviéndose un trago sin pedir permiso—. La prensa está dándose un festín con el titular del "Tiburón Sterling trasquilado por una Leona". Papá llamó desde Londres. No está precisamente encantado con la publicidad.
—Papá siempre tiene algo que decir cuando no es él quien está en la línea de fuego —respondí sin mirarlo—. ¿Qué tienes para mí, Mateo? Dime que has encontrado la grieta en su armadura.
Mateo se sentó frente a mí, cruzando las piernas. Sus ojos, siempre analíticos, brillaron con una luz maliciosa.
—Sofía Burguener es, como sospechábamos, una santa de manual. No hay deudas de juego, no hay amantes escandalosos, ni siquiera una multa de tráfico sin pagar en los últimos cinco años. Es exasperante —hizo una pausa dramática y golpeó la carpeta—. Pero nadie es una isla, Julián. Todo el mundo está anclado a algo. O a alguien.
Abrí la carpeta. Lo primero que vi fue una fotografía granulada de una mujer mayor, de facciones suaves pero visiblemente cansada, sentada en un jardín pequeño.
—¿Quién es? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Beatriz Burguener. Su madre —Mateo se inclinó hacia adelante—. Vive en una residencia especializada en las afueras. No es cualquier lugar; es una clínica de cuidados paliativos de alto nivel. Sofía gasta el ochenta por ciento de sus ingresos mensuales en mantenerla allí. La mujer padece una enfermedad degenerativa rara. Sin esos tratamientos, no duraría seis meses.
Sentí un hormigueo de victoria recorriéndome la nuca. Ahí estaba. El ancla. El punto donde la "Leona" se volvía vulnerable.
—Así que el despacho boutique no es solo una elección ideológica —reflexioné en voz alta—. Es una máquina de generar efectivo para pagar facturas médicas que ella apenas puede cubrir. Por eso aceptó el caso contra Sterling Global. Necesita el triple de la indemnización para asegurar el futuro de su madre.
—Exacto —asintió Mateo—. Pero aquí está el detalle interesante, Julián. La clínica donde está Beatriz acaba de ser adquirida por un holding internacional hace dos días.
—Déjame adivinar —dije, esbozando una sonrisa por primera vez en cuarenta y ocho horas—. El holding es una subsidiaria de una de nuestras empresas fantasma.
—Eres un genio del mal cuando te lo propones —rio Mateo—. Básicamente, ahora somos los caseros de su madre. Si quisiéramos, podríamos triplicar la cuota mañana mismo, o decidir que la clínica necesita "remodelaciones urgentes" y trasladar a todos los pacientes a un centro estatal a trescientas millas de aquí.
Cerré la carpeta lentamente. El poder de los Sterling no radicaba solo en el dinero, sino en la capacidad de mover el mundo bajo los pies de alguien sin que se dieran cuenta de quién ha provocado el sismo.
—No —dije con firmeza—. No vamos a trasladarla. No todavía. Eso sería demasiado burdo, Mateo. Sofía es inteligente; olería mi rastro en un segundo y me usaría en el estrado como un villano de caricatura. Quiero algo más sutil. Quiero que sepa que estoy cerca.
—¿Qué tienes en mente?
—Organiza una visita —ordené—. Quiero ir a esa clínica. Mañana.
—Julián, eso es cruzar una línea muy peligrosa —advirtió Mateo, aunque su tono indicaba que estaba disfrutando el caos—. Si ella te encuentra allí, no te va a demandar, te va a matar.
—Ella no me va a encontrar. Al menos, no hasta que yo lo decida. Quiero ver qué es lo que tanto protege. Quiero ver el precio de su integridad con mis propios ojos.
Al día siguiente, el sol brillaba con una ironía molesta sobre los jardines de la clínica "Valle de Paz". Era un lugar idílico, silencioso y extremadamente caro. Caminé por los pasillos con un traje gris claro, fingiendo ser un inversor interesado en la infraestructura. Mateo me seguía a un paso de distancia, manteniendo a los administradores ocupados con preguntas técnicas.
Me detuve frente a una habitación con la puerta entreabierta. Dentro, vi a Sofía.
No era la abogada implacable del juzgado. No llevaba su blazer de batalla. Vestía una camiseta de algodón sencilla y tenía el cabello recogido en una coleta descuidada. Estaba sentada al borde de la cama, sosteniendo la mano de la mujer de la foto. Le estaba leyendo un libro en voz baja, con una ternura que me resultó casi dolorosa de observar.
—...y entonces el caballero comprendió que la victoria no estaba en la espada, sino en la paciencia —leía Sofía. Su voz, siempre afilada conmigo, era ahora una caricia de seda.
La madre murmuró algo ininteligible y Sofía le dio un beso en la frente, ajustándole la manta con un cuidado obsesivo. En ese momento, la vi vulnerable. Vi la carga que llevaba sobre sus hombros, la soledad de una mujer que luchaba contra gigantes para mantener a salvo el único pedazo de amor que le quedaba.
Por un segundo, una punzada de algo parecido a la culpa me atravesó el pecho. Pero la sacudí de inmediato. Los Sterling no podíamos permitirnos la culpa. La culpa era para los que perdían.
Me alejé de la puerta antes de que me viera, pero el destino tenía otros planes. Al girar en el pasillo, me encontré de frente con Gabriel. Mi hermano sacerdote estaba allí, hablando con una enfermera y sosteniendo un rosario. Se detuvo en seco al verme.
—¿Julián? —preguntó Gabriel, con el ceño fruncido—. ¿Qué haces aquí? Este no es un lugar para tus negocios.
—Solo revisando una propiedad, Gabriel —respondí con frialdad—. ¿Y tú? No sabía que esta clínica estuviera en tu jurisdicción espiritual.
—Vengo a dar apoyo a las familias, como siempre —Gabriel me miró con una perspicacia que siempre me ponía nervioso. Era el único de nosotros que parecía ver a través de las máscaras—. Julián... espero que no estés aquí por la razón que estoy pensando. He visto a la abogada Burguener entrar en esa habitación todos los días. Es una buena mujer. No la destruyas usando a su madre. Hay límites que ni siquiera un Sterling debería cruzar.
—No hay límites cuando se trata de proteger a la familia, Gabriel —repliqué, pasando por su lado sin detenerme—. Deberías saberlo mejor que nadie. Tú proteges sus almas; yo protejo nuestro imperio.
Salí de la clínica y entré en mi coche. Mateo me esperaba dentro.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Damos la orden de subir las cuotas?
Me quedé mirando la fachada del edificio a través del cristal tintado. La imagen de Sofía besando la frente de su madre se repetía en mi mente como una película defectuosa. Ella era una guerrera, pero ahora yo tenía su escudo en mis manos.
—No —dije finalmente—. Dile al administrador que haga una donación anónima a la cuenta de Beatriz Burguener. Que cubra los próximos tres meses de tratamiento.
Mateo me miró como si me hubiera vuelto loco.
—¿Perdona? ¿Vas a pagarle los gastos a tu enemiga?
—No es un regalo, Mateo —dije, y mi voz sonó más oscura de lo que pretendía—. Es una deuda. Quiero que, cuando llegue el momento de destruirla en el juicio, ella sepa que cada día que su madre respiró con tranquilidad, fue gracias a mí. Quiero que el agradecimiento la ahogue tanto como el odio. Quiero que entienda que, incluso cuando cree que está ganando, sigue viviendo bajo mi sombra.
Arranqué el motor y me alejé, sintiendo que la cacería acababa de subir de nivel. Ya no solo quería ganar el caso. Quería que Sofía Burguener me perteneciera.