La luz del despacho de administración de la clínica “Valle de Paz” era demasiado blanca, demasiado aséptica. Me sentía como si estuviera bajo un microscopio, y no me gustaba la sensación. Había venido a pagar la mensualidad de mamá, el cheque que representaba mis últimas tres victorias en casos menores, pero la mujer frente a mí me miraba con una mezcla de confusión y reverencia que me puso los pelos de punta.
—Señorita Burguener, ya se lo he dicho. La cuenta de su madre está cubierta por los próximos tres meses —repitió la administradora, una mujer llamada Marta, mientras me devolvía mi cheque—. Hubo una transferencia anónima ayer por la tarde. Una donación sustancial al fondo de tratamiento de Beatriz.
Sentí un vacío frío en el estómago. En mi mundo, lo “anónimo” no existía. Nadie regalaba cincuenta mil dólares por la bondad de su corazón, y mucho menos a la madre de la abogada que estaba intentando clavarle una estaca al corazón de Sterling Global.
—¿Anónima? —pregunté, y mi voz sonó como el crujido de un cristal roto—. Marta, necesito saber de dónde vino ese dinero. Ahora mismo.
—No puedo dárselo, Sofía. El donante solicitó confidencialidad absoluta a través de un holding internacional. Solo sabemos que el fondo es legítimo y que está destinado específicamente a los cuidados de su madre. Debería estar agradecida, es un milagro.
—En esta ciudad, los milagros suelen tener letra pequeña —mascullé, arrebatándole el recibo de las manos.
Salí del despacho con el corazón martilleando contra mis costillas. Sabía quién era. Podía oler su arrogancia en la transacción. Julián Sterling acababa de entrar en mi santuario, en el único lugar donde yo no era “La Leona”, sino simplemente una hija asustada. Había usado su fortuna para comprar el aire que respiraba mi madre, y esa idea me provocaba náuseas.
No regresé a mi oficina. Conduje directamente hacia el distrito financiero, hacia el rascacielos de cristal que llevaba el nombre de su familia. No me detuve en la recepción. Ignoré a los guardias que intentaron pedirme una identificación y subí al ascensor privado. Mi ira era un motor que me hacía sentir invencible.
Cuando las puertas del ático se abrieron, lo vi. Julián estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a mí, observando la ciudad como si fuera su tablero de juegos personal. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos fuertes que contrastaban con la imagen del abogado estirado que solía proyectar.
—¿Cómo te atreves? —mi grito cortó el silencio del ático como un látigo.
Él no se sobresaltó. Se giró lentamente, con una parsimonia que solo aumentó mis ganas de estamparle el recibo en la cara.
—Sofía. No esperaba verte hasta la deposición del viernes —dijo, con esa voz barítono que vibraba en el aire—. Aunque, viendo el fuego en tus ojos, supongo que ya has pasado por la administración de la clínica.
—Crees que eres muy listo, ¿verdad? —caminé hacia él hasta que solo unos centímetros de aire cargado de tensión nos separaban—. ¿Crees que puedes comprarme usando a mi madre? ¿Crees que voy a retirar la demanda porque has decidido jugar a ser el buen samaritano?
—No recuerdo haber mencionado ninguna donación —respondió él, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con su aroma a colonia cara y poder—. Pero si alguien ha decidido aliviar tu carga financiera, ¿por qué estás tan enojada? Deberías estar celebrando que tu madre tendrá los mejores cuidados sin que tú tengas que matarte trabajando en casos mediocres.
—¡No toques el tema de mi madre! —le puse el dedo en el pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa—. Sé que fuiste tú. Sé que el holding es tuyo. Es un soborno, Julián. Un soborno sucio y retorcido.
Él atrapó mi mano con la suya. Sus dedos eran largos y cálidos, y por un segundo, la descarga eléctrica que recorrió mi brazo me dejó sin aliento. Me obligué a no retroceder.
—No es un soborno, Sofía. Un soborno busca un resultado. Yo no te he pedido que retires la demanda —su mirada se volvió oscura, intensa, clavándose en la mía con una fuerza que me hizo flaquear las rodillas—. Considéralo un tributo. Me gusta que mi adversaria esté concentrada. No quiero que pierdas el juicio porque estás preocupada por facturas de hospital. Quiero ganarte cuando estés en tu mejor momento. Quiero que, cuando caigas, no tengas excusas.
—Eres un monstruo —susurré, intentando soltar mi mano, pero él apretó el agarre, acercándome más.
—Soy un Sterling —corregió él, y por un instante, su máscara de frialdad se agrietó, dejando ver una fascinación peligrosa—. Y tú eres la primera persona en años que me obliga a jugar de verdad. ¿De verdad crees que te dejaría caer por algo tan mundano como el dinero? No. Si vas a ser destruida, será por mi mano en el estrado, no por la falta de un tratamiento médico.
—Voy a devolver cada centavo —juré, aunque sabía que no tenía ese dinero ahora mismo—. Voy a pedir un préstamo, voy a vender mi coche, pero no voy a permitir que el oxígeno de mi madre dependa de tu caridad.
—Ya es tarde —Julián soltó mi mano, pero no se alejó. Su aliento rozó mi mejilla cuando se inclinó para susurrarme al oído—. El pago está procesado y es irrevocable. Cada vez que mires a tu madre y la veas dormir tranquila, te acordarás de que yo pagué por esa paz. Te acordarás de mí en cada respiro que ella dé.
Le di una bofetada. El sonido del impacto fue como un disparo en la habitación. Su cabeza giró hacia un lado y una marca roja empezó a florecer en su mejilla. Me quedé petrificada, esperando una explosión de furia, una llamada a seguridad, cualquier cosa.
Pero Julián se limitó a regresar la vista hacia mí. No estaba enfadado. Había una sonrisa pequeña, casi imperceptible, en la comisura de sus labios. Se pasó la lengua por el labio inferior y me miró con una intensidad que me hizo arder la piel.
—Eso —dijo en un susurro cargado de promesa— me lo vas a pagar en el estrado, Leona.
—Pagaré lo que sea necesario para verte hundido, Julián —respondí, aunque mi voz temblaba levemente.
Me di la vuelta y caminé hacia el ascensor, sintiendo que acababa de cometer el error más grande de mi vida. Había dejado que él viera mis garras, pero él ya me había puesto la cadena. Mientras bajaba los ochenta pisos, solo podía pensar en una cosa: Julián Sterling no quería ganar el caso. Quería devorarme.
Al salir al vestíbulo, me crucé con un hombre alto, vestido de traje oscuro, que hablaba por teléfono con un tono de voz autoritario. Se detuvo al verme salir del ascensor privado de Julián y me dedicó una mirada de sospecha absoluta. Era Mateo. Me recordaba tanto a Julián que me dio un vuelco el corazón.
—Vaya, Burguener —dijo Mateo, colgando el teléfono—. Parece que has tenido una reunión intensa. Julián no suele dejar que nadie suba sin cita.
—Dile a tu hermano que se guarde su dinero y su arrogancia —espeté, pasando por su lado—. Y dile que la próxima vez que intente acercarse a mi familia, no será una bofetada lo que reciba.
Subí a mi coche y arranqué con furia. Mis manos seguían temblando. El odio que sentía por él era tan puro que se sentía como pasión, y eso era lo más aterrador de todo.