Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 7: El Precio del Silencio.

Habían pasado tres semanas desde la bofetada en el ático, veintiún días en los que el apellido Sterling se había convertido en un zumbido constante en mis oídos. Cada vez que visitaba a mamá y veía a las enfermeras atenderla con equipos nuevos, o cuando Marta me sonreía con una gratitud que no me pertenecía, sentía el veneno de Julián corriendo por mis venas.
Él no me había vuelto a llamar. No había enviado más mensajes. Se había limitado a existir en la periferia de mi vida, recordándome con su silencio que él era el dueño del tablero. Hasta hoy.
La sala de conferencias de mi despacho se sentía pequeña. Julián estaba sentado frente a mí, flanqueado por tres abogados que tomaban notas en iPads de última generación. El testigo de hoy era el ingeniero jefe de Sterling Global, el hombre que firmó los informes de seguridad de los vertidos. Pero yo apenas podía concentrarme en el testigo; la mirada de Julián, fija en mí desde el otro lado de la mesa, era una distracción táctica.
—Señor Arrieta —comencé, ajustando el grabador de voz sobre la mesa—, ¿puede confirmar que usted recibió el informe sobre la filtración de metales pesados en enero del año pasado?
El ingeniero dudó, mirando a Julián antes de responder. Julián, sin embargo, no miraba al testigo. Me miraba a mí, con una mano sosteniendo su barbilla y un bolígrafo de platino girando entre sus dedos.
—Yo... no recuerdo haber recibido un informe con esos términos —balbuceó el testigo.
—Es extraño —dije, deslizando un documento hacia él—. Porque aquí tengo un correo electrónico enviado desde su cuenta personal a la oficina del señor Sterling, con el asunto: "Urgente: Crisis en el sector sur". ¿También ha olvidado cómo usar su computadora, señor Arrieta?
—Objeción —intervino uno de los asociados de Julián—. La pregunta es capciosa y acosa al testigo.
—Retire la pregunta, señorita Burguener —dijo Julián, y fue la primera vez que habló en toda la mañana. Su voz, tan profunda y calmada, hizo que el vello de mis brazos se erizara—. Mi ingeniero está tratando de cooperar. Tal vez sea usted quien está demasiado... alterada para formular las preguntas correctamente. ¿Ha dormido bien últimamente? Me han dicho que el nuevo sistema de monitoreo en Valle de Paz es muy silencioso, debería ayudarla a descansar.
El aire en la sala se volvió gélido. Los asociados de Julián intercambiaron miradas confusas, pero yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estaba recordándome, frente a mi propio cliente y mi equipo, que él conocía mis movimientos nocturnos. Que él controlaba el lugar donde yo era más vulnerable.
—Mi descanso personal no es objeto de esta deposición, señor Sterling —respondí, clavando mis ojos en los suyos. El odio me dio la claridad que necesitaba—. Volvamos a los vertidos. Señor Arrieta, ¿conoce usted el costo de las indemnizaciones por daño ambiental en esta jurisdicción?
—Lo conocemos perfectamente —interrumpió Julián de nuevo, inclinándose hacia adelante. El aroma de su colonia llenó el espacio entre nosotros, una mezcla de madera y peligro—. De hecho, Sterling Global es muy generoso con aquellos que necesitan ayuda. Somos una empresa que cree en el bienestar... a largo plazo. ¿No está de acuerdo, Sofía? Hay gastos que son simplemente imposibles de cubrir para una persona sola. Es una suerte contar con benefactores anónimos, ¿verdad?
Apreté mi pluma bajo la mesa hasta que sentí que el plástico iba a ceder. Estaba usando la donación como un mazo. Estaba insinuando, para que quedara registrado en la transcripción de la deposición, que yo tenía una deuda moral con él. Si yo seguía presionando, él lo haría parecer una ingratitud. Si yo me callaba, él ganaba.
—Lo que es una suerte, señor Sterling —dije, bajando la voz hasta un susurro letal—, es que la ley no admite "donaciones" como prueba de inocencia. Señor Arrieta, mire este video. Es el hijo de uno de sus antiguos empleados. Tiene siete años y no puede correr porque sus pulmones están cicatrizados por el cromo que su empresa permitió que llegara al agua. ¿Le pagaron también a él una clínica de lujo para que guardara silencio?
El ingeniero palideció. Julián dejó de girar el bolígrafo. Por un segundo, vi un destello de algo parecido a la irritación en sus ojos. No le gustaba que le devolviera el golpe usando la realidad que él intentaba tapar con billetes.
—Hagamos un receso de diez minutos —ordenó Julián, levantándose bruscamente.
Sus abogados salieron de la sala, seguidos por el ingeniero que parecía a punto de sufrir un colapso. Me quedé sola con él. El silencio era tan pesado que podía escuchar el tic-tac de su reloj de miles de dólares.
—Estás jugando con fuego, Sofía —dijo, rodeando la mesa hasta quedar detrás de mi silla. No me moví, aunque sentía su presencia como una sombra eléctrica—. Ese video no será admisible en el juicio oral. Lo sabes.
—Pero el jurado lo verá en las noticias esta noche —respondí, girando mi silla para enfrentarlo—. Porque voy a filtrar cada segundo de esta deposición donde tú insinúas que puedes comprar mi silencio con la salud de mi madre.
Julián se apoyó en los brazos de mi silla, atrapándome. Su rostro estaba a centímetros del mío. Pude ver las pequeñas motas doradas en su iris y la tensión en su mandíbula.
—No te atreverías —susurró—. Si lo haces, la clínica rescindirá el contrato de tu madre mañana mismo. Hay cláusulas de imagen, Sofía. Yo puedo hacer que la saquen de allí en una camilla antes de que termine el día.
—Hazlo —lo desafié, con las lágrimas de rabia quemándome los ojos—. Hazlo y demostrarás que eres exactamente el monstruo que todos dicen que eres. Destruye a una anciana enferma para ganar un caso. Adelante, Julián. Ponle el sello de los Sterling a esa atrocidad.
Él no se movió. Su mirada bajó a mis labios por un segundo que pareció una eternidad, y por un instante aterrador, pensé que iba a besarme. La tensión entre nosotros ya no era solo odio; era algo más oscuro, una atracción deformada por la guerra que estábamos librando.
—Eres exasperante —dijo él, su voz apenas un murmullo—. Tienes el mundo cayéndose sobre tus hombros y sigues intentando morderme la mano.
—No muerdo la mano que me da de comer, Julián. Muerdo la mano que intenta ponerme una correa.
Julián se apartó de golpe, como si lo hubiera quemado. Se ajustó el saco y recuperó su máscara de frialdad absoluta.
—La deposición ha terminado por hoy —sentenció, sin mirarme—. Mañana mis abogados te enviarán una propuesta de acuerdo. Una cifra que no podrás rechazar, ni siquiera con tu orgullo de leona.
—Guarda tu dinero para tus hermanos, Sterling. Lo van a necesitar para pagar tu fianza cuando termine contigo.
Salió de la sala sin mirar atrás. Me desplomé en la silla, sintiendo que mis pulmones finalmente obtenían oxígeno. Miré el recibo de la donación que aún tenía en mi carpeta. Lo rompí en mil pedazos y los dejé caer sobre la mesa.
Sabía que la oferta de mañana no sería solo dinero. Sería una trampa. Pero lo que Julián no entendía es que una leona acorralada es mucho más peligrosa que una que está cazando.




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