Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 8: La Gala de las Vanidades.

Odiaba estas galas. Son el teatro de la hipocresía, donde la élite de la ciudad firma cheques de cinco cifras para limpiar conciencias mientras beben champán que cuesta más que el salario anual de sus empleados. Pero esta noche era diferente. Esta noche, el salón de mármol del Hotel Imperial no era un evento social; era mi arena.
Me ajusté los gemelos de platino mientras observaba mi reflejo en las puertas de cristal de la entrada. El esmoquin me quedaba como una segunda piel. Mi padre solía decir que un Sterling nunca debe parecer que se está esforzando, y yo había elevado esa máxima a una forma de arte.
—¿Buscando a tu presa, Julián? —Mateo apareció a mi lado, sosteniendo una copa de cristal tallado. Lucía impecable, pero sus ojos escaneaban la sala con la eficiencia de un depredador—. He visto la lista de invitados. No creo que ella venga. Este no es su ecosistema.
—Vendrá —dije, con una seguridad que me sorprendió incluso a mí—. Le envié una invitación personal con una nota. Le dije que si tenía el valor de decirme "no" a la cara frente a toda mi familia, retiraría la cláusula de arbitraje del caso.
Mateo soltó una carcajada.
—Le has puesto un cebo de integridad. Eres un sádico.
—Soy un estratega, Mateo.
Minutos después, el murmullo de la sala cambió de frecuencia. Ya no era el susurro monótono de los negocios, sino un silencio cargado de curiosidad. Me giré lentamente.
Sofía Burguener acababa de entrar.
Si en el tribunal era una tormenta, aquí era un incendio forestal. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que contrastaba violentamente con la palidez de su piel y la intensidad de su cabello. No llevaba joyas ostentosas, no las necesitaba. Caminaba con la cabeza alta, ignorando las miradas despectivas de las matronas de la alta sociedad y los ojos hambrientos de los hombres de negocios. Se movía como si fuera la dueña del lugar, y por un momento, me costó respirar.
Me abrí paso entre la multitud, ignorando a un senador que intentaba captar mi atención. Cuando llegué frente a ella, le ofrecí una copa de la bandeja de un camarero que pasaba.
—Sofía. Debo admitir que el verde te sienta mejor que el azul del juzgado —le dije, bajando la voz.
Ella tomó la copa, pero no bebió. Sus ojos castaños me recorrieron con un desprecio que me resultó extrañamente excitante.
—Ahórrate los cumplidos, Julián. He venido por el documento que prometiste. ¿Dónde está la renuncia a la cláusula de arbitraje?
—Primero, un baile —respondí, extendiendo mi mano—. Es una gala benéfica, hay que mantener las apariencias. Mi padre nos está observando desde el palco, y no le gustaría ver a su hijo discutiendo contratos con la mujer que acaba de costarle una multa al holding.
Sofía miró mi mano como si fuera una serpiente. Pero luego, con un suspiro de resignación que sabía a derrota parcial, dejó su copa y puso su mano sobre la mía. Su piel estaba fría, pero al contacto con la mía, sentí esa descarga eléctrica que ya se había vuelto costumbre entre nosotros.
La conduje a la pista. La orquesta empezó a tocar un vals lento, una melodía que se sentía demasiado íntima para dos personas que querían destruirse mutuamente. La atraje hacia mí, un poco más de lo que dictaba el protocolo. Su mano derecha se posó en mi hombro y yo coloqué la mía en la pequeña de su espalda, sintiendo la suavidad de la seda y el calor de su cuerpo.
—¿Esto es parte de tu "oferta imposible"? —susurró ella, mientras nos movíamos al ritmo de la música—. ¿Exhibirme como un trofeo para que todos piensen que me has comprado?
—Mi oferta es mucho más sencilla, Sofía —dije, inclinándome hacia su oído para que nadie más escuchara—. Sterling Global está dispuesta a crear un fondo de fideicomiso para las víctimas. Diez millones de dólares. Sin admisión de culpa, pero con el dinero suficiente para que todas esas familias recuperen sus vidas. Y para ti... —hice una pausa, observando cómo su respiración se agitaba—, una donación vitalicia a la clínica de tu madre. No a través de un holding, sino un contrato legal irrevocable. Estará segura para siempre.
Sofía se tensó en mis brazos. Por un momento, vi la duda en sus ojos. Diez millones era más de lo que obtendría en un juicio largo y agotador que podría durar años.
—¿A cambio de qué, Julián? —preguntó, su voz apenas un hilo.
—A cambio de tu silencio. Dejas el caso. Te retiras del derecho ambiental. Te doy un puesto como consultora senior en mi firma. Un millón al año de salario base.
Ella soltó una risa amarga, pero no se alejó. Seguíamos bailando, atrapados en una burbuja de tensión que nadie más en la sala podía percibir.
—Quieres comprar a la leona y meterla en una jaula de oro —dijo, mirándome con una mezcla de odio y tristeza—. Quieres que trabaje para el hombre que intentó pisotear a mis clientes.
—Quiero tenerte cerca, Sofía —confesé, y la honestidad de mis propias palabras me golpeó como un impacto físico—. Eres la única persona que me ha hecho sentir que este juego vale la pena. No es solo por el caso. Ya no se trata de los vertidos.
De repente, la música terminó. Nos quedamos allí, en medio de la pista, mientras los invitados aplaudían. Yo no solté su cintura y ella no retiró su mano de mi hombro. El mundo alrededor desapareció.
—Tu oferta es tentadora, Julián —dijo ella, recuperando su máscara de hierro—. Cualquier otra persona la aceptaría de rodillas. Pero tú cometiste un error de cálculo. Pensaste que mi precio era el bienestar de mi madre. Pero mi madre me enseñó algo antes de enfermar: que un Sterling puede comprar una cama de hospital, pero nunca podrá comprar un sueño tranquilo.
Se soltó de mi agarre con una elegancia devastadora.
—No acepto —sentenció—. Nos vemos en la corte el lunes. Y Julián... gracias por el baile. Ha sido el momento más honesto de toda tu farsa.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, dejándome solo en medio de la pista. Sentí la mirada de mi hermano Mateo desde la barra, una mezcla de burla y asombro. Sentí la mirada de mi padre, cargada de decepción. Pero lo único que realmente sentía era el eco del calor de su mano sobre mi hombro.
Había fallado. Había puesto todo el poder de mi imperio sobre la mesa y ella lo había rechazado con un baile. Mi obsesión acababa de cruzar el punto de no retorno. Ya no quería ganar el caso. Quería que ella me mirara como miraba a su madre: con una devoción que no se podía comprar con diez millones de dólares.
—Mañana —murmuré para mí mismo, mientras me ajustaba el esmoquin—, la cacería deja de ser profesional.
Caminé hacia la barra y pedí un whisky doble. La noche estaba lejos de terminar, y la guerra contra Sofía Burguener acababa de volverse lo único por lo que valía la pena despertarse al día siguiente.




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