Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 9: Humo y Sedas.

Tres días después de la gala benéfica, el aire en la sala de juntas de Sterling Global seguía oliendo a traición y a ese perfume caro que Julián usaba como marca de territorio. Mi rechazo en la pista de baile, frente a su padre y la élite de la ciudad, no había sido gratuito. Desde entonces, las deposiciones se habían vuelto un campo de minas. Julián no solo era más agresivo; era más personal.
Eran las once de la noche. Las luces automáticas del rascacielos se habían atenuado, dejando la sala en una penumbra dorada. El taquígrafo se había marchado hacía una hora, exhausto, y los asociados de Julián habían huido ante la primera señal de su mal humor. Solo quedábamos nosotros dos, rodeados de carpetas de pruebas y restos de café frío.
—Ese vestido verde todavía te queda en la retina, ¿verdad? —dije, rompiendo el silencio mientras cerraba un expediente con fuerza. Mis ojos ardían tras diez horas de revisar balances financieros—. Estás cometiendo errores de principiante, Julián. Me has dejado pasar tres contradicciones del director de finanzas solo por quedarte mirándome con esa cara de pocos amigos.
Julián se echó hacia atrás en su silla de cuero, desabrochándose la corbata con un gesto de impaciencia que me resultó extrañamente íntimo.
—Lo que me queda en la retina, Sofía, es tu capacidad para morder la mano que intenta salvarte —su voz era un barítono bajo, cargado del cansancio de la jornada—. Te ofrecí una salida digna en la gala. Te ofrecí el mundo en una bandeja de plata y preferiste escupirme en la cara para regodearte en tu superioridad moral.
—Preferí mi integridad a tu bandeja de plata —repliqué, poniéndome de pie para estirar las piernas. El ventanal mostraba la ciudad como una red de luces distantes—. No me pidas que me disculpe por no querer ser otra de tus adquisiciones, Julián. No soy una empresa en quiebra que puedas rescatar para luego desmantelar a tu gusto.
—Nunca te vi como una empresa —él se levantó también, moviéndose con esa gracia depredadora que siempre me ponía en alerta. Se acercó a un panel oculto en la pared y sacó dos recipientes de comida tailandesa que desprendían un aroma a jengibre y coco—. Cena de tregua, Leona. Si no comes algo, vas a colapsar antes de que podamos terminar con los informes de mañana. Y no aceptaré una victoria porque mi oponente se desmayó de inanición.
Me quedé mirando la comida. Mi orgullo me decía que me fuera, pero mi estómago rugió con una falta de educación alarmante.
—Cena de negociación —corregí, sentándome al otro lado de la pequeña mesa auxiliar—. Sin abogados. Sin Sterling Global de por medio.
—Trato hecho —dijo él, sirviendo un vino blanco que brillaba como el oro líquido bajo las luces tenues.
Comimos en un silencio que, por primera vez, no se sentía como una guerra fría, sino como un reconocimiento mutuo. La comida estaba picante, deliciosa, y el vino empezó a relajar la tensión acumulada en mis hombros.
—Dime una cosa —dijo Julián, observándome por encima del borde de su copa—. ¿De verdad crees que cada centavo que tengo está manchado de sangre? ¿O es que odias el apellido Sterling porque es más fácil culpar a una dinastía que aceptar que el mundo es injusto por naturaleza?
—Odiar a los Sterling es un ejercicio de realismo, Julián —respondí, dejando los palillos—. He visto lo que tu familia hace cuando alguien se interpone en sus proyectos. Compran, destruyen o silencian. Mi padre fue una de esas "variables" que eliminaron en una reestructuración legal hace años. No eres el salvador de nadie, aunque te guste pagar facturas de hospital en la sombra.
Julián dejó la copa con un golpe seco. Sus ojos claros se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar.
—Hice esa donación porque no soportaba verte rota —soltó, y la honestidad de su tono me golpeó más fuerte que cualquier amenaza—. En la gala, cuando bailábamos, no estaba pensando en el fideicomiso de las víctimas. Estaba pensando en que eres la primera persona en este maldito planeta que me mira y no ve un signo de dólar o una escalera hacia el poder. Ves al hombre. Y ese hombre... ese hombre está perdiendo la cabeza por una mujer que quiere meterlo en la cárcel.
Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. El aroma de su perfume, mezclado con el olor de la lluvia que empezaba a golpear el cristal, era embriagador.
—Estás cruzando una línea, Julián —susurré, aunque mi cuerpo se inclinaba hacia el suyo por pura inercia magnética.
—La línea desapareció en el momento en que aceptaste este caso, Sofía —él alargó la mano y, con una lentitud tortuosa, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Su piel estaba caliente—. Esta cena no es una negociación. Es un reconocimiento. Estamos tú y yo, en este despacho vacío, fingiendo que mañana no volveremos a intentar destruirnos.
—Mañana volveré a ser tu enemiga —afirmé, aunque mi voz tembló cuando sus dedos bajaron por mi cuello, encontrando el pulso acelerado de mi yugular.
—Y yo seré el tuyo —murmuró él, acercándose a mis labios—. Pero esta noche... esta noche solo quiero saber si la leona ruge igual de fuerte cuando la tienen contra las cuerdas.
Me puse de pie de un salto, retrocediendo hacia la puerta del despacho. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. No podía permitir que esto pasara. Si me rendía ahora, Julián ganaría el juicio antes de que el juez dictara sentencia.
—La leona no se rinde, Julián —dije, recuperando mi máscara de hierro, aunque mis ojos brillaban con una confusión que él seguramente notó—. Gracias por la cena. Guarda el resto para tus asociados; a ellos sí puedes comprarlos con comida de lujo.
Salí del despacho sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una marca de hierro candente. Mientras bajaba en el ascensor, me toqué los labios. Todavía sentía el calor de su aliento.
Había sido una cena de negociación, sí. Pero la única conclusión a la que habíamos llegado era que el odio ya no era lo único que nos mantenía despiertos por la noche. Habíamos pasado del conflicto de poder a algo mucho más peligroso: la necesidad de poseer al otro, cuerpo y alma.




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