Había algo en la forma en que Sofía había huido de mi oficina la noche anterior que no me dejaba dormir. No era la huida de alguien que tiene miedo al enemigo, sino de alguien que tiene miedo de sí mismo. La marca de su bofetada en mi mejilla ya había desaparecido, pero el eco de su pulso bajo mis dedos en aquel despacho vacío seguía vibrando en mi sistema como una interferencia estática.
—Estás mirando esa pantalla desde hace veinte minutos y no has pasado de página —la voz de Mateo me sacó de mi trance. Mi hermano estaba apoyado en el marco de la puerta de mi despacho, observándome con esa perspicacia molesta que reservaba para mis momentos de debilidad—. ¿Es la Leona de nuevo? Papá cree que estás alargando el proceso porque te gusta el castigo.
—Dile a nuestro padre que el proceso sigue su curso —respondí, cerrando la computadora de golpe—. Sofía Burguener no es una variable que se pueda apresurar. Si la presionas demasiado, se cierra. Si la ignoras, te muerde.
—Entonces, deja de presionarla como un Sterling y empieza a moverte como un hombre —Mateo se encogió de hombros y lanzó una llave sobre mi escritorio—. He despejado tu agenda para esta tarde. No hay reuniones, no hay deposiciones. Solo tú, un coche que no lleva el emblema de la familia y un lugar donde nadie te llame "Señor Sterling". Si quieres que ella baje la guardia, tienes que bajar la tuya primero.
Tomé las llaves. Eran las de un todoterreno antiguo, nada que ver con mi flota de coches blindados. Mateo tenía razón. Sofía odiaba mi mundo; si quería entrar en el suyo, tenía que dejar el mío atrás.
Dos horas después, estaba frente a su despacho en la casa victoriana. No envié a mi chófer ni hice que mi secretaria llamara. Bajé del coche, vestido con unos vaqueros oscuros y una chaqueta de cuero, sintiéndome extrañamente expuesto sin mi traje de tres piezas.
Sofía salió del edificio cargando un maletín que parecía demasiado pesado para ella. Se detuvo en seco al verme. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un segundo, vi pasar por su rostro una sucesión de emociones: sorpresa, sospecha y, finalmente, esa chispa de desafío que siempre me encendía la sangre.
—Si vienes a hacerme otra oferta de diez millones, Julián, guarda el aliento —dijo, caminando hacia su coche—. Tengo una madre que visitar y un caso que ganar.
—No hay ofertas hoy, Sofía —dije, interceptándola antes de que abriera su puerta. Me apoyé en el metal, bloqueándole el paso—. Y no hay Sterling Global. Solo hay una tarde de tregua. Sube al coche.
—¿Estás loco? Tengo trabajo.
—El trabajo no se va a ir a ninguna parte. Y sé que tu madre está descansando hoy porque hablé con la clínica esta mañana; tiene sesión de terapia ocupacional y no permiten visitas hasta la noche —vi cómo se tensaba al mencionar mi control sobre su vida—. No es una trampa. Es una invitación. Quiero enseñarte algo que no puedes encontrar en un expediente judicial.
Ella me miró con desconfianza, analizando mi ropa, mi coche y mi falta de asociados.
—¿A dónde? —preguntó finalmente.
—Si te lo dijera, no vendrías.
Para mi sorpresa, Sofía suspiró, arrojó su maletín en el asiento trasero de su coche y rodeó el mío para subir al lado del pasajero.
—Tienes dos horas, Sterling. Si intentas llevarme a un yate o a una subasta privada, saltaré del coche en marcha.
Conduje fuera de la ciudad, alejándome de los rascacielos y del ruido financiero. Nos dirigimos hacia el puerto viejo, una zona que los Sterling planeábamos demoler para construir un complejo de lujo el próximo año. Me detuve frente a un hangar destartalado que olía a salitre y aceite de motor.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, bajando del coche y mirando las paredes grafiteadas—. ¿Vas a asesinarme y tirar mi cuerpo al muelle?
—No me des ideas —bromé, abriendo la pesada puerta de metal—. Entra.
Dentro del hangar no había oficinas, sino barcos de madera en distintas etapas de restauración. El aire estaba lleno de serrín flotando en los rayos de sol que se filtraban por las ventanas altas. En el fondo, un hombre mayor trabajaba en el casco de un velero.
—Aquí es donde vengo cuando no quiero ser un verdugo —dije, caminando hacia una mesa llena de herramientas—. Mi abuelo empezó este taller antes de que los Sterling se convirtieran en "la Dinastía". Es lo único que el holding no posee. Es mío, personalmente.
Sofía caminó por el lugar, tocando la madera pulida con una delicadeza que nunca mostraba en la corte. Su rostro se suavizó, y por primera vez, la vi sin su armadura de abogada.
—¿Tú restauras esto? —preguntó, volviéndose hacia mí. Había una nota de asombro genuino en su voz.
—Con mis manos —le mostré las palmas, que tenían pequeñas cicatrices y callos que mis guantes de cuero solían ocultar—. Aquí el dinero no importa. La madera no sabe quién soy. Si te equivocas, se rompe. Si eres paciente, se dobla. Es la única verdad que conozco que no puede ser manipulada por un juez.
Me acerqué a ella, y esta vez no hubo tensión combativa. Había una extraña paz entre nosotros, envuelta en el olor a pino y mar.
—¿Por qué me has traído aquí, Julián? —su voz era un susurro, y sus ojos buscaban los míos con una vulnerabilidad que me desarmó.
—Porque quiero que entiendas que sé lo que es construir algo desde cero. Sé lo que proteges, Sofía. Sé que luchas por esas familias porque ves en ellas a tu propio padre, y ves en mí al sistema que lo ignoró.
Me detuve a centímetros de ella. El silencio en el hangar era absoluto, roto solo por el sonido de las olas chocando contra el muelle exterior.
—Te traje aquí —continué— porque en la gala te dije que quería tenerte cerca. Y no era una táctica legal. Te quiero cerca porque eres la única persona que me recuerda que todavía tengo un corazón bajo este traje de mil dólares. Y ese corazón... ese corazón está perdiendo la guerra contra ti.
Sofía no retrocedió. Su respiración se agitó, y vi cómo sus labios temblaban levemente.
—Julián... esto no cambia el juicio. Esto lo hace todo mucho más difícil.
—Lo sé —dije, acortando la distancia final—. Pero algunas cosas valen el caos que provocan.
Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos marcados por el trabajo manual. Sofía cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que sonó a rendición. Cuando finalmente la besé, no fue un beso de poder ni de posesión. Fue un beso hambriento, desesperado, una colisión de años de soledad y semanas de un deseo contenido que amenazaba con incinerarnos a ambos.
Ella me rodeó el cuello con los brazos, atrayéndome más, y yo la estreché contra mí como si fuera la única madera sólida en medio de un naufragio. En ese hangar olvidado por el mundo, entre barcos rotos y sueños de madera, Julián Sterling dejó de ser el tiburón. Y Sofía Burguener, por fin, dejó de ser la leona para ser simplemente una mujer que había encontrado a su igual.
—Esto es un error —susurró ella contra mis labios, sin soltarme.
—El mejor error que he cometido en mi vida —respondí, antes de volver a besarla con una intensidad que prometía que, a partir de hoy, las reglas del juego habían cambiado para siempre.