Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 11: La Anatomía de una Traición.

El Palacio de Justicia se alzaba ante mí como un mausoleo de mármol frío, un lugar donde las esperanzas de los débiles solían ir a morir. Sin embargo, mientras subía las escaleras aquella mañana, no me sentía débil. Por primera vez en semanas, mi armadura no se sentía como una carga. El eco del beso de Julián en el hangar todavía vibraba en mis labios, y aunque mi mente de abogada me gritaba que era una imprudencia, mi corazón —ese órgano traicionero que creía haber domesticado— me susurraba que finalmente habíamos cruzado al otro lado del espejo. Había visto al hombre detrás del apellido, y ese hombre me había sostenido como si yo fuera lo único real en su mundo de mentiras.
—Estás radiante, Sofi. Da miedo —comentó Elena mientras caminábamos por el pasillo hacia la Sala 4B—. Si esa es la cara que pones para la audiencia de hoy, Julián Sterling va a pedir clemencia antes del receso.
—No busco clemencia, Elena. Busco justicia —respondí, aunque una sonrisa involuntaria tiró de mis labios.
Al entrar en la sala, lo busqué de inmediato. Julián estaba de pie junto a su mesa, revisando unas notas con su primer asociado. Llevaba un traje gris marengo, impecable, y su perfil parecía esculpido en granito bajo las luces fluorescentes. Cuando sintió mi presencia, levantó la vista. Esperé ver la calidez de ayer, el destello de vulnerabilidad del hangar, pero lo que encontré fue una pared de hielo. Sus ojos eran dos pozos gélidos que me recorrieron de arriba abajo con una indiferencia profesional que me dejó sin aliento.
El aire pareció escaparse de la habitación. Me senté en mi lugar, con las manos temblando ligeramente bajo la mesa. “Es solo su máscara pública”, me dije a mí misma. “Tiene que mantener las apariencias”.
—Todos de pie —anunció el oficial de justicia. El juez tomó asiento y la tensión en la sala subió varios grados.
—Señorita Burguener, puede proceder con la presentación de los informes de toxicidad del laboratorio independiente —ordenó el juez.
Me puse de pie, ajustándome el blazer. Mi voz sonó clara, alimentada por la confianza que Julián me había dado, irónicamente, la tarde anterior.
—Gracias, Señoría. Estos informes confirman niveles de arsénico y plomo que superan diez veces el límite legal. Es la prueba definitiva de que Sterling Global no solo sabía de las filtraciones, sino que las ocultó deliberadamente…
—Objeción, Señoría —la voz de Julián cortó el aire como una cuchilla afilada. Se puso de pie con una calma que me heló la sangre—. La defensa presenta una cuestión de fondo sobre la integridad de la evidencia.
—Señor Sterling, estamos en fase de exposición —dijo el juez, frunciendo el ceño—. ¿Qué es tan urgente?
—La procedencia de estos informes —Julián caminó hacia el centro de la sala, rodeando el estrado con la elegancia de un depredador que sabe que ya ha ganado—. Tenemos pruebas documentales de que el laboratorio encargado de estas pruebas recibió una “donación anónima” de cincuenta mil dólares hace apenas seis meses. Casualmente, el mismo mes en que la señorita Burguener aceptó este caso.
El murmullo en la galería fue instantáneo. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¡Eso es una calumnia! —exclamé, dando un paso adelante—. El laboratorio es de prestigio internacional.
—¿De prestigio o de alquiler? —Julián se giró hacia mí. No había ni rastro del hombre que me había besado con desesperación hace menos de veinticuatro horas. Había una crueldad metódica en su mirada—. Señoría, parece que la demandante tiene un patrón de comportamiento. Primero, acepta fondos anónimos para pagar los lujos de la residencia de su madre, y ahora, utiliza métodos similares para fabricar evidencia científica que respalde su cruzada personal contra mi familia.
El impacto de sus palabras fue físico. Me quedé sin aire, con el rostro ardiendo de humillación. Julián acababa de usar la donación que él mismo había hecho —la trampa que me tendió con la clínica de mi madre— para desacreditarme profesionalmente frente al juez y la prensa.
—Señor Sterling, mida sus palabras —advirtió el juez, golpeando el mazo—. Esa es una acusación grave.
—Aquí están los registros de transferencia, Señoría —Julián extendió una carpeta con una sonrisa gélida—. La señorita Burguener se presenta ante este tribunal como “La Leona” de la ética, pero parece que su integridad tiene un precio muy claro. Solicito la anulación inmediata de los informes y la desestimación del caso por fraude procesal.
El juez suspendió la sesión durante una hora para revisar los documentos. En cuanto se retiró, la sala estalló en caos. Los periodistas se abalanzaron hacia nosotros, pero yo solo veía a Julián. Estaba recogiendo sus papeles, cerrando su maletín con un clic definitivo, como si acabara de terminar una jornada rutinaria en la oficina.
Caminé hacia él, ignorando a Elena que intentaba detenerme. Me detuve frente a su mesa, temblando de una rabia tan pura que me dolía el pecho.
—¿Cómo has podido? —susurré, con la voz quebrada—. Lo de ayer… el hangar, el beso… ¿todo fue una maniobra para que bajara la guardia hoy? ¿Para que no viera venir este ataque a mi reputación?
Julián terminó de ajustar su reloj y me miró. No había arrepentimiento, solo una superioridad aplastante.
—Te dije que la victoria no valía nada si la presa no peleaba, Sofía —dijo en un tono tan bajo que solo yo podía oírlo—. Me pediste que no tuviera piedad, ¿no? Pues aquí la tienes. Bienvenido al mundo real.
—Me usaste —las lágrimas empezaron a nublar mi vista, pero me negué a dejarlas caer—. Usaste a mi madre, usaste mis sentimientos… me hiciste creer que había algo humano en ti.
—Lo que hay en mí es un Sterling —respondió él, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con ese perfume que ahora me resultaba nauseabundo—. Y un Sterling no pierde. Si mezclaste un baile y un beso con un juicio de mil millones de dólares, el error de cálculo fue tuyo. Fuiste una distracción fascinante, Sofía. Pero el juego termina hoy.
—No ha terminado —le siseé, clavando mis uñas en las palmas de mis manos—. Pensaste que me habías quebrado con esa donación, pero lo único que has hecho es recordarme por qué el mundo necesita que personas como yo te pongan de rodillas.
—Buena suerte con eso —dijo él, dedicándome una última mirada de desprecio—. Sin esos informes, no tienes caso. Y después de lo que acabo de decir en el estrado, dudo que vuelvas a ejercer el derecho en esta ciudad.
Se dio la vuelta y salió de la sala rodeado de sus abogados, dejándome allí, en medio de las ruinas de mi carrera y de mi corazón. Me quedé mirando el estrado vacío, sintiendo cómo el odio, ese viejo amigo, regresaba para llenar el vacío que la traición de Julián había dejado.
Él pensaba que me había cazado. Pensaba que la leona estaba terminada. Pero mientras limpiaba una lágrima traicionera con el dorso de mi mano, supe que Julián Sterling acababa de cometer el mayor error de su vida: me había dado un motivo personal para destruirlo. Y esta vez, no habría treguas, ni galas, ni besos que me detuvieran.
—Prepárate, Julián —murmuré para el silencio de la sala—. Porque ahora voy a quemar tu imperio, y voy a disfrutar viendo cómo te conviertes en cenizas.




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