El aire en mi despacho se sentía viciado, cargado con el olor a papel viejo y a la amargura de una derrota que no terminaba de digerir. Habían pasado seis horas desde que salí del juzgado con la reputación hecha jirones y el nombre de mi madre arrastrado por el barro mediático. Las noticias no hablaban de otra cosa: "La caída de la Leona", "Fraude en el caso Sterling".
Me froté las sienes, sintiendo el latido sordo de una migraña. Tenía frente a mí la copia de los registros bancarios que Julián había presentado. Algo no encajaba. El holding que había hecho la transferencia al laboratorio tenía una estructura similar a la que pagó la clínica de mi madre, pero los códigos de autorización eran distintos.
—Sofi, hay alguien en la puerta que dice que necesita hablar contigo. Ahora —dijo Elena, entrando sin llamar. Su rostro estaba pálido—. Es un hombre. No me dio su nombre, pero lleva un traje que cuesta más que mi coche.
Me puse de pie, tensando los hombros.
—Si es Julián, dile que se largue antes de que use mi pisapapeles contra su cabeza.
—No es Julián —respondió una voz profunda y gélida desde el pasillo.
Un hombre de unos sesenta años entró en mi oficina. Tenía el mismo cabello oscuro de los hermanos Sterling, pero veteado de plata, y unos ojos que no guardaban ni una pizca de la pasión caótica de Julián. Eran ojos de tiburón viejo, de los que han visto imperios caer y no han parpadeado. Era Arthur Sterling. El patriarca. El hombre que realmente sostenía los hilos de la dinastía.
—Señorita Burguener —dijo, observando mi modesta oficina con un desprecio mal disimulado—. Debo admitir que tiene usted más resistencia de la que imaginaba. Mi hijo Julián suele ser mucho más eficiente a la hora de limpiar los estorbos.
—¿Qué hace aquí, Arthur? —pregunté, rodeando mi escritorio para marcar territorio—. ¿Ha venido a disfrutar del espectáculo de cerca?
—He venido a asegurarme de que el espectáculo termine —se sentó en la silla frente a mí sin ser invitado—. Mi hijo cometió un error. Se obsesionó con usted. Se dejó llevar por ese juego ridículo de seducción y hangares abandonados. Los Sterling no jugamos, señorita Burguener. Nosotros ganamos.
Sentí un escalofrío al escuchar la mención del hangar. ¿Él también nos había estado vigilando allí?
—Julián hizo lo que tenía que hacer en el estrado —repliqué, aunque me dolió pronunciar su nombre—. Me destruyó. ¿Qué más quiere?
Arthur soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad.
—Julián no sabía nada de la donación al laboratorio hasta diez minutos antes de entrar en la sala —soltó el viejo con una calma aterradora—. Él estaba convencido de que podía ganarle "limpiamente", una debilidad sentimental que heredó de su madre. Así que tuve que intervenir. Yo ordené esa transferencia al laboratorio a través de una cuenta que él usa para gastos menores. Le entregué las pruebas esta mañana y le di un ultimátum: o las usaba para aniquilarla, o yo mismo me encargaría de que él perdiera su puesto como CEO del holding.
Me quedé helada. La habitación pareció dar vueltas.
—¿Julián no lo sabía? —susurré.
—No hasta hoy. Y mírelo, lo hizo perfectamente —Arthur se puso de pie, ajustándose el saco—. Usó la información con una crueldad envidiable. Eso demuestra que, al final, la sangre Sterling siempre se impone a la moralidad. Pero sé que usted tiene copias de esos registros, y sé que es lo suficientemente inteligente como para notar que la firma digital de esa transferencia no coincide con las de Julián, sino con mis auditores personales.
—¿Por qué me cuenta esto? —pregunté, apretando los bordes de mi escritorio—. ¿Por qué delatarse ante su enemiga?
—Porque quiero que deje de luchar —Arthur se acercó a mí, y su sombra pareció cubrir toda la oficina—. Julián está... confundido. Cree que la odia, pero su obsesión lo está volviendo predecible. Si usted intenta usar esto para atacarme a mí, hundiré a Julián con usted. Diré que él lo planeó todo para culparme a mí. Lo destruiré a él solo para demostrarle que nadie toca a esta familia.
—¿Está dispuesto a sacrificar a su propio hijo para ganar un juicio? —pregunté, horrorizada.
—Estoy dispuesto a sacrificar cualquier cosa por el apellido —respondió él, caminando hacia la puerta—. Tenga una buena noche, Sofía. Le sugiero que tome el dinero que le ofrecieron en la gala y desaparezca. Si Julián intenta buscarla, no le responderé de su seguridad.
Arthur salió de la oficina, dejando un rastro de un perfume amargo y la sensación de que acababa de ver al verdadero diablo.
Me desplomé en mi silla. Julián me había traicionado, sí. Había usado esa información en el estrado con una ferocidad que me rompió el alma. Pero no había sido el autor de la trampa. Había sido arrinconado por su propio padre. Había elegido el apellido por encima de lo que sea que estuviéramos construyendo.
Miré los papeles sobre mi mesa. Tenía la prueba de que Arthur Sterling había cometido fraude procesal para incriminarme. Tenía el arma para destruir al patriarca. Pero si la usaba, Julián caería con él. El mundo pensaría que Julián era el cómplice de su padre, o que era tan débil que se dejó manipular.
De repente, mi teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de un número desconocido.
"Valle de Paz. Habitación de tu madre. Ahora."
Reconocí el tono. Era Julián. Mi instinto me decía que no fuera, que me alejara de esa familia de lobos antes de que terminaran de devorarme. Pero la leona en mí, la que Arthur Sterling no había podido matar, necesitaba respuestas. Necesitaba saber si Julián me había mirado hoy a los ojos con odio porque me creía culpable, o porque se odiaba a sí mismo por lo que había hecho.
—Elena, tráeme el maletín —dije, poniéndome de pie con una nueva y oscura resolución—. La guerra no ha terminado. Solo que ahora, el campo de batalla ha cambiado.
Arthur Sterling pensaba que me había asustado. Pensaba que me iría con la cola entre las patas. Pero no conocía a las Burguener. Si él estaba dispuesto a sacrificar a su hijo por su imperio, yo estaba dispuesta a usar ese mismo imperio para quemar su legado hasta los cimientos. Y Julián... Julián iba a tener que elegir un bando de una vez por todas.