Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 13: Cenizas en el Paraíso.

El aire en la habitación de Beatriz Burguener era pesado, cargado con el suave pitido rítmico de los monitores que mantenían su vida en equilibrio. Me quedé en la penumbra, observando a la mujer que dormía ajena a la tormenta que su sola existencia había provocado. Por un momento, envidié su paz. Fuera de estas paredes, yo acababa de ejecutar a la única mujer que me hacía sentir humano, y lo había hecho con la precisión de un carnicero.
La puerta se abrió con un golpe seco. No necesité girarme para saber que era ella. El aire en la habitación cambió, cargándose de una electricidad estática que me erizó el vello de los brazos. Sofía entró como un vendaval contenido, con el rostro pálido y los ojos encendidos con una furia que podría haber incinerado el hospital entero.
—¿Cómo tienes la desfachatez de citarme aquí? —siseó Sofía, acercándose a mí hasta que nuestras sombras se fundieron en la pared—. ¿Después de lo que hiciste hoy? ¿Después de usar a mi madre como moneda de cambio para humillarme frente a medio país?
Me giré lentamente, metiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón de traje. Mantuve mi máscara de hierro, aunque por dentro sentía que cada uno de mis huesos se astillaba.
—Hice lo que un Sterling hace, Sofía. Ganar —mi voz sonó más fría de lo que pretendía, una defensa instintiva contra el dolor que emanaba de ella—. Te advertí que no tendía piedad. Te advertí que este era mi mundo.
—Tu mundo es un vertedero de almas, Julián —espetó ella, dando un paso más hacia mí. Me golpeó el pecho con un sobre de Manila—. Tu padre estuvo en mi oficina hace una hora. Me contó la verdad. Me contó cómo te acorraló, cómo te entregó esa evidencia fabricada diez minutos antes del juicio. Me contó que ni siquiera sabías lo de la donación al laboratorio.
Me quedé helado. El nombre de mi padre resonó en mi cabeza como una sentencia de muerte. Arthur nunca dejaba cabos sueltos; si había ido a verla, era para terminar de desmantelar lo poco que quedaba de nosotros.
—No importa si lo sabía o no, Sofía —respondí, apretando los dientes—. Los registros están ahí. Las firmas están ahí. Usé la información porque era mi deber profesional.
—¡Mientes! —gritó ella en un susurro desesperado, agarrándome por las solapas del saco—. Lo hiciste porque tienes miedo. Tienes miedo de él, tienes miedo de perder ese estúpido apellido que te sirve de escudo. Me miraste a los ojos en el estrado y me destruiste sabiendo que tu padre te había tendido una trampa a ti también. ¿Tan poco valgo para ti? ¿Tan poco valió lo del hangar?
—¡Lo del hangar fue un error! —exploté, atrapando sus muñecas con una fuerza que me asustó—. Fue una debilidad que casi me cuesta el legado de mi familia. Mi padre tiene razón en algo: eres un estorbo para el progreso de los Sterling. Eres una distracción que no puedo permitirme.
—Entonces, ¿por qué me llamaste? —me desafió ella, con las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas—. ¿Por qué me pediste que viniera aquí, a los pies de la cama de mi madre, si solo soy un estorbo?
—Porque no puedo sacarte de mi maldita cabeza —la atraje hacia mí con un tirón violento, eliminando el último rastro de espacio entre nosotros—. Porque te odio por hacerme dudar. Te odio por ser la única persona que no puedo comprar y la única que no puedo dejar de desear.
La tensión que se había estado acumulando durante semanas —en los juzgados, en la gala, en el hangar— estalló en ese rincón oscuro de la clínica. No hubo ternura. Fue una colisión de dos trenes a toda velocidad. La besé con una desesperación que sabía a derrota y a victoria al mismo tiempo. Sofía me devolvió el beso con la misma ferocidad, sus manos enredándose en mi cabello, tirando de mí como si quisiera arrancarme la piel.
Nos empujamos contra la pared, lejos de la cama de su madre, en la penumbra del pasillo anexo. Mis manos recorrieron su cuerpo con una urgencia febril, reconociendo cada curva que la seda de su vestido intentaba ocultar. El odio y el deseo eran indistinguibles en ese momento; nos mordíamos, nos buscábamos, intentando borrar con el cuerpo las palabras crueles que nos habíamos lanzado horas antes.
—Te odio —susurró ella contra mis labios, mientras mi mano subía por su muslo—. Te odio tanto, Julián.
—Yo también —respondí, hundiendo mi rostro en su cuello, aspirando su aroma a sándalo y desafío—. Te odio más que a nada en este mundo.
Nos detuvimos un segundo, ambos jadeando, con las frentes apoyadas la una contra la otra. El silencio de la clínica regresó, recordándonos dónde estábamos y quiénes éramos. La realidad volvió a golpearnos con la fuerza de un mazo. Mañana volveríamos a la arena. Mañana, las cámaras volverían a encenderse.
Sofía se apartó lentamente, arreglándose el cabello con manos temblorosas. Sus ojos, antes nublados por la pasión, volvieron a endurecerse como el acero.
—Esto no cambia nada, Julián —dijo, con una voz que recuperaba su filo de leona—. No voy a retirar la demanda. Voy a usar lo que sé sobre tu padre para hundirlo a él, y si tú te cruzas en mi camino, te hundiré a ti también.
Me acomodé la corbata, sintiendo el frío de la soledad regresando a mi pecho. La máscara de los Sterling volvió a su sitio, impecable y gélida.
—No esperaba menos de ti —respondí, mirándola desde mi altura—. Mañana en el estrado, no habrá besos ni confesiones. Solo habrá una sentencia.
—Acordado —sentenció ella, caminando hacia la puerta. Se detuvo un segundo antes de salir y me miró por encima del hombro—. Disfruta de tu última noche de impunidad, Julián. Porque mañana, el apellido Sterling va a empezar a sangrar.
Se marchó, dejándome solo con el sonido de los monitores de su madre. Me toqué el labio inferior, sintiendo el sabor de su lápiz labial y de la furia. Habíamos cruzado el punto de no retorno. Ya no era un caso legal, era una ejecución mutua. Y mientras observaba las luces de la ciudad desde la ventana de la clínica, supe que solo uno de los dos saldría vivo de esa sala mañana.
Y lo peor de todo es que, por primera vez en mi vida, no estaba seguro de querer ganar.




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