La lluvia golpeaba los cristales de mi pequeño apartamento con una insistencia melancólica, como si el cielo mismo intentara lavar la suciedad acumulada durante los últimos siete días. Había pasado una semana exacta desde aquel encuentro explosivo y desgarrador en la penumbra de la clínica, siete días en los que el silencio entre Julián y yo se había vuelto una entidad física, densa y asfixiante. En el juzgado, nos habíamos limitado a intercambiar estocadas legales a través de nuestros secretarios, evitando cruzar miradas para no dejar que las grietas en nuestras máscaras se hicieran evidentes.
Pero el cuerpo tiene una memoria que la voluntad no puede borrar. Mi piel todavía recordaba la presión de sus manos, y mi mente repetía, como un disco rayado, la revelación de que Arthur Sterling era el verdadero titiritero detrás de la evidencia falsa.
Escuché el motor de un coche detenerse frente a mi edificio. No era el rugido de un motor corporativo, sino uno más discreto, casi furtivo. Cuando el timbre sonó a las once de la noche, mi corazón dio un vuelco que me dolió en las costillas. No pregunté quién era. Abrí la puerta y la ráfaga de aire frío trajo consigo el aroma a lluvia, tabaco caro y a él.
Julián estaba allí, sin abrigo, con la camisa blanca empapada pegada a su pecho y el cabello goteando sobre sus cejas. Se veía exhausto, como si hubiera estado librando una guerra interna de la que apenas salió con vida.
—Dije que no cambiaría nada —dije, bloqueando la entrada con mi brazo, aunque mi voz temblaba—. Ha pasado una semana, Julián. Una semana en la que podrías haber hecho lo correcto y denunciar a tu padre, pero elegiste el silencio.
—Elegí sobrevivir, Sofía. Elegí mantener el imperio en pie mientras buscaba una forma de que tú no fueras destruida en el proceso —dio un paso hacia adelante, obligándome a retroceder al interior de mi sala—. Pero no puedo más. He pasado siete noches viendo tu rostro en cada sombra de mi ático. No puedo respirar si sé que mañana voy a entrar a esa sala para terminar de enterrarte.
Cerré la puerta detrás de él y el silencio del apartamento se volvió eléctrico. Julián no esperó. Me tomó por la cintura y me atrajo hacia él con una urgencia que me dejó sin aliento. Sus manos estaban frías por la lluvia, pero su contacto quemaba.
—Mírame —ordenó, su voz era un susurro ronco—. Dime que en esta semana lograste olvidarme. Dime que este odio que finges es más fuerte que lo que sentimos en aquella clínica.
—Te odio por hacerme esperar —respondí, rodeando su cuello con mis manos, hundiéndolas en su cabello mojado—. Te odio porque mañana voy a intentar destruir tu legado y una parte de mí se va a romper cuando lo logre.
—Entonces rompámonos juntos hoy —murmuró contra mis labios.
El beso fue una colisión de todo lo que nos habíamos prohibido durante esos siete días de agonía. Sabía a desesperación, a una tregua firmada con la urgencia del que sabe que el tiempo se agota. Julián me levantó, y por instinto rodeé su cintura con mis piernas. Me llevó hacia mi habitación, un espacio que olía a café y a los libros de derecho que ahora me parecían irrelevantes.
Me depositó sobre la cama con una delicadeza que me desarmó. Sus manos, esas manos que firmaban contratos y restauraban barcos viejos, empezaron a desabrochar los botones de mi camisa con una lentitud tortuosa, como si estuviera desmantelando la última barrera entre nosotros.
—Eres la única cosa real que he tenido en años, Sofía —dijo, observándome con una intensidad que me hizo sentir desnuda mucho antes de que mi ropa cayera al suelo.
—Esto es un suicidio, Julián. Para ambos. Si tu padre se entera...
—Mi padre ya me ha perdido, aunque él aún no lo sepa —respondió él, quitándose la camisa empapada y revelando la tensión en sus hombros—. Deja que esta noche sea el final más hermoso de nuestras carreras.
La piel de Julián era fuego contra la mía. Sus caricias eran exploraciones metódicas, cargadas de la ansiedad de quien ha pasado una semana entera deseando un contacto prohibido. No había rastro de la arrogancia de los Sterling; había una vulnerabilidad cruda que me hacía querer protegerlo del mundo que él mismo representaba.
Cuando sus labios bajaron por mi cuello, el mundo exterior desapareció. No había jueces, ni vertidos tóxicos, ni una clínica que pagar. Solo existía el peso de su cuerpo sobre el mío y la sensación de que, en este pequeño espacio, finalmente éramos iguales.
—Sofía —susurró mi nombre contra mi oído, mientras sus dedos se entrelazaban con los míos—. No dejes que gane mi padre. Pase lo que pase mañana en el estrado... prométeme que no dejarás que él nos gane la voluntad.
—Mañana no existe ahora —respondí, atrayéndolo hacia mí, buscando el calor que me había faltado toda la semana.
En el clímax de nuestra unión, no hubo palabras de amor, sino gemidos de una necesidad que iba más allá del deseo físico. Fue un encuentro explosivo, una entrega total donde las máscaras cayeron por completo. Era la comunión de dos guerreros que habían encontrado su paz justo antes de la batalla final.
Horas más tarde, Julián se quedó dormido con su brazo rodeando mi cintura. Me quedé despierta, observando las sombras en la pared. Sabía que esta tregua era efímera. Sabía que en pocas horas, él se pondría su traje de mil dólares y yo mi blazer de batalla, y nos miraríamos desde lados opuestos de la sala de justicia como si este momento nunca hubiera ocurrido.
Me levanté con cuidado y caminé hacia la ventana. En la calle, un coche oscuro estaba estacionado a media cuadra. Los hombres de Arthur Sterling no descansaban; la semana de tregua silenciosa no los había ablandado.
Miré a Julián en la cama. Se veía casi vulnerable en sueños. Un nudo se formó en mi garganta. Ya no era solo una cuestión de leyes; ahora, salvar a las familias significaba, inevitablemente, lastimar al hombre que acababa de darme su alma.
—Esto no cambia nada en el estrado —susurré para mí misma, aunque las lágrimas empezaron a nublar mi vista—. Pero lo cambia todo para mí.
Mañana, la leona tendría que cazar al tiburón, sabiendo que el tiburón ya se había entregado voluntariamente a ella en la oscuridad de una noche de lluvia.