El silencio en la Sala 4B era sepulcral. El juez acababa de anunciar un aplazamiento de cuarenta y ocho horas debido a un tecnicismo burocrático con las actas de inspección que mi propio equipo había "traspapelado" estratégicamente para ganar tiempo. Se suponía que debía estar celebrando la victoria táctica en mi oficina, con un whisky de veinte años y Mateo felicitándome por mi astucia.
En lugar de eso, estaba siguiendo al viejo sedán de Sofía hacia el Sector Sur, la zona que mis planos denominaban simplemente "Área de Reurbanización Primaria".
—Si intentas sacar una foto o llamar a tus abogados para buscar una forma de desalojarlos, te juro que te dejo tirado en medio de la avenida —dijo Sofía mientras bajábamos de los coches. Su voz ya no tenía el filo del estrado, sino una advertencia cargada de protección.
—He venido a ver, Sofía. No a conquistar —respondí, ajustándome las gafas de sol. El aire aquí olía distinto; no era el aroma a dinero y asfalto de la zona financiera, sino algo más pesado: humedad, metal oxidado y, extrañamente, comida casera.
Caminamos por un callejón estrecho entre edificios de ladrillo visto que Sterling Global planeaba demoler en menos de un mes. Para mí, eran solo obstáculos estructurales; para la gente que empezó a salir a recibir a Sofía, eran hogares.
—¡Sofía! ¡Viniste! —una niña de unos seis años, con el cabello recogido en dos trenzas desprolijas, corrió hacia ella y se abrazó a sus piernas. Tenía una energía que parecía desafiar la pobreza del entorno.
—Hola, pequeña Luci —Sofía se puso a su altura y le dio un beso en la mejilla—. Mira, he traído a un... conocido. Se llama Julián.
La niña me miró con una curiosidad desarmante. Se acercó a mí y tiró de la manga de mi chaqueta de diseñador, que probablemente costaba más que la infraestructura de toda la calle.
—Tienes los ojos como los de mi gato —dijo Luci, sin una pizca de miedo—. Pero pareces triste. ¿Tienes hambre? Mi abuela hizo empanadas.
Me quedé paralizado. En las juntas de accionistas, la gente me miraba con envidia o con terror. Nadie me había preguntado nunca si tenía hambre. Nadie me había visto "triste".
—Estoy bien, Luci. Gracias —alcancé a decir, sintiéndome como un astronauta en un planeta desconocido.
Sofía me guio hacia una pequeña plaza comunitaria donde un grupo de hombres y mujeres trabajaba reparando unos columpios oxidados. Eran los demandantes. Los nombres que yo había leído en carpetas frías: Ramírez, Torres, Méndez.
—Señor Sterling —dijo un hombre de manos callosas y mirada cansada, reconociéndome—. No esperábamos verlo por aquí. Supongo que viene a ver qué es lo que va a tirar abajo con sus excavadoras.
—Viene a escuchar, Pedro —intervino Sofía, poniéndole una mano en el hombro al hombre. Su tacto con ellos era natural, lleno de una calidez que yo solo conocía en la intimidad de nuestra cama—. Quiere saber por qué seguimos peleando.
Pasamos las siguientes tres horas en un mundo que yo había ignorado deliberadamente. Me senté en una silla de plástico coja mientras Pedro me contaba cómo su abuelo había construido esa casa con sus propias manos. Escuché a las madres hablar de los sarpullidos en la piel de sus bebés después de que el agua del grifo empezara a oler a metal. No eran "daños colaterales". Eran vidas.
Lo que más me desarmó fue el centro comunitario improvisado. Luci me llevó de la mano para enseñarme sus dibujos. Eran casas con jardines, pero en todos los dibujos, el cielo era gris.
—¿Por qué el cielo es de ese color, Luci? —le pregunté, agachándome a su lado.
—Porque así es como se ve cuando las fábricas grandes están despiertas —respondió con una lógica aplastante—. Pero Sofía dice que tú eres muy poderoso y que puedes pedirles que duerman un poco más.
Miré a Sofía, que me observaba desde el marco de la puerta. Sus ojos no tenían reproche, solo una esperanza silenciosa que me resultaba más pesada que cualquier condena.
—Julián —me llamó ella, acercándose cuando Luci se fue a jugar con otros niños—. Mira a tu alrededor. Mi padre vivía en un lugar como este. Él no era una cifra en un balance. Él era el hombre que me leía cuentos antes de dormir. Cuando destruyes estos barrios para construir tus torres de cristal, no solo mueves ladrillos. Borras historias.
—Lo sé —susurré, y por primera vez, las palabras no eran parte de un guion legal—. Sofía, yo no sabía que...
—Sí lo sabías —me interrumpió suavemente—. Solo habías elegido no mirarlo. Es más fácil ser un tiburón cuando no conoces el nombre de los peces.
Me puse de pie, sintiendo que el traje me apretaba, pero no por el corte, sino por la opresión en mi pecho. Salimos de la plaza mientras el sol empezaba a ponerse, tiñendo el barrio de un color anaranjado que suavizaba las grietas de las paredes.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Sofía cuando llegamos a los coches. La tensión del juicio pendiente volvió a caer sobre nosotros como una losa—. Mañana el aplazamiento termina. Mi padre... Arthur, no se detendrá. Él ya tiene el contrato de demolición firmado.
Me acerqué a ella, ignorando el hecho de que estábamos en plena calle, bajo la mirada de sus vecinos. Le tomé la mano, sintiendo la aspereza de la realidad en contraste con el lujo de mi vida previa.
—He pasado toda mi vida intentando ser el hijo que Arthur quería —dije, mirando hacia las casas que Luci y Pedro llamaban hogar—. He construido un imperio sobre el silencio de personas como ellos. Pero después de hoy... después de ver esos dibujos... ya no puedo fingir que no veo el gris en el cielo.
—Julián... —su voz se quebró.
—Esto no cambia nada en el estrado respecto a mi deber —continué, aunque mi mente ya estaba trazando un plan que mi padre consideraría una traición imperdonable—. Pero lo cambia todo en mi conciencia. Mañana, Sofía, no voy a luchar por los Sterling. Voy a luchar por Luci. Y si eso significa que el imperio de mi padre tenga que arder, yo mismo encenderé la primera cerilla.
Sofía me miró con una mezcla de asombro y temor. Sabía que lo que estaba diciendo era una declaración de guerra familiar.
—Él te destruirá —advirtió ella.
—Que lo intente —respondí, atrayéndola para un beso breve pero cargado de una resolución inquebrantable—. Al menos, por primera vez en mi vida, estaré en el bando correcto de la historia.
Subí a mi coche y, mientras me alejaba del Sector Sur, vi por el espejo retrovisor a Luci saludándome con la mano. Ya no veía un área de reurbanización. Veía una responsabilidad. Y mientras marcaba el número privado de Mateo, supe que las próximas cuarenta y ocho horas decidirían no solo el destino de un barrio, sino el alma de la dinastía Sterling.
—Mateo, necesito que abras los archivos clasificados del Proyecto Horizonte —dije cuando mi hermano respondió—. Sí, los que papá dijo que nadie debía tocar. Vamos a darle a la Leona las garras que le faltan.