La carpeta azul sobre mi escritorio parecía emitir un calor radiactivo, una energía oscura que amenazaba con incinerar todo lo que había construido en mi carrera. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de mi oficina, recordándome la mirada desencajada de Mateo Sterling hace apenas una hora. Me la había entregado en un callejón oscuro, sus manos temblaban tanto como las mías ahora. "Él no sabe que te doy esto", me había advertido con la voz quebrada. "Pero si Julián sigue adelante con su plan de inmolarse por el barrio, mi padre lo arrastrará al fondo del océano. Esto es para que ganes tú, Sofía. Para que ganes tú y no mueran todos en el intento".
Abrí el documento por décima vez, deseando que las letras se borraran, que fueran un mal sueño. Pero allí estaban. No eran solo las pruebas definitivas de los vertidos tóxicos en el Sector Sur; era algo mucho más letal. Eran los registros de una firma de abogados "fantasma" que Julián había gestionado personalmente hace tres años. En cada página, su firma digital —esa rúbrica elegante y autoritaria que yo había aprendido a reconocer y, trágicamente, a amar— autorizaba el desvío de fondos para silenciar a inspectores gubernamentales y manipular informes de salud.
No era una falta administrativa que pudiera resolverse con una multa o una disculpa pública. Era un delito federal. Cohecho, obstrucción a la justicia y fraude.
Si presentaba esto mañana en el estrado, Sterling Global caería como un gigante herido de muerte. Arthur Sterling iría a prisión, pero Julián... Julián lo perdería todo. Su licencia para ejercer, su libertad y su nombre. Aquel hombre que me había llevado a su hangar secreto para mostrarme sus cicatrices, que había besado mis miedos en la oscuridad de mi apartamento y que apenas ayer se había arrodillado frente a los dibujos de Luci, sería borrado del mapa. Se convertiría en el chivo expiatorio perfecto de una dinastía que devoraba a sus propios hijos.
—¿Qué tienes ahí, Sofi? —la voz de Elena me sobresaltó. Entró con dos cafés humeantes, pero se detuvo en seco al notar mi palidez—. Parece que acabas de ver a un fantasma. O a un demonio.
—He visto el final de la guerra, Elena —susurré, cerrando la carpeta con una lentitud que me dolía físicamente. Mis manos no dejaban de temblar—. Es la victoria total. Todo lo que soñé desde que empecé este caso.
—Entonces, ¿por qué parece que te acaban de dar una sentencia de muerte? —preguntó ella, dejando los cafés y acercándose con preocupación.
—Porque el precio de la paz para el barrio es el hombre que amo —confesé en un hilo de voz, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemarme los párpados.
—¿Qué has dicho? —Elena me miró con los ojos como platos, pero no pude responderle.
—Nada. Necesito aire —tomé la carpeta, mi bolso y salí del despacho casi corriendo.
Conduje bajo la lluvia cegadora, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mi mente era un campo de batalla entre la abogada que exigía justicia y la mujer que quería salvar a Julián de sí mismo. Terminé, casi por instinto, frente al rascacielos de Sterling Global. Subí al ascensor privado usando la tarjeta que él mismo me había dado una noche, diciendo que era "por si el mundo se acababa". Y para mí, el mundo se estaba acabando justo ahora.
Cuando las puertas del ático se abrieron, lo vi. Julián estaba en el balcón, desafiando a la tormenta. Se había quitado la chaqueta y el viento agitaba su camisa blanca, empapada. Al escucharme, se giró. Su rostro, generalmente una máscara de control absoluto, se iluminó con una suavidad que me desgarró el alma.
—He preparado los testimonios de los ingenieros para mañana, Sofía —dijo, acercándose a mí con una sonrisa cansada pero decidida—. Voy a declarar en contra de la junta directiva. Voy a confesar que ignoramos las alertas sistemáticamente. Mi padre me odiará, me desheredará antes de que termine el día, pero el Sector Sur estará a salvo. La reurbanización se detendrá.
—No puedes hacerlo, Julián —saqué la carpeta azul de mi bolso y se la tendí como quien entrega un arma cargada.
Él la tomó, frunciendo el ceño con curiosidad. A medida que pasaba las páginas, su expresión se transformó. Vi cómo la sangre huyó de sus mejillas, cómo su mandíbula se tensaba hasta casi romperse. El hombre poderoso y seguro de sí mismo se desmoronó frente a mis ojos en menos de un minuto.
—¿De dónde has sacado esto? —su voz era un hilo quebrado, apenas un susurro que el viento intentaba llevarse.
—No importa —respondí, acercándome a él, buscando su mirada—. Si presento esto mañana, ganas el caso por goleada, Julián. El juez no tendrá otra opción que dictar sentencia inmediata. Pero vas a la cárcel. Tu padre se aseguró de que tu firma estuviera en cada documento sucio mucho antes de que tú tuvieras conciencia real de lo que estaban haciendo. Te usó como un escudo humano desde el principio. Te preparó para este momento, por si alguien como yo llegaba demasiado lejos.
Julián soltó una risa amarga, seca, una carcajada carente de alegría que se perdió en el abismo del piso ochenta.
—Vaya. El viejo siempre fue un paso por delante de todos nosotros —dejó la carpeta sobre la mesa de cristal con un gesto de resignación—. Bueno... ahí tienes tu victoria, Leona. Es lo que querías cuando entraste en mi despacho la primera vez, ¿no? Justicia total. La destrucción absoluta de los Sterling. Aquí tienes mi cabeza en una bandeja azul.
—¡No quiero tu destrucción! —le grité, rompiendo a llorar finalmente, con la rabia y el dolor desbordados—. He pasado toda mi vida odiando lo que representas, queriendo hundir a un hombre como tú, y ahora que tengo el arma definitiva para hacerlo, solo quiero quemarla. ¡Solo quiero que desaparezca!
Me acerqué a él impulsivamente y lo tomé por el rostro con ambas manos. Su piel estaba fría por la lluvia.
—Huyamos, Julián —le supliqué, mirando sus ojos claros, ahora nublados por la derrota—. Retira tu declaración de mañana. Déjame perder este caso por un tecnicismo, por falta de pruebas contundentes. Tu padre ganará, su imperio seguirá en pie, pero tú estarás a salvo. Podemos irnos a ese hangar, a cualquier parte donde no seas un Sterling y yo no sea "La Leona". Vámonos antes de que el mazo del juez caiga y nos separe para siempre.
Julián me miró con una tristeza infinita, una compasión que me dolió más que su frialdad. Me tomó las manos con delicadeza y las apartó suavemente de su cara, manteniéndolas sujetas entre las suyas.
—¿Me estás pidiendo que traicione a Luci? ¿Que traicione a Pedro y a todas esas familias que conocí ayer? —preguntó con una voz que, a pesar de todo, recuperaba su fuerza—. ¿Me estás pidiendo que vuelva a ser el tiburón que oculta la verdad para salvar su propio pellejo?
—Te estoy pidiendo que vivas —sollocé.
—Sofía... —suspiró él, acercando mi frente a la suya—. Si acepto tu oferta, si huyo y dejo que mi padre gane, el hombre que amas moriría de todas formas. Solo quedaría una cáscara vacía, un Sterling más viviendo en la sombra de una mentira.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo la lluvia nos envolvía. El dilema era insoportable: la justicia por la que había luchado toda mi vida, o el hombre que le había devuelto el sentido a esa misma vida.