Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 17: El Precio de la Verdad.

El viento aullaba en la terraza del piso ochenta, pero el sonido que más me ensordecía era el latido desbocado de Sofía contra mi pecho. La lluvia nos calaba hasta los huesos, convirtiendo su camisa de seda en una segunda piel y haciendo que mis manos, usualmente firmes, resbalaran por su rostro. Mirarla así, desmoronada, ofreciéndome tirar a la basura su carrera, su ética y el trabajo de toda una vida solo para salvarme de la cárcel, me provocó una epifanía dolorosa.
En ese momento, comprendí lo que significaba realmente su amor. Y comprendí, con una claridad lacerante, que ella era la única persona en este mundo que yo no podía comprar. Había pasado meses intentando someterla a mi voluntad: intenté comprar su silencio con donaciones anónimas para su madre, intenté comprar su ambición con ofertas millonarias en galas de etiqueta, e incluso intenté comprar su corazón con cenas de lujo y gestos de poder. Pero allí estaba ella, la mujer que había jurado destruir a los Sterling, dispuesta a sacrificar su mayor anhelo —la justicia para su padre y para las familias del barrio— por mi libertad.
Su integridad era tan pura, tan absurdamente noble, que me hacía sentir pequeño. Me hacía sentir como el heredero vacío que siempre temí ser.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, Sofía? —le pregunté, apartando un mechón de cabello mojado de sus ojos con una ternura que me quemaba las yemas de los dedos—. Estás ofreciendo traicionar a Luci, a Pedro, a todas esas familias que dependen de ti... por mí. Por un Sterling que te mintió, que te manipuló y que te usó como un tablero de ajedrez desde el primer día que pisaste esta oficina.
—No eres ese Sterling, Julián —respondió ella entre sollozos, apretando mis manos contra sus mejillas—. No el hombre que vi ayer en el barrio. No el hombre que me miró en el hangar. Ese Julián merece una oportunidad, y no voy a dejar que mi padre o el tuyo lo entierren vivo.
—Lo soy —respondí con una firmeza que me nació de lo más profundo—. Soy el hombre que firmó esos documentos, Sofía. Y por eso mismo, no voy a dejar que te ensucies las manos tratando de rescatar a alguien que debe rendir cuentas.
Me separé de ella y caminé hacia el interior del despacho. Mis zapatos dejaban huellas de agua sobre la alfombra persa, el rastro de un hombre que ya no pertenecía a este lujo. Tomé la carpeta azul que ella me había entregado —mi sentencia de muerte legal— y me dirigí a la trituradora de papel que zumbaba en una esquina, un tótem de secretos destruidos que hoy reclamaría el más importante.
—¡No! —Sofía soltó un grito ahogado y corrió hacia mí, intentando arrebatarme los folios—. ¡Es tu única defensa si mi padre decide atacarte! Si Arthur te lanza a los lobos, esos papeles son lo único que demuestra que él fue el cerebro detrás de todo.
—No es mi defensa, Sofía. Es mi condena —la miré a los ojos mientras deslizaba la primera hoja en la ranura de acero. El sonido del papel siendo triturado fue el funeral de mi antigua vida, el réquiem de Julián Sterling, el tiburón de la zona financiera—. Escúchame bien. Si tú no presentas esa prueba mañana, lo haré yo.
Ella se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos y las manos suspendidas en el aire.
—¿Qué estás diciendo? —susurró.
—Mañana voy a subir al estrado y voy a entregar los registros originales que guardo en mi caja fuerte privada —sentencié—. Los que demuestran que mi padre me obligó a firmar bajo coacción, sí, pero que también confirman que yo ejecuté las órdenes. Voy a confesar cada desvío, cada soborno y cada informe manipulado.
—Él negará todo, Julián —dijo ella, acercándose de nuevo, con la voz temblorosa—. Dirá que lo fabricaste tú para salvarte, dirá que eres un hijo resentido. Te destruirá antes de que termines de hablar.
—Lo sé. Conozco a Arthur mejor que nadie. Pero hay algo que él no previó —la tomé de los hombros, obligándola a sostener mi mirada—. Tú estarás ahí para interrogarme. Y sé que no tendrás piedad. Porque eres la Leona, Sofía. Y la mujer que yo amo no deja que un criminal camine libre, aunque ese criminal duerma en su cama o comparta sus secretos.
Me acerqué a ella y la estreché contra mi pecho con una fuerza desesperada. Sentí su llanto empapar de nuevo mi camisa, un calor húmedo que atravesaba la tela. Por primera vez en mi vida, no tenía un plan B. No había una salida legal elegante, ni un acuerdo bajo la mesa, ni un favor que cobrar. Solo había la verdad: cruda, destructiva y, finalmente, liberadora.
—¿Por qué? —sollozó ella contra mi hombro—. ¿Por qué ahora, cuando por fin podíamos estar juntos?
—Porque me di cuenta de que no puedo comprarte, Sofía —susurré en su oído, sintiendo el aroma de su perfume mezclado con el ozono de la tormenta—. Y si no puedo comprarte, la única forma de estar a tu altura es ser tan íntegro como tú. Aunque eso signifique que mi apellido termine en el fango y yo termine tras las rejas. No quiero que me salves, quiero que me hagas justicia.
Nos quedamos así, abrazados en la cima de un imperio que estaba a punto de colapsar, como dos sobrevivientes de un naufragio que deciden hundirse con el barco antes que dejar que el capitán escape. Mañana sería el fin de Sterling Global. Mañana, el mundo vería a un hijo traicionar a su padre y a un abogado de élite destruir su propia carrera por un ideal que antes le parecía una debilidad.
Sofía se separó lentamente. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y me miró con una determinación que me dio escalofríos. Sus ojos castaños ya no tenían rastro de la vulnerabilidad de hace unos minutos. La abogada implacable había regresado, pero esta vez, el fuego en su mirada era por mí, no contra mí.
—Mañana en el estrado, Julián —dijo con una voz que no vaciló—, no voy a ser tu amante. No voy a ser la mujer que te buscó en el hangar. Voy a ser la fiscal de tu conciencia. Te voy a arrinconar hasta que no quede una sola mentira en tu cuerpo. Te voy a exigir la verdad hasta que duela.
Esbocé una sonrisa triste, sintiendo un extraño orgullo.
—No esperaría menos, Leona. Hazlo. Haz que valga la pena.
—Nos vemos en el infierno, Sterling —dijo ella, dándome un último beso que sabía a despedida, a lluvia y a una promesa inquebrantable.
—No —respondí mientras la veía caminar hacia el ascensor—. Nos vemos en la justicia.
Cuando la puerta se cerró y me quedé solo en la inmensidad del ático, me serví el último whisky de mi carrera. Me acerqué al ventanal y miré hacia el Sector Sur. A lo lejos, las luces pequeñas y humildes del barrio parpadeaban como estrellas terrestres. Luci, Pedro, las familias... todos ellos estaban durmiendo sin saber que mañana el mundo tal como lo conocían iba a cambiar para siempre.
Por fin, después de treinta y cinco años viviendo bajo las sombras de mi padre, el cielo ya no me parecía tan gris. La tormenta seguía arreciando, pero yo, por primera vez, me sentía en calma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.