El aire en la sala de justicia estaba viciado, cargado con el perfume rancio de los abogados de élite y el murmullo incesante de la prensa. Pero para mí, el mundo se había reducido a un solo punto: el estrado donde Julián Sterling estaba sentado, jurando decir la verdad con una calma que me resultaba aterradora.
Arthur Sterling estaba sentado en la primera fila de la defensa, con las manos cruzadas sobre su bastón de plata. Sus ojos, dos trozos de obsidiana, estaban clavados en su hijo. Era la imagen del poder absoluto esperando la sumisión del heredero. Pero Julián no lo miraba a él. Me miraba a mí.
—Señorita Burguener —dijo el juez, rompiendo el silencio—, puede proceder con el interrogatorio del testigo.
Me puse de pie. Mis piernas se sentían como de plomo, pero mi voz, cuando salió, fue el rugido que el barrio necesitaba.
—Señor Sterling —comencé, caminando hacia él—, ayer usted solicitó comparecer de manera voluntaria. ¿Es consciente de que sus declaraciones de hoy podrían acarrear consecuencias penales inmediatas para su persona?
—Soy plenamente consciente, abogada —respondió Julián. Su voz era firme, resonando en cada rincón de la sala.
—Bien. Hablemos de la firma de abogados "fantasma" que gestionó los fondos del Sector Sur. ¿Quién autorizó el primer pago para silenciar los informes de toxicidad en el acuífero?
Julián respiró hondo. En la primera fila, vi a Arthur tensarse, un leve movimiento de mandíbula que solo alguien que lo odiara notaría.
—Yo lo hice —dijo Julián. Un jadeo colectivo recorrió la sala—. Yo firmé las órdenes de pago. Yo autoricé que se desviaran fondos de la partida de infraestructura para "comprar" el silencio de los inspectores.
—¡Miente! —el grito de Arthur Sterling restalló como un látigo. Se puso de pie, ignorando el mazo del juez—. ¡Su Señoría, mi hijo ha sufrido un colapso nervioso! ¡Estas declaraciones son producto de la coacción de esta mujer!
—¡Siéntese, señor Sterling! —ordenó el juez golpeando el mazo con furia—. ¡Un arrebato más y lo haré desalojar!
Julián ni siquiera se inmutó por el estallido de su padre. Mantuvo la vista fija en la mía, una conexión eléctrica que me daba la fuerza para seguir adelante con la ejecución.
—Señor Sterling —continué, acercándome al estrado hasta que pude ver las pequeñas motas doradas en sus ojos—, usted dice que usted lo hizo. Pero en mi mano tengo los registros originales que usted mismo entregó a este tribunal esta mañana. Registros que demuestran que cada una de esas firmas fue precedida por una amenaza directa de despido y desheredación por parte del presidente del holding. ¿Quién es el presidente del holding, Julián?
Julián dudó por primera vez. Miró a su padre, y por un segundo vi al niño asustado que creció en esa jaula de oro. Pero luego, su mirada regresó a mí, y vi al hombre que me había besado bajo la lluvia.
—Arthur Sterling —respondió finalmente.
—¿Y qué instrucciones le dio Arthur Sterling respecto a los habitantes del Sector Sur? —mi voz subió de tono, convirtiéndose en el eco de Luci y de Pedro.
—Dijo que eran "daños aceptables" —confesó Julián, y su voz tembló de indignación—. Dijo que el progreso de la dinastía no podía detenerse por la salud de unos cuantos ciudadanos que, en sus palabras, "no aportaban nada al Producto Bruto Interno".
—¡Eres un traidor! —Arthur volvió a gritar, esta vez tratando de abalanzarse hacia el estrado, siendo contenido por sus propios guardaespaldas—. ¡Te di todo! ¡Te hice un dios y me devuelves esto por una mujer de clase baja!
—Me diste un imperio construido sobre cadáveres, padre —dijo Julián, poniéndose de pie en el estrado para enfrentar al anciano—. Y Sofía no me dio nada, excepto la oportunidad de volver a ser un hombre con conciencia. Prefiero ser un traidor a tu nombre que un cómplice de tus crímenes.
La sala era un caos. Los fotógrafos disparaban sus flashes como ametralladoras. El juez golpeaba el mazo pidiendo orden, pero la justicia ya se había desatado.
—Señoría —dije, elevando mi voz por encima del estrépito—, basándome en el testimonio y en las pruebas documentales aportadas por el testigo, solicito la detención inmediata de Arthur Sterling por fraude procesal, cohecho y crímenes contra la salud pública. Y solicito que se mantenga a Julián Sterling bajo custodia hasta que se determine su grado de responsabilidad.
Julián bajó del estrado. Mientras los oficiales de justicia se acercaban a Arthur para esposarlo, Julián se detuvo frente a mí. El mundo a nuestro alrededor era un torbellino de gritos y flashes, pero para nosotros, el tiempo se detuvo.
—Lo hiciste, Leona —susurró él, con una sonrisa triste—. Los pusiste de rodillas.
—Nos pusimos de rodillas, Julián —respondí, sintiendo que las lágrimas finalmente ganaban la batalla—. Porque tú también vas a pagar por esto.
—Lo sé —él tomó mi mano por un breve segundo, un roce prohibido antes de que los oficiales llegaran hasta él—. Pero por primera vez en mi vida, me siento libre. Haz que el barrio gane, Sofía. No dejes que mi sacrificio sea en vano.
—Te sacaré de allí, Julián —le juré, apretando sus dedos—. Te lo juro por mi vida.
—No me saques de la cárcel, Sofía —dijo él mientras le ponían las esposas—. Sácame de la sombra de mi padre. Eso es lo único que importa.
Vi cómo se lo llevaban, con la cabeza alta, mientras Arthur Sterling era arrastrado fuera de la sala entre insultos y maldiciones. Me quedé sola en medio del tribunal, rodeada de expedientes y de una victoria que sabía a cenizas y a gloria.
Había ganado el caso. Había salvado al barrio. Había destruido a la dinastía más poderosa de la ciudad. Pero al mirar el lugar vacío donde Julián había estado sentado, supe que la verdadera batalla apenas comenzaba. La leona había cazado al tiburón, pero ahora tendría que luchar contra el mundo entero para traerlo de vuelta a casa.
—Se cierra la sesión —anunció el juez.
Cerré mi carpeta azul. Mis manos ya no temblaban. Tenía un barrio que reconstruir y un hombre que rescatar del infierno que yo misma había ayudado a encender.