Las paredes de la sala de visitas de la prisión federal eran de un gris industrial, un color que solía horrorizarme pero que ahora, tras dos semanas de encierro, me resultaba extrañamente honesto. Llevaba el uniforme naranja con la misma dignidad con la que vestía mis trajes de Savile Row, aunque el peso de las esposas me recordaba que la impunidad de los Sterling había muerto con el mazo del juez y el valor de la mujer que ahora cruzaba la puerta.
Sofía entró primero. Su mirada castaña me recorrió con una mezcla de orgullo y una ternura que me quemaba a través del cristal. Pero no venía sola. Detrás de ella, por primera vez en años, aparecieron los tres hombres que compartían mi sangre y que habían pasado media vida huyendo del veneno de nuestro padre.
—Vaya —dije, con una sonrisa ladeada que ocultaba el nudo en mi garganta—. Parece una reunión del consejo escolar... o un exorcismo. ¿Quién ha traído el orden del día?
—Déjate de bromas, Julián —Mateo dio un paso adelante. Vestía su uniforme de policía, con la placa brillando bajo las luces fluorescentes. Él siempre fue el encargado de limpiar lo que nosotros ensuciábamos, pero hoy su mirada era distinta—. El imperio de Arthur ha muerto. El viejo está en el ala médica, gritándole a las paredes sobre conspiraciones y herencias perdidas. Pero nosotros... nosotros no nos vamos a hundir con él.
Sebastián, el doctor, se cruzó de brazos. Su rostro, acostumbrado a las guardias eternas en emergencias para evitar las cenas familiares, estaba tenso pero sereno.
—He revisado los fondos del fideicomiso médico de la empresa, Julián —comentó Sebastián—. Papá estaba usando el seguro de los empleados para lavar dinero de las farmacéuticas. Lo hemos detenido. He puesto a disposición de la fiscalía toda la red de hospitales que él controlaba.
—Y yo he pasado la noche rezando, pero también revisando los libros de las fundaciones benéficas —intervino Gabriel. El alzacuello de sacerdote parecía apretarle más de lo normal, pero su voz era una roca—. Arthur usaba la iglesia para desviar activos del Sector Sur. He entregado las pruebas al obispado. La redención de los Sterling no va a ser barata, hermano, pero ha comenzado.
Me quedé en silencio, procesando la imagen. Mateo, el policía que ahora arrestaría a los cómplices de nuestro padre; Sebastián, el doctor que sanaría las heridas físicas del barrio; y Gabriel, el sacerdote que buscaría el perdón para un apellido manchado de petróleo y arsénico.
—¿Y qué sigue? —pregunté, mirando a Sofía—. Arthur no dejará que el holding se disuelva sin pelear.
Sofía se acercó a la mesa y apoyó sus manos sobre el metal frío.
—Sterling Global ya no existe, Julián. Hemos solicitado la quiebra técnica y la liquidación de activos. Pero sobre sus cenizas, ha nacido algo nuevo. "Fénix Desarrollo Humano".
—¿Fénix? —pregunté con una ceja levantada.
—Idea de Mateo —dijo Sebastián con una pequeña sonrisa—. Dice que ya es hora de que algo bueno surja de los escombros que dejó el viejo.
—Es una empresa de gestión de servicios públicos y reconstrucción —explicó Sofía con esa chispa profesional que tanto me fascinaba—. El primer proyecto es la reconstrucción total del Sector Sur. Pero aquí está el trato, Julián: Gabriel supervisará la transparencia de los fondos, Sebastián coordinará las clínicas gratuitas, y Mateo se encargará de que ninguna excavadora toque un hogar sin permiso legal.
—¿Y yo? —pregunté, sintiendo el peso de mi uniforme naranja—. Soy un convicto, o lo seré pronto.
—He llegado a un acuerdo con el juez —dijo Sofía, y su voz bajó de tono, volviéndose íntima—. Tu confesión y la entrega de los registros originales de Arthur han sido claves. Cumplirás seis meses aquí, y luego arresto domiciliario con trabajos comunitarios. Serás el consultor técnico de Fénix. Nadie conoce los entresijos de la construcción y las finanzas mejor que tú. Pero...
—Pero estaré bajo tu vigilancia —completé con una sonrisa.
—Bajo mi estricta supervisión como Directora de Ética y Cumplimiento —sentenció ella, aunque sus ojos brillaban con amor—. Ningún contrato se firma sin mi sello. No más sombras, Julián.
Mateo se acercó al cristal y dio un golpe suave con los nudillos.
—Te sacaremos de aquí en seis meses, hermano. Por primera vez, los cuatro estamos del mismo lado. El viejo pensó que nos dividía para controlarnos, pero al intentar destruirte a ti, nos dio el motivo para unirnos.
—Gracias —susurré, y la palabra se sintió más pesada que cualquier lingote de oro—. Gracias por no dejarme solo en esto.
—Somos Sterling, Julián —dijo Gabriel con voz profunda—. Pero de los que construyen, no de los que destruyen. Nos vemos en la próxima visita.
Mis tres hermanos salieron de la sala con un paso decidido, una unidad que Arthur Sterling nunca pudo imaginar. Me quedé solo con Sofía, el silencio de la prisión volviéndose casi poético.
—Lo has logrado, Leona —le dije, pegando mi frente al cristal—. Has convertido a una manada de lobos en un equipo de reconstrucción.
—Yo solo encendí la cerilla, Julián —ella pegó su palma a la superficie fría, justo donde estaba mi corazón—. Ustedes tenían la madera para el cambio. Solo necesitaban que alguien dejara de tenerles miedo.
—Seis meses —murmuré—. Seis meses para salir y demostrarte que puedo ser el hombre que soñaste en el hangar.
—Te estaré esperando en la puerta —prometió ella con una lágrima resbalando por su mejilla—. Y Julián... Luci te envió esto con Mateo.
Sofía sacó un papel doblado. Era un dibujo nuevo. Ya no había nubes grises ni cielos de plomo. Había un sol amarillo brillante, cuatro figuras de hombres y una mujer de cabello rizado frente a una casa con ventanas abiertas.
—El cielo ya no es gris, Julián —susurró ella.
—No —respondí, sintiendo que por fin podía respirar—. Por primera vez, el cielo es azul.
Ella me lanzó un beso y salió de la sala. Me quedé solo en mi celda, pero mientras miraba el dibujo de Luci, supe que Arthur Sterling había perdido la guerra final. El fénix había desplegado las alas, y esta vez, sus cimientos eran de verdad, justicia y el amor de una leona que nunca se rindió.