Seis meses pueden parecer un parpadeo en la escala de una vida, pero cuando los pasas contando cada segundo frente al calendario, se sienten como una eternidad tallada en piedra. Hoy, el aire de la mañana tenía un matiz distinto; la humedad de la ciudad ya no olía a estancamiento, sino a tierra mojada tras la tormenta.
Me detuve frente a las pesadas puertas de hierro de la prisión federal, ajustándome el abrigo. A mi lado, tres figuras imponentes formaban una barrera de contención contra los pocos periodistas que habían logrado rastrear la noticia. Los hermanos Sterling estaban allí, y verlos juntos era presenciar un milagro que la justicia no había podido dictar, pero que el sacrificio de Julián había hecho posible.
—¿Estás nerviosa, Sofía? —preguntó Gabriel, el sacerdote, ajustándose el cuello de su camisa negra. Su rostro, antes marcado por la angustia de los secretos familiares, ahora irradiaba una paz contagiosa.
—Estoy... expectante, Gabriel —respondí, intentando controlar el temblor de mis manos—. Una cosa es hablar con él a través de un cristal y otra es tenerlo de vuelta en el mundo real. ¿Crees que Fénix está listo para él?
—Fénix está listo porque tú pusiste los cimientos —intervino Mateo, el policía, que mantenía su mirada de halcón barriendo el perímetro. Su uniforme estaba impecable, pero sus hombros se veían más ligeros—. Arthur intentó comprar mi silencio durante años, pero hoy, ver a mi hermano salir de aquí es la única paga que necesito.
—Desde el punto de vista médico, su salud es estable —añadió Sebastián, el doctor, con su pragmatismo habitual—, pero el encierro deja cicatrices que no se ven. Va a necesitar tiempo para adaptarse a la luz del sol, en todos los sentidos.
El chirrido metálico de los cerrojos rompió nuestra conversación. Las puertas se abrieron lentamente. El tiempo pareció detenerse.
Julián salió caminando con un paso que, a pesar de todo, conservaba esa elegancia innata que el uniforme de recluso no había podido arrebatarle. Vestía unos vaqueros oscuros y una camisa azul que yo misma le había enviado la semana pasada. Se detuvo en el umbral, cerrando los ojos por un instante y elevando el rostro hacia el cielo nublado, dejando que el aire puro le llenara los pulmones.
Cuando abrió los ojos y me vio, el mundo desapareció. Ya no había prisiones, ni deudas de sangre, ni apellidos malditos. Solo estábamos nosotros.
—Llegas tarde, Sterling —dije, con la voz quebrada por una sonrisa que no cabía en mi rostro.
—Me entretuve devolviendo la llave de mi celda —respondió él, y su voz, ese barítono profundo que me perseguía en sueños, me estremeció hasta los huesos.
Caminó hacia nosotros y lo primero que hizo fue abrazar a sus hermanos. Fue un abrazo breve, de hombres que no están acostumbrados a las demostraciones de afecto, pero cargado de una lealtad que Arthur Sterling nunca pudo comprar. Mateo le dio una palmada en el hombro, Sebastián le estrechó la mano con firmeza y Gabriel le susurró una bendición que lo hizo sonreír.
Finalmente, Julián se detuvo frente a mí. Me miró como si fuera la primera vez que veía el mar, con una mezcla de asombro y devoción.
—Hola, Leona —susurró.
No hubo necesidad de palabras. Me lancé a sus brazos y él me levantó del suelo, enterrando su rostro en mi cuello. Olía a jabón neutro y a libertad. En ese abrazo, sentí que la justicia que tanto había buscado finalmente estaba completa. No era la justicia de las sentencias y las multas; era la justicia de la redención.
—Vamos a casa —le dije, separándome lo justo para mirarlo a los ojos—. Tenemos mucho trabajo. Pedro te espera en el barrio, y Luci ha organizado una fiesta de bienvenida que incluye empanadas y más dibujos de los que puedes colgar en una pared.
—¿Fénix ya tiene oficina? —preguntó él, mientras caminábamos hacia el coche de Mateo.
—En el corazón del Sector Sur, Julián —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos—. En el mismo edificio que tu padre quería demoler. Lo hemos restaurado. Ahora es un centro comunitario y nuestra sede central.
—Justicia poética —murmuró él, apretando mi mano—. ¿Y mi cargo de consultor sigue vacante?
—Depende de tu jefa de ética —intervino Mateo desde el asiento del conductor, guiñándome un ojo por el espejo retrovisor—. Ella es muy estricta con los antecedentes penales.
Julián soltó una carcajada auténtica, la primera que escuchaba en libertad. Se volvió hacia mí, y su mirada volvió a ser la del tiburón, pero esta vez, un tiburón que nadaba a favor de la corriente.
—Prometo portarme bien, jefa —dijo, acercando su rostro al mío—. Pero te advierto que mis métodos de negociación no han cambiado del todo. Sigo siendo un Sterling cuando quiero algo.
—¿Y qué es lo que quieres ahora, Julián? —pregunté, sintiendo que el corazón me latía con fuerza.
—Todo —respondió él, justo antes de besarme con una intensidad que selló nuestra tregua definitiva—. Quiero el barrio, quiero el perdón de mis hermanos y, sobre todo, quiero despertarme cada mañana sabiendo que tú estás al otro lado de la cama, recordándome quién soy realmente.
Mientras el coche se alejaba de la prisión y nos adentrábamos en el tráfico de la ciudad, miré por la ventana. El cielo, tal como Luci lo había predicho en su dibujo, estaba empezando a abrirse. Un rayo de sol atravesó las nubes grises, iluminando el camino hacia el Sector Sur.
La guerra había terminado. El imperio de Arthur era solo un montón de escombros en la memoria de la ciudad, pero lo que nosotros estábamos construyendo —una familia unida por la verdad y un amor forjado en el estrado— era algo que ningún mazo de juez podría destruir jamás.
—Bienvenido a la vida real, Julián —susurré, apoyando mi cabeza en su hombro.
—Es mucho mejor de lo que recordaba —respondió él, mientras el fénix empezaba, finalmente, a volar.