El sol del mediodía golpeaba el asfalto del Sector Sur con una intensidad que no recordaba. Estar fuera de los muros grises de la prisión se sentía, a ratos, como caminar sobre una cuerda floja; el aire era demasiado vasto, los ruidos demasiado brillantes. Pero allí estaba nuestra nueva sede: un antiguo edificio de ladrillo restaurado, donde antes se escondía el miedo y ahora se alzaba el logo de "Fénix".
Estaba revisando los planos de la nueva red hidráulica cuando la puerta de mi despacho se abrió de golpe. No fue Sofía con su habitual elegancia, ni Mateo con su paso de policía. Eran dos hombres que exudaban el aroma a cuero caro y a corrupción institucionalizada que yo conocía tan bien: Ricardo Valles y el senador Ospina. Antiguos aliados de mi padre.
—Julián, qué alegría verte de vuelta en el ruedo —dijo Valles, extendiendo una mano que no tomé—. El uniforme naranja te ha dejado un poco más delgado, pero veo que el instinto sigue ahí.
—Valles. Senador —respondí, dejando los planos sobre la mesa y poniéndome de pie. Mi sombra se proyectó sobre ellos, más larga y pesada de lo que solía ser—. No recuerdo haber agendado una reunión con los restos del naufragio de mi padre.
—No seas dramático, muchacho —el senador Ospina se sentó sin invitación, apoyando su maletín de piel sobre mi escritorio—. Hemos venido a hablar de negocios. Este proyecto del "Fénix" es ambicioso, pero le falta algo esencial: capital de expansión y... protección política.
—Ya tenemos capital limpio y la protección de la ley —dije, mirando a Mateo, que acababa de entrar y se apoyaba contra el marco de la puerta, con la mano cerca de su placa—. ¿Qué es lo que realmente quieren?
—Queremos que dejes de jugar a ser el buen samaritano —siseó Valles, acercándose a mí—. Tenemos contratos firmados con Arthur para la zona norte del Sector Sur. Terrenos que tu nueva empresa está reclamando para "parques". Queremos que nos cedas esos derechos, o haremos que esta bonita oficina se convierta en cenizas legales antes de que termine el mes.
En ese momento, Sofía entró en la sala. Llevaba una carpeta azul bajo el brazo y esa mirada de leona que siempre me recordaba por qué estaba dispuesto a ir a la guerra por ella.
—Señores, creo que se han equivocado de edificio —dijo Sofía, su voz resonando con una autoridad que hizo que Ospina se removiera en su asiento—. Yo soy la Directora de Ética y Cumplimiento de esta firma. Y según mis registros, sus contratos fueron anulados por fraude procesal hace exactamente cuatro meses.
—¡Usted no es más que una abogada de barrio que tuvo suerte en un estrado! —espetó Ospina, poniéndose de pie—. Julián, razona. Con nosotros, los Sterling volverán a ser lo que fueron. Sin nosotros, solo eres un convicto con un sueño que no puede pagar.
Me acerqué al senador, invadiendo su espacio personal. Sentí el pulso acelerado en mi cuello, pero no era miedo, era una furia fría y controlada.
—Ese es tu error, senador —dije en un susurro gélido—. Yo ya no quiero ser lo que los Sterling fueron. He pasado seis meses en una celda de tres por tres pensando en cada niño de este barrio que enfermó por culpa de esos contratos. Si creen que pueden venir aquí a amenazar mi redención, es que no conocen a mi familia.
—¿Tu familia? —Valles soltó una carcajada burlona—. ¿El cura, el médico y el policía? Son un chiste, Julián.
—Un chiste que tiene los registros bancarios de sus cuentas en las Islas Caimán —intervino Mateo desde la puerta, mostrando una carpeta que le acababa de entregar Gabriel, quien aparecía detrás de él con su calma habitual—. Mi hermano el sacerdote tiene amigos muy bien informados en las obras de caridad internacionales. Y mi hermano el médico ha certificado que los materiales que ustedes planeaban usar en esos terrenos son cancerígenos.
El silencio que siguió fue denso. La mirada de Ospina saltó de Mateo a Gabriel, y finalmente a mí.
—¿Están dispuestos a destruirnos? —preguntó el senador, su voz perdiendo toda su arrogancia—. Si caemos nosotros, se llevarán a media ciudad por delante.
—Estamos dispuestos a limpiar la ciudad —respondió Sofía, colocándose a mi lado—. Tienen diez minutos para salir de este barrio. Si para entonces no han renunciado formalmente a cualquier reclamo sobre el Sector Sur, Mateo ejecutará las órdenes de arresto que Sebastián y yo hemos estado preparando con la fiscalía.
Valles y Ospina recogieron sus cosas con manos temblorosas. Al pasar junto a mí, Valles me miró con odio.
—Arthur tenía razón —masculló—. Eres el error más grande que ha cometido esta familia.
—Dile a mi padre que, por primera vez, estoy de acuerdo con él —respondí mientras los veía salir casi corriendo por el pasillo.
Cuando la puerta principal se cerró, solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Sofía puso su mano sobre mi hombro y sentí que el peso del mundo se aligeraba.
—¿Estás bien? —me preguntó, buscándome los ojos.
—Nunca he estado mejor —respondí, mirando a mis hermanos—. Gracias por estar aquí. El viejo pensaba que el poder era el dinero, pero el poder es esto. Tener a alguien que te cubra la espalda cuando los fantasmas del pasado vienen a cobrar.
—Es el primer asalto, Julián —advirtió Mateo, guardando la carpeta—. Habrá más. Esos tipos no se rinden fácilmente.
—Nosotros tampoco —dijo Gabriel, poniendo una mano sobre el hombro de Mateo—. Dios sabe que ya hemos tenido suficiente oscuridad. Es hora de dejar que la luz haga su trabajo.
Me volví hacia Sofía y la atraje hacia mí, ignorando las miradas divertidas de mis hermanos. En medio de los planos y el polvo de la reconstrucción, ella era mi único norte.
—¿Qué sigue en la agenda, jefa de ética? —le pregunté, besándole la frente.
—Sigue cumplir una promesa —respondió ella con una sonrisa—. Luci nos espera para pintar el mural del centro comunitario. Y Julián... quiere que tú pintes el sol.
Miré por la ventana hacia el barrio que antes quería demoler y que ahora estaba salvando. El fénix no solo había renacido; estaba empezando a cambiar el color del cielo. Y por primera vez en mi vida, no necesitaba un imperio para sentirme un hombre poderoso.