El aire en el Sector Sur ya no pesaba como antes. No era solo la ausencia del humo industrial que Julián había ayudado a disipar con sus nuevas políticas de filtrado; era la energía vibrante de cientos de personas que, por primera vez en décadas, sentían que el suelo que pisaban no era una mercancía en espera de ser demolida, sino un hogar. Estábamos todos congregados frente a la fachada del nuevo centro comunitario, un edificio que antes era un almacén de suministros de Sterling Global y que ahora lucía ventanales amplios y paredes blancas listas para ser contadas.
Luci, con la cara manchada de pintura amarilla y una sonrisa que le iluminaba el alma, se acercó a Julián con una solemnidad casi cómica. Le entregó una brocha gorda, goteante de un dorado intenso.
—Te toca, Julián —dijo la niña, mirándolo con esos ojos que no sabían de pasados oscuros ni de celdas de prisión—. El sol es lo más importante. Si el sol está feo, el dibujo no brilla y la gente no querrá entrar.
Miré a Julián. Estaba sentado en un taburete de madera, despojado de sus trajes italianos de tres piezas, vestido con una camiseta vieja y vaqueros manchados. Sus ojos buscaron los míos, pidiendo una confirmación silenciosa, una especie de permiso para ser feliz. Le asentí con la cabeza, sintiendo un nudo de orgullo en la garganta que apenas me dejaba respirar. Ver al hombre que una vez planificó la destrucción de este barrio trazando los rayos de un sol gigante junto a una niña de seis años era la imagen de la redención absoluta que yo había soñado en las noches de insomnio.
Mientras Julián comenzaba a pintar con una concentración casi mística, sus tres hermanos se acercaron a mí. Mateo, Gabriel y Sebastián formaban un semicírculo a mi alrededor, observando la escena con una mezcla de asombro y melancolía. Eran los cuatro Sterling, finalmente reunidos bajo la luz del día, fuera de las sombras de la mansión familiar o de los despachos de abogados.
—Quién lo hubiera dicho —susurró Mateo, ajustándose la placa en el cinturón, con la mirada perdida en los movimientos de su hermano—. El tiburón financiero, el hombre que no daba un paso sin calcular el margen de beneficio, convertido en artista comunitario. Si papá pudiera verlo ahora, tendría un infarto... o mandaría a un equipo de demolición para pintar sobre ese sol.
—Hablando de Arthur... —la voz de Gabriel se volvió sombría, rompiendo el hechizo del momento. Metió la mano en su sotana y extrajo un sobre de papel amarillento, grueso y sellado con el escudo de armas de la familia Sterling, un relieve que todavía me provocaba escalofríos—. Llegó esta mañana a la parroquia. Un mensajero privado lo entregó en mano. Es para los cuatro, pero venía a mi nombre.
La atmósfera cambió en un instante. El sol que Julián estaba pintando pareció perder su calor. Nos alejamos unos metros del grupo de vecinos para tener privacidad, refugiándonos bajo la sombra de un viejo roble. Julián, que poseía un radar instintivo para el peligro, notó nuestro cambio de actitud. Dejó la brocha sobre el bote de pintura y se unió a nosotros, limpiándose las manos en un trapo sucio, su rostro recuperando esa rigidez de acero que creía haber dejado en la celda.
—¿Qué es eso? —preguntó Julián, su mirada endureciéndose al reconocer el sello lacrado—. Arthur no envía cartas de Navidad.
—Una carta de nuestro padre —respondió Sebastián, el doctor, tomando el sobre con la punta de los dedos, como si fuera un espécimen infectado que debiera ser analizado en un laboratorio—. Dice que es su "última voluntad y testamento espiritual". Aunque sabemos que Arthur no tiene espíritu, solo estrategia.
Mateo rompió el sello y desdobló la hoja de papel de alta calidad. La caligrafía de Arthur era impecable, angulosa y cruel. Mateo empezó a leer en voz alta, y por un momento, la voz del patriarca pareció materializarse en el callejón:
"Mis queridos hijos: creen que han ganado porque me han encerrado entre cuatro paredes de hormigón. Creen que el 'Fénix' es su redención, pero no es más que una pira funeraria construida sobre mentiras. He dejado un regalo final para cada uno, para que recuerden quiénes son. Julián, busca en el archivo 'Cenit' de tu antigua caja fuerte privada, la que creíste que nadie más podía abrir. Sofía no es la santa que tú crees, y su padre no fue la víctima inocente que ella te vendió. Mateo, Gabriel, Sebastián... la sangre Sterling no se lava con agua bendita, ni con leyes de barrio, ni con bisturís. Los veré en las ruinas de su esperanza."
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el griterío lejano de los niños jugando. Julián se tensó de tal forma que sus nudillos se pusieron blancos. Su mirada, antes llena de luz, se clavó en la mía con una chispa de duda repentina que me dolió más que cualquier insulto de su padre.
—¿De qué habla, Sofía? —preguntó Julián, su voz volviendo a ese tono bajo y peligroso que usaba en los juicios—. ¿Qué es el archivo 'Cenit'? ¿Y por qué dice que tu padre no fue una víctima?
—No tengo la menor idea de qué es ese archivo, Julián —respondí, sintiendo que el suelo se volvía inestable bajo mis pies—. Mi padre era un operario, un hombre que murió por la negligencia de tu empresa. Arthur solo está intentando dividirnos. Es su movimiento clásico: sembrar la discordia para recuperar el control.
—Arthur es un monstruo, pero nunca miente sobre las debilidades —intervino Sebastián, mirando el sobre con desconfianza—. Si dice que hay algo en ese archivo, es porque dejó una trampa lista para ser activada.
—No voy a permitir que un pedazo de papel amarillento destruya lo que hemos construido con sudor y sangre en estos seis meses —dije, dando un paso adelante, encarando a los cuatro hermanos con toda la fuerza de mi voluntad—. Hemos luchado demasiado. Luci está allí esperando que terminemos ese mural. Julián, mírame. Sabes quién soy.
Él me miró, pero por primera vez en mucho tiempo, había una barrera invisible. El veneno de Arthur era potente; sabía exactamente qué fibra tocar para reabrir las cicatrices de la desconfianza que aún no habían cerrado del todo.
—Tengo que ir a la oficina —dijo Julián, apartándose de mi lado. Sus ojos estaban fijos en un punto distante—. Necesito ver qué hay en ese archivo. Si mi padre tiene algo contra la memoria de tu padre, Sofía... o algo contra ti que no me has contado por miedo a perderme... necesito saberlo ahora, antes de que el sol de ese mural se seque.
—¡Julián, es exactamente lo que él quiere! —exclamé, pero él ya caminaba hacia su coche con esa zancada decidida que no aceptaba réplicas.
Mateo me puso una mano firme en el hombro.
—Iré con él, Sofía. Me aseguraré de que no pierda la cabeza. Gabriel, quédate aquí con ella, que no se sienta sola. Sebastián, vuelve a la clínica, si esto explota, necesitaremos que alguien tenga la cabeza fría. Arthur ha lanzado una granada desde su celda, y tenemos que evitar que nos vuele a todos el corazón.
Me quedé allí, de pie frente al mural a medio terminar. El sol que Julián había empezado a pintar estaba incompleto; una mancha dorada con rayos que parecían dedos pidiendo ayuda, una herida abierta en la pared. Luci se acercó a mí, tirando de mi manga con timidez.
—¿Por qué se fue Julián, Sofía? —preguntó la niña con los ojos empañados—. Prometió que el sol brillaría hoy.
—Se le olvidó una herramienta importante, pequeña —mentí, sintiendo un frío gélido recorriéndome la espalda a pesar del calor—. Pero volverá. Él siempre encuentra el camino de vuelta.
Miré a Gabriel, que había comenzado a rezar en voz baja, y supe que la paz era un cristal muy fino. Arthur Sterling había logrado lo imposible: infiltrarse en nuestro refugio. Mientras veía el coche de Julián desaparecer doblando la esquina, comprendí que la guerra no había terminado en el estrado. Los secretos del padre de Sofía y los pecados originales de los Sterling estaban a punto de colisionar, y esta vez, no habría un juez para salvarnos.