El aire acondicionado de mi oficina en el Sector Sur zumbaba con una monotonía irritante, pero yo solo podía escuchar el eco de la voz de mi padre en mi cabeza. “Sofía no es quien tú crees”. Entré en el despacho con Mateo pisándome los talones. Mis manos, aún manchadas con la pintura dorada del mural, temblaban ligeramente mientras me arrodillaba frente a la caja fuerte oculta tras el panel de caoba.
—Julián, detente un segundo —dijo Mateo, poniéndose frente a mí—. Esto es exactamente lo que el viejo planeó. Quiere que desconfíes de la única persona que te mantuvo cuerdo ahí dentro.
—No se trata de desconfianza, Mateo. Se trata de la verdad —tecleé el código de seguridad, una combinación que no había usado en años—. Si hay algo en este archivo que pueda destruir a Sofía o al Fénix, prefiero ser yo quien lo encuentre y no un fiscal enviado por mi padre.
La pesada puerta de acero cedió con un suspiro hidráulico. En el fondo, solitaria, descansaba una carpeta de cuero negro marcada con un sello dorado: CENIT.
La saqué y la puse sobre el escritorio. Mateo se acercó, su rostro reflejaba la misma tensión que yo sentía en el pecho. Abrí la carpeta. Lo primero que cayó fue una fotografía antigua, granulada. Era el padre de Sofía, Alberto Burguener, pero no vestía su overol de operario. Llevaba un traje gris y estaba estrechando la mano de un Arthur Sterling mucho más joven, frente a los planos originales del Sector Sur.
—¿Qué demonios es esto? —susurró Mateo, tomando la foto—. Sofía dijo que su padre era un simple trabajador que murió por negligencia.
—Sigue leyendo —dije, sintiendo que un frío glacial se extendía por mis venas.
Pasé las páginas. No eran informes de seguridad; eran contratos de consultoría privada. Alberto Burguener no era una víctima colateral del vertido tóxico. Él era el ingeniero jefe que había diseñado el sistema de drenaje original. El sistema que él sabía, por sus propios cálculos firmados en rojo, que fallaría en diez años.
—Él no fue una víctima —dije, y mi voz sonó como si viniera de ultratumba—. Él fue el arquitecto del desastre. Arthur no lo mató por accidente; le pagó una fortuna para que guardara silencio y luego, cuando Alberto se arrepintió y quiso hablar, "ocurrió" el accidente en la planta.
—Julián, mira esto —Mateo señaló un documento al final—. Es un recibo de transferencia bancaria. Una cuenta en Suiza a nombre de la madre de Sofía, abierta un mes antes de la muerte de Alberto. La misma cuenta de la que salió el dinero para pagar su tratamiento todos estos años.
El mundo se inclinó bajo mis pies. La redención que yo creía haber alcanzado se sentía de pronto como una construcción de arena. Sofía, mi Leona, la mujer que me había juzgado por mis pecados, había estado viviendo de la sangre del barrio que juró proteger.
—¿Ella lo sabía? —preguntó Mateo, su voz cargada de una decepción profesional—. Si Sofía sabía que su vida de lujos universitarios y la salud de su madre se pagaron con el silencio de su padre sobre el veneno en el agua...
—¡Ella no es así! —grité, golpeando la mesa, aunque la duda me estaba devorando vivo—. Ella odia a los Sterling con cada fibra de su ser. No puede haberlo sabido.
—O tal vez por eso nos odia tanto —replicó Mateo con amargura—. Porque somos el espejo de su propia culpa.
En ese momento, la puerta se abrió. Sofía entró, jadeando, con los ojos rojos de tanto llorar. Se detuvo en seco al ver la carpeta abierta y la foto de su padre sobre mi escritorio.
—Julián, por favor, dime que no crees lo que sea que ese monstruo escribió —dijo ella, acercándose con las manos extendidas—. Él solo quiere destruirnos.
—¿Tu padre era ingeniero jefe de proyectos especiales de mi padre, Sofía? —le pregunté, mi voz era un látigo de hielo.
Ella se quedó paralizada. Su silencio fue la primera puñalada.
—Él... él me dijo que era supervisor. Nunca mencionó a Arthur directamente.
—¡Mientes! —lancé el contrato sobre la mesa—. Aquí está su firma. Y aquí está el registro de la cuenta en Suiza. La cuenta que pagó tu carrera de leyes y la clínica de tu madre. ¿De dónde creías que salía ese dinero, Sofía? ¿Del seguro de vida de un operario común? ¡Eran millones!
—¡No lo sabía! —gritó ella, cayendo de rodillas frente al escritorio—. Mi madre siempre dijo que era un fondo de inversión que mi padre había dejado. Yo nunca... yo nunca pregunté. Estaba tan desesperada por salvarla que no pregunté.
—Eras la mejor estudiante de tu clase, Sofía —dije, rodeando el escritorio para quedar frente a ella, pero sin tocarla—. Tu especialidad es seguir el rastro del dinero. Me perseguiste a mí por cada centavo, pero no fuiste capaz de mirar tu propia cuenta bancaria.
—¡Julián, te amo! —sollozó, agarrándose de mis piernas—. Todo lo que hice por el barrio, por el Fénix... eso es real.
—Lo que es real es que el Fénix está construido sobre los cimientos de tu padre —sentencié, apartándome de su toque como si me quemara—. Mi padre nos tendió la trampa perfecta. Me hizo creer que tú eras mi salvación, cuando en realidad eras el recordatorio de que nuestra unión es un pecado original. Si esto sale a la luz, el Fénix se acaba. El barrio nos linchará a los dos.
—No dejaré que eso pase —intervino Mateo, tomando la carpeta—. Pero Julián tiene razón, Sofía. Si ocultamos esto, somos iguales a Arthur. Si lo revelamos, todos vamos a la cárcel y el Sector Sur se queda sin nada.
Miré a Sofía. La mujer que yo adoraba parecía ahora una extraña, una cómplice silenciosa de la tragedia que nos había unido. El sol que habíamos empezado a pintar en el mural ya no existía; solo quedaba el gris de la ceniza.
—Vete de aquí, Sofía —dije, dándole la espalda para mirar por la ventana—. No puedo mirarte ahora. No cuando veo la firma de tu padre en el acta de defunción de este barrio.
—Julián, no me hagas esto —suplicó ella, pero escuché sus pasos alejarse, seguidos por el portazo que selló nuestra ruptura.
Me quedé solo con Mateo. El silencio en la oficina era el de un funeral.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó mi hermano.
—Lo que Arthur quería —respondí, sintiendo que el tiburón regresaba a mis entrañas—. Voy a quemar el pasado, Mateo. Aunque eso signifique que tenga que quemarme yo con él.