Veredicto de Ambición. Saga: Dinastía Sterling – Libro 1

Capítulo 25: El Amanecer de un Nuevo Reino.

El Sector Sur ya no era el cementerio de sueños oxidados que conocí al iniciar este viaje. Mientras el coche nos conducía a través de sus avenidas, veía el reflejo de una ciudad que respiraba de nuevo. Los antiguos almacenes grises ahora eran centros culturales con fachadas llenas de arte; donde antes había charcos de residuos químicos, ahora jugaban los niños en parques con sistemas de riego ecológico. La inauguración oficial había sido un éxito rotundo, un triunfo de la ingeniería y la ética sobre la avaricia. Pero Julián y yo habíamos huido de las cámaras en cuanto el protocolo lo permitió. No queríamos un circo mediático para sellar nuestra unión. Queríamos verdad.
La propiedad familiar de los Sterling, una villa de piedra y cristal que antes representaba el aislamiento y el frío poder de Arthur, se sentía distinta esa tarde. Las flores blancas adornaban el jardín y el aire, cargado de jazmín, traía consigo una tregua definitiva.
—¿Estás lista, Sterling-Burguener? —preguntó Julián, tomándome de la mano. Vestía un traje de lino azul oscuro, sin corbata, con el cabello ligeramente alborotado por la brisa. Se veía más joven, más libre, como si los seis meses de prisión hubieran purgado las sombras de su linaje.
—Siempre —respondí, ajustando mi vestido de seda color marfil, sencillo pero impecable—. Pero que quede claro: mi nombre sigue en la puerta del despacho de ética. Ser tu esposa no me quita las garras, Julián.
—No lo esperaría de otra forma, Leona —rió él, besando mis nudillos con una devoción que aún me desarmaba—. No me casaría con nadie que no fuera capaz de ponerme en mi sitio.
Nos dirigimos al altar improvisado bajo el gran roble milenario. Allí nos esperaba Gabriel. Su aura era solemne, casi mística; el alzacuello parecía otorgarle una autoridad que trascendía lo legal. Sus ojos oscuros, sin embargo, guardaban una pizca de melancolía que no lograba descifrar, como si el amor que estaba presenciando le recordara un camino que él mismo se había prohibido transitar.
—Julián, Sofía —comenzó Gabriel con su voz profunda de barítono—. El amor no es solo un sentimiento; es un acto de justicia. Ustedes han demostrado que se puede construir un hogar sobre las ruinas de un imperio.
Llegó el momento de los votos. Julián me tomó las manos y, por un segundo, el tiburón de las finanzas desapareció, dejando ver al hombre que había aprendido a pintar soles en los muros.
—Sofía —empezó él, y su voz vibró con una emoción cruda—. Pasé treinta y cinco años creyendo que el mundo era una partida de ajedrez donde las personas eran piezas y los sentimientos, debilidades. Entonces apareciste tú, con tu furia y tu justicia, y me obligaste a mirar los escombros de mi propia alma. Me enseñaste que el poder no es lo que heredas, sino lo que proteges. Te amo porque no pudiste ser comprada, pero sobre todo, porque me enseñaste que yo tampoco tenía que estar en venta. Prometo ser tu aliado en cada batalla y tu refugio en cada derrota. Mi nombre, mi vida y mi futuro son tuyos.
Sentí que las lágrimas ganaban la batalla en mis ojos. Tomé aire y apreté sus manos con fuerza.
—Julián —dije, sintiendo el calor del sol poniente sobre nosotros—. Te perseguí para destruirte, convencida de que eras la raíz de todo mi dolor. Pero en el camino descubrí que bajo la coraza del heredero, había un hombre con un corazón capaz de sacrificarse por los invisibles. Te amo por el hombre que decidiste ser el día que confesaste tu verdad, sabiendo que podrías perderlo todo. Prometo nunca dejar de ser tu espejo, de exigirte que seas mejor cada día y de recordarte que, pase lo que pase afuera, aquí siempre serás libre. Mi ley, Julián, ahora empieza y termina en ti.
Gabriel cerró su breviario con un suspiro contenido.
—Por el poder que me otorga mi fe y la ley de los hombres, los declaro marido y mujer. Julián, puedes besar a la novia.
El beso fue un sello de fuego. Ya no éramos el abogado y la fiscal; éramos dos guerreros que finalmente habían bajado las armas para abrazar la paz.
El banquete fue íntimo, una mesa larga en el jardín bajo las primeras estrellas. Mateo brindó por la libertad y Gabriel bendijo la mesa, mientras Sebastián se mantenía inusualmente callado, observando su teléfono. Arthur Sterling, sabíamos, languidecía en una celda de alta seguridad; el patriarca era ahora solo un anciano con un nombre vacío, mientras sus hijos reconstruían el mundo.
Sutilmente, un sonido agudo rompió la armonía. El busca de Sebastián, en el cinturón de su traje, comenzó a vibrar con insistencia. El rostro de mi cuñado cambió en un segundo; la calidez del brindis desapareció, siendo reemplazada por la frialdad del cirujano de élite. Se puso de pie antes de que el aparato dejara de sonar.
Sebastián se acercó a nosotros con el rostro tenso, ignorando la copa de champán en su mano.
—Debo irme. Acaban de avisarme de la clínica —dijo, mirando fijamente a Julián.
—¿Es urgente? —preguntó Julián, ajustándose el anillo de bodas que aún brillaba bajo la luz de las velas.
—Sí. Ha aparecido un donante compatible para la paciente que te mencioné —respondió Sebastián, ya revisando las coordenadas en su teléfono.
—¿La del corazón? —pregunté yo, recordando las breves menciones a ese caso crítico.
—Sí. Si no la opero en las próximas tres horas, no pasará de esta noche. Su corazón está demasiado débil para seguir esperando —Sebastián nos lanzó una última mirada, cargada de una determinación que bordeaba lo obsesivo—. Lo siento, Julián. Sofía. Felicidades.
Vimos a Sebastián salir a toda prisa hacia el estacionamiento, dejando en el aire el misterio de esa mujer cuya vida ahora dependía totalmente de su precisión quirúrgica. Mateo y Gabriel intercambiaron una mirada; sabían que para Sebastián, esa cirugía era más que un trabajo.
Me acurruqué contra Julián, mirando cómo el Sector Sur brillaba en la distancia, un faro de esperanza que nosotros habíamos encendido.
—Parece que los Sterling nunca dejan de trabajar por el corazón de esta ciudad —susurré.
—Es nuestro legado, Leona —respondió él, besando mi sien mientras las estrellas nos cubrían—. Pero esta noche, el único corazón que me importa es el que late aquí conmigo.
FIN




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