Vertigo

1. La pieza que faltaba

La reunión había comenzado once minutos tarde, lo cual, para Héctor, ya era una forma de fracaso.

No lo dijo.

No hacía falta.

Permanecía sentado en la cabecera de la mesa, con la espalda recta, las manos unidas sobre una carpeta negra y la expresión contenida de quien había aprendido a no desperdiciar energía corrigiendo en voz alta todo lo que le molestaba.

A su alrededor, doce personas acomodaban computadoras, pedían café, revisaban mensajes y fingían que el retraso no tenía importancia.

Para Héctor sí la tenía.

Todo tenía importancia.

La puntualidad, el orden de las diapositivas, el tono con el que alguien defendía una cifra, el silencio que aparecía después de una pregunta difícil. En los últimos años había entendido que las empresas no solían quebrarse por un gran error, sino por la acumulación de pequeñas concesiones que nadie consideraba suficientemente graves.

Once minutos de retraso.

Una proyección mal calculada.

Un cliente atendido tarde.

Un plazo que se ampliaba porque alguien no había querido incomodar a otra persona.

Así empezaban las derrotas.

—Bien —dijo al fin, cuando la puerta se cerró—. Ya estamos todos.

No era cierto.

Faltaba alguien de finanzas, pero nadie lo señaló.

La sala de juntas ocupaba el último piso del edificio principal de Altavia Desarrollo Corporativo, una empresa que había crecido con rapidez durante los últimos nueve años y que ahora se encontraba en ese punto incómodo en el que el tamaño comenzaba a estorbarle.

Durante mucho tiempo, Altavia había funcionado gracias al instinto de sus directivos, a relaciones bien cultivadas y a la capacidad de reaccionar antes que la competencia. Pero ya no bastaba con reaccionar. Héctor lo sabía mejor que nadie.

Quería convertir la empresa en algo más grande.

No solo más rentable.

Más influyente.

Llevaba casi dos años construyendo un plan de expansión que nadie terminaba de comprender completo. Había logrado convencer al consejo de invertir en nuevas unidades, modernizar los procesos internos y explorar dos mercados que hasta entonces parecían demasiado riesgosos. Sin embargo, cada avance tenía el mismo problema: las áreas trabajaban como territorios separados.

Ventas prometía lo que operaciones no podía cumplir.

Operaciones culpaba a logística.

Logística esperaba autorizaciones de finanzas.

Finanzas pedía reportes que llegaban incompletos.

Y comunicación se limitaba a explicar, con palabras elegantes, por qué los resultados no habían sido los esperados.

Héctor estaba cansado de explicaciones.

Quería movimiento.

—El objetivo de esta reunión es revisar la estrategia de crecimiento para el siguiente semestre —dijo, mientras la primera diapositiva aparecía en la pantalla—. No quiero una repetición de los informes que ya leí. Quiero soluciones.

Algunos bajaron la mirada.

Otros abrieron documentos que no pensaban usar.

Marina Salgado estaba sentada casi al final de la mesa.

No era la primera vez que entraba en aquella sala, pero sí la primera en que había sido convocada a una reunión del comité ampliado. Su cargo no la colocaba entre los nombres más importantes de la empresa. Al menos no todavía.

Había llegado ocho minutos antes, con una libreta, una pluma negra y una taza de café que dejó enfriarse sin probarla. Su cabello chino, largo y abundante, estaba sujeto a medias en la parte posterior, aunque varios mechones ya se habían escapado y caían sobre sus hombros.

No parecía nerviosa.

Tampoco impresionada.

Observaba.

Era algo que Héctor notó apenas después de iniciar la reunión.

Mientras los demás revisaban las diapositivas como si esperaran encontrar en ellas una respuesta, Marina miraba a las personas. Seguía las interrupciones, los cambios de postura, las miradas que se cruzaban entre quienes compartían una responsabilidad y no querían admitirlo.

Héctor no sabía demasiado de ella.

Recordaba haber leído su nombre en dos reportes. También sabía que había sido recomendada para participar en el comité por Laura Méndez, directora de planeación, una mujer cuyo criterio él respetaba incluso cuando no coincidía con sus conclusiones.

Marina pertenecía al área de estrategia comercial, aunque su trabajo se había extendido durante los últimos meses a proyectos internos que, en teoría, no le correspondían.

Eso le gustaba.

Las personas más útiles casi nunca respetaban del todo los límites de su puesto.

—El mercado del norte sigue siendo la oportunidad más clara —explicaba en ese momento Esteban Robles, director comercial—. Tenemos la infraestructura, los contactos y una marca que ya empieza a ser reconocida. Lo que necesitamos es ampliar la fuerza de ventas.

—¿Cuánto? —preguntó Héctor.

—Por lo menos treinta por ciento.

—¿Y cuánto crecerían los ingresos?

Esteban cambió de diapositiva.

—Con una proyección conservadora, entre doce y quince por ciento.

Héctor sostuvo la mirada sobre él.

—Quieres aumentar treinta por ciento el costo del equipo para crecer quince.

—En una primera etapa.

—¿Cuánto dura la primera etapa?

—De nueve a doce meses.

—Eso no es una estrategia de crecimiento. Es una apuesta costosa para comprar presencia.

Esteban apretó los labios.

—La presencia se construye.

—Con resultados.

El silencio duró apenas unos segundos.

No era la primera vez que Héctor desarmaba una propuesta frente a todos. Tampoco lo hacía por crueldad. No disfrutaba humillar a nadie. Simplemente no veía utilidad en proteger una idea débil.

La siguiente presentación fue de operaciones.

Luego finanzas.

Después comunicación.

Todos parecían tener un fragmento razonable de la respuesta, pero ninguno conseguía unirlo con el resto.

Marina escribió una frase en su libreta.




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