Vertigo

2. Una misma dirección

A las siete con cincuenta y tres de la mañana, Héctor recibió el primer correo de Marina.

No a las ocho.

Siete minutos antes.

El asunto decía únicamente:

Estructura inicial. Proyecto Norte.

El archivo adjunto tenía nueve páginas.

Héctor lo abrió desde el teléfono mientras terminaba de anudarse la corbata frente al espejo de su habitación. Había esperado un esquema preliminar, quizá una presentación con los objetivos generales y una propuesta de integrantes. Marina había preparado algo distinto.

En la primera página había escrito:

El proyecto no debe funcionar como una extensión de las áreas actuales. Debe funcionar como una empresa pequeña dentro de la empresa: un solo objetivo, decisiones rápidas y responsabilidades imposibles de confundir.

Héctor dejó de ajustar el nudo.

Siguió leyendo.

Marina había dividido el piloto en seis semanas, cada una con una meta específica. La primera estaría dedicada a seleccionar las cuentas potenciales. La segunda, a detectar necesidades. La tercera, a diseñar una oferta mínima. La cuarta, a ponerla frente a clientes reales. La quinta, a ajustar los errores. La sexta, a decidir si el modelo podía repetirse.

También había propuesto un equipo de siete personas.

No siete puestos.

Siete nombres.

Al lado de cada uno explicaba por qué lo había elegido, qué podía aportar y, en dos casos, cuál era el principal riesgo de incluirlo.

Héctor se detuvo en el nombre de Esteban Robles.

Fortaleza: conocimiento comercial, relaciones y capacidad para cerrar acuerdos.

Riesgo: tendencia a interpretar cualquier conversación como una oportunidad de venta antes de comprender el problema del cliente.

Debajo, Marina había agregado:

Necesario en el equipo, siempre que no lidere la etapa de diagnóstico.

Héctor sonrió.

No porque la observación fuera graciosa.

Porque era exacta.

Continuó leyendo mientras salía de la habitación. En la cocina, su esposa ya estaba preparando el desayuno de los niños. El menor lloraba porque no quería sentarse en su silla y el mayor intentaba meter un trozo de fruta dentro de un vaso con agua.

—Buenos días —dijo Héctor, acercándose a besar a su esposa en la frente.

—Buenos días. ¿Ya estás trabajando?

Él miró el teléfono.

—Me mandaron una propuesta.

—¿A esta hora?

—Yo la pedí a las ocho.

Ella observó el reloj de la cocina.

—Todavía no son las ocho.

—Por eso la estoy leyendo.

Su esposa negó con la cabeza, divertida.

—Algún día vas a encontrar a alguien tan obsesionado con el trabajo como tú y la empresa va a volverse insoportable.

Héctor dejó el teléfono sobre la barra para cargar al niño que seguía protestando.

—Espero que sí.

No pensó demasiado en la frase.

Tampoco podía saber que, en algún otro punto de la ciudad, Marina llevaba despierta desde antes de las cinco y media.

Había preparado el desayuno, revisado una mochila, elegido ropa para sus hijos, confirmado una cita médica, respondido dos mensajes de la escuela y discutido con su esposo porque ninguno recordaba quién se había comprometido a recoger a los niños aquella tarde.

Después se había encerrado quince minutos en el pequeño estudio de su casa para releer el documento.

Lo había terminado cerca de la una de la mañana.

A las siete cuarenta y cinco corrigió una palabra.

A las siete cincuenta y tres decidió que ya no iba a mejorarlo.

Marina no creía en los documentos perfectos.

Creía en los documentos suficientemente claros para obligar a todos a empezar.

A las ocho con doce, mientras detenía el automóvil frente a un semáforo, recibió la respuesta de Héctor.

Sala cuatro. 9:00. Convoca al equipo propuesto.

Marina leyó el mensaje dos veces.

No porque fuera confuso.

Porque faltaban cuarenta y ocho minutos.

Escribió:

No todos tienen disponibilidad.

La respuesta llegó antes de que el semáforo cambiara.

La tendrán.

Marina soltó una breve carcajada.

—Claro que la tendrán —murmuró.

Marcó el número de Laura.

—Buenos días —respondió la directora.

—¿Héctor siempre organiza reuniones con cuarenta minutos de anticipación?

—No.

—¿Entonces?

—A veces da veinte.

Marina cerró los ojos un instante.

—Necesito que me ayudes a liberar a siete personas.

—Ya lo hizo él.

—¿Cómo?

—Su asistente acaba de bloquear las agendas.

—Ni siquiera me ha confirmado que aprueba la estructura.

—Te convocó a las nueve. Esa es su forma de aprobarla.

Marina volvió a mirar el mensaje.

—Tiene una manera muy particular de comunicarse.

—Te vas a acostumbrar.

—No estoy segura de querer hacerlo.

—Eso dicen todos la primera semana.

La reunión comenzó exactamente a las nueve.

Héctor ya estaba en la sala cuando Marina entró con una computadora, varias copias impresas y una expresión que dejaba claro que todavía no le perdonaba la falta de tiempo.

—Buenos días —dijo él.

—Para algunos.

Héctor levantó una ceja.

—Llegaste a tiempo.

—Porque cancelé tres cosas.

—Entonces ahora tienes tiempo para esta.

—No es así como funciona una agenda.

—Hoy sí.

Marina colocó las copias sobre la mesa.

—Voy a pedirle a recursos humanos que agregue “flexibilidad ante secuestros de calendario” a la descripción del puesto.

—Pídeles primero que terminen la descripción del puesto.

Ella estuvo a punto de responder, pero el resto del equipo comenzó a entrar.

Los siete nombres que Marina había propuesto ocuparon sus lugares entre saludos, dudas y miradas desconfiadas.

Esteban llegó al final.

Tomó la hoja que estaba frente a su silla, leyó los primeros párrafos y levantó la vista.




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