Vertigo

3. Hogar

La alarma sonó a las cinco con cincuenta y cinco de la mañana No necesitó una segunda oportunidad.

Marina abrió los ojos antes de que el teléfono terminara la primera vibración. Permaneció unos segundos inmóvil, mirando el techo de la habitación mientras el silencio de la casa seguía intacto. Era uno de sus momentos favoritos del día. No por la tranquilidad, sino porque todavía no era necesario tomar decisiones. Durante esos pocos segundos, nadie esperaba nada de ella.

Después empezaría todo.

Giró la cabeza.

Daniel seguía dormido.

Dormía de lado, con una mano debajo de la almohada y el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños estuviera resolviendo algún problema estructural de los edificios que diseñaba. Marina sonrió apenas.

Siempre había pensado que su esposo tenía el extraño talento de verse elegante incluso recién despierto.

Con cuidado, apartó el edredón.

El piso de madera estaba frío.

Se recogió el abundante cabello rizado sobre la nuca mientras caminaba hacia el baño. Encendió la luz sin cerrar completamente la puerta. Sabía que Daniel odiaba despertar a oscuras. Decía que la luz del baño era la forma más amable de decirle al cuerpo que el día había comenzado.

Quince minutos después apareció otra vez en la habitación.

Traía ropa deportiva negra y una coleta improvisada. El maquillaje todavía esperaba su turno.

Daniel ya estaba sentado en la cama.

—Buenos días.

Su voz seguía teniendo ese tono grave que solo existía durante los primeros cinco minutos de la mañana.

—Buenos días.

Él extendió una mano.

Marina se acercó sin decir nada.

Daniel entrelazó sus dedos con los de ella y la acercó apenas lo suficiente para apoyar la frente contra su abdomen.

Era un gesto cotidiano.

Tan cotidiano que ninguno de los dos recordaba cuándo había empezado.

—¿Dormiste bien? —preguntó él.

—Sí.

—Mentira.

Marina soltó una risa corta.

—¿Cómo sabes?

—Porque cuando duermes bien no te despiertas cinco minutos antes de la alarma.

Ella levantó una ceja.

—¿También monitoreas mis horarios de sueño?

—Estoy casado contigo desde hace diecinueve años.

Hizo una pausa.

—Sería preocupante que todavía necesitara un manual de instrucciones.

Marina negó con la cabeza mientras acariciaba distraídamente el cabello de Daniel.

—Tu proyecto de Guadalajara.

Él levantó la vista.

—Eso fue.

Ella asintió.

—Ayer el cliente cambió otra vez las especificaciones.

Daniel suspiró.

—Entonces sí dormiste mal.

—Un poco.

Él besó el dorso de su mano.

No había urgencia.

No había dramatismo.

Solo el gesto natural de quien conoce perfectamente a la persona que tiene enfrente.

—Lo resolverás.

Marina sonrió.

No porque necesitara escuchar esas palabras.

Sino porque siempre le gustaba que vinieran de él.

—Lo sé.

Daniel finalmente se puso de pie.

—Voy por café.

—Yo despierto a los monstruos.

—Nuestros hijos tienen nombre.

—Lo sé.

—Úsalo.

—No prometo nada.

El segundo piso dejó de estar en silencio exactamente siete minutos después.

—¡Santiago!

Ninguna respuesta.

Marina abrió la puerta de la habitación.

Diecisiete años resumidos en ropa sobre una silla, tenis debajo del escritorio, una guitarra apoyada contra la pared y una computadora todavía encendida.

Santiago dormía boca abajo.

—Cinco minutos —murmuró sin abrir los ojos.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Siempre vienes a despertarme.

—Y siempre dices cinco minutos.

—Porque funcionan.

Marina cruzó los brazos.

—Hoy tienes examen de física.

Silencio.

—Y entrenamiento en la tarde.

Silencio.

—Y si no bajas en tres minutos, tu papá va a escoger la música del camino a la escuela.

Un ojo se abrió inmediatamente.

—Eso es chantaje.

—Es maternidad.

—No es legal.

—Tampoco dormir con los audífonos puestos.

Santiago resopló mientras finalmente se incorporaba.

—Dile que no ponga a Melendi.

—No prometo nada.

—Mamá...

—Tres minutos.

Cerró la puerta antes de escuchar la siguiente protesta.

Sonrió sola.

Siempre era igual.

Dos habitaciones más adelante golpeó otra puerta.

—Emma.

—Ya voy.

La respuesta llegó inmediatamente.

Marina abrió.

Emma, catorce años, ya estaba frente al espejo intentando decidir entre dos sudaderas idénticas que, según ella, eran completamente distintas.

—¿Negra o gris?

—La gris.

—Yo también pensaba la gris.

—Entonces ¿para qué preguntas?

—Porque necesitaba validación.

Marina soltó una risa.

—Tu padre dice exactamente lo mismo cuando me enseña renders.

Emma sonrió.

Tenía los mismos ojos que Daniel.

La misma calma.

Pero absolutamente toda la determinación de Marina.

—¿Dormiste?

—Más o menos.

—¿Estudiando?

Emma negó.

—Leyendo.

—¿La novela?

—Ajá.

—No terminaste hasta tarde, ¿verdad?

Emma hizo una mueca.

Marina arqueó una ceja.

—¿Emma?

—...tal vez.

—¿Qué hora?

—Una.

—¿De la mañana?

—Técnicamente sí.

Marina suspiró.

—No puedo enojarme porque heredaste eso de mí.

—Exactamente.

—Pero sí puedo quitarte el libro hoy.

Emma abrió mucho los ojos.

—Eso sería cruel.

—Dormir tres horas también.

La adolescente abrazó a su madre de repente.

—Te quiero.

Marina conocía perfectamente esa estrategia.

—No va a funcionar.

—Había que intentarlo.

Cuando Marina bajó a la cocina, Daniel ya estaba sirviendo café.

La casa olía a pan tostado.

—¿Sobrevivieron?

—Con daños menores.

Daniel deslizó una taza hacia ella.

—Negro. Sin azúcar.




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