Vertigo

4. El ruido más bonito

Héctor despertó porque alguien le estaba tocando la nariz.

No abrió los ojos de inmediato.

Durante unos segundos intentó convencerse de que aquello formaba parte de algún sueño absurdo, pero el dedo volvió a presionar la punta con una insistencia pequeña y húmeda.

—Papá.

La voz fue apenas un susurro.

Héctor abrió un ojo.

Mateo lo observaba a menos de veinte centímetros de distancia, de pie junto a la cama, con el cabello aplastado hacia un lado y una cobija arrastrándose detrás de él.

—¿Qué pasó?

—Ya desperté.

—Ya me di cuenta.

Mateo sonrió.

Tenía tres años y la certeza absoluta de que cualquier cosa que le ocurriera debía ser compartida inmediatamente con sus padres.

Héctor estiró el brazo hacia el buró y tomó el teléfono.

Cinco con diecisiete de la mañana.

Todavía faltaban casi cuarenta minutos para que sonara la alarma.

—Es muy temprano, campeón.

—No.

—Sí.

—Ya cantó un pájaro.

Héctor giró la mirada hacia la ventana.

El cielo permanecía completamente oscuro.

—A lo mejor también se despertó antes de tiempo.

Mateo pareció considerar esa posibilidad.

Después negó con mucha seriedad.

—Tiene hambre.

—¿El pájaro?

—Sí.

—¿Y tú también?

El niño asintió.

—Quiero hot cakes.

Héctor cerró los ojos un instante.

Del otro lado de la cama, Fátima se movió debajo del edredón.

—Dile al cliente que la cocina abre a las seis —murmuró sin abrir los ojos.

Mateo rodeó la cama y se acercó a ella.

—Mamá.

—No estoy disponible.

—Mamá.

—Mi horario de atención comienza después de que salga el sol.

—Quiero hot cakes.

Fátima abrió un ojo.

—¿Con qué presupuesto?

Mateo levantó los hombros.

—Con chocolate.

Héctor soltó una risa que intentó ahogar contra la almohada.

Fátima giró la cabeza para mirarlo.

—No lo alientes.

—Tiene una estrategia comercial interesante.

—Tiene tres años.

—Precisamente. Hay que reconocer el talento temprano.

Mateo aprovechó que ambos hablaban para trepar a la cama. Se dejó caer entre ellos con toda la confianza de quien consideraba aquel espacio una extensión natural de su habitación.

Fátima lo envolvió con un brazo.

—Cinco minutos.

—No tengo sueño.

—Yo sí.

—Papá hace hot cakes.

Héctor arqueó una ceja.

—¿Eso fue una orden?

—Sí.

Fátima sonrió con los ojos cerrados.

—Definitivamente es tu hijo.

—Nuestro hijo.

—Cuando negocia, tuyo.

—Cuando es encantador, también.

—Eso habrá que revisarlo.

Mateo se acomodó entre ambos y comenzó a jugar con la mano de su madre.

La habitación recuperó el silencio durante unos segundos.

No duró mucho.

Desde el monitor colocado sobre el buró se escuchó primero un movimiento, después un pequeño quejido y finalmente el llanto de Emilia.

Fátima abrió los ojos por completo.

—Ya despertó la jefa.

Emilia tenía un año y una forma muy precisa de hacer saber que el mundo no estaba funcionando conforme a sus necesidades.

Héctor se incorporó.

—Yo voy.

—Te toca bañarte.

—Todavía tengo tiempo.

—Tienes junta temprano.

—Y tú llevas tres noches levantándote con ella.

Fátima quiso protestar, pero él ya se había puesto de pie.

—Quédate cinco minutos más.

—No voy a volver a dormirme.

—No importa.

Se inclinó y le besó la frente.

—Quédate.

Aquella palabra, en su matrimonio, nunca significaba obediencia.

Significaba cuidado.

Fátima lo observó salir de la habitación con Mateo caminando detrás de él, arrastrando aún la cobija.

—Papá.

—¿Qué?

—Los hot cakes.

—Primero tu hermana.

—Pero ella no come hot cakes.

—Ese no es el punto.

Mateo suspiró como si la vida acabara de decepcionarlo profundamente.

Fátima sonrió sola.

A veces pensaba que la maternidad se parecía demasiado a trabajar en una planta industrial durante una contingencia: todo ocurría al mismo tiempo, todos necesitaban respuestas inmediatas y casi nada salía exactamente como se había planeado.

La diferencia era que, en la planta, podía cerrar la puerta de su oficina.

En casa siempre había una mano pequeña intentando abrirla.

No lo pensaba con arrepentimiento.

Lo pensaba con cansancio.

Que no era lo mismo.

Cuando Héctor entró a la habitación de Emilia, la niña estaba de pie dentro de la cuna, aferrada a la baranda.

El llanto se detuvo en cuanto lo vio.

—Eso es manipulación —dijo él.

Emilia sonrió.

Tenía los ojos grandes de Fátima y el cabello oscuro de ambos.

Héctor la levantó.

—Buenos días, princesa.

La niña apoyó la cabeza en su hombro y se llevó dos dedos a la boca.

Mateo apareció en la puerta.

—Está llorando.

—Ya no.

—Porque llegaste.

Héctor lo miró.

—¿Eso crees?

Mateo asintió.

—Tú arreglas.

Aquellas dos palabras le produjeron algo extraño en el pecho.

En el trabajo, la gente recurría a él porque confiaba en su capacidad para decidir.

En casa, su hijo recurría a él porque creía que podía arreglar cualquier cosa.

Una máquina.

Una galleta rota.

Un juguete sin batería.

Una pesadilla.

Para Mateo todavía no existían problemas demasiado grandes.

Solo problemas que aún no le había contado a su padre.

Héctor sabía que algún día descubriría que no todo podía repararse.

Esperaba que tardara muchos años.

—Vamos a cambiar a tu hermana —dijo.

—Yo ayudo.

—Muy bien.

Mateo corrió hacia el cambiador y tomó un pañal.

—Este.

—Ese es para nadar.

El niño lo miró.

—¿Vamos a nadar?

—No.

—Entonces ¿por qué tenemos?

Héctor abrió la boca.

La cerró.




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