Vertigo

8. La casa donde siempre hay ruido

Antes de abrir la puerta, Héctor sonrió.

No porque hubiera tenido un buen día.

Ni porque esperara descansar.

Sonrió porque alcanzó a escuchar el ruido desde el otro lado.

Un golpe.

Después una risa.

Una voz infantil reclamando algo que sonó urgentísimo.

Y, finalmente, la de Fátima diciendo:

—¡Los dos al comedor! ¡No quiero volver a encontrar un balón en la cocina!

Héctor abrió la puerta.

No tuvo tiempo ni de dejar el portafolio en el piso.

—¡Papá!

Mateo llegó primero.

Ya no era el niño pequeño que apenas alcanzaba sus rodillas.

Ahora tenía ocho años y corría con esa mezcla de torpeza y velocidad propia de los niños convencidos de que todavía pueden abrazar con todo el cuerpo.

Se lanzó sobre él.

Héctor apenas alcanzó a sostener el equilibrio.

—¡Metí dos goles!

—¿Dos?

—¡Dos!

—Entonces mínimo merezco tres abrazos.

Mateo obedeció sin pensarlo.

Uno.

Dos.

Tres.

Emilia apareció detrás con la dignidad herida.

—No es justo.

Héctor abrió el otro brazo.

—¿Qué no es justo?

—Él siempre llega primero.

—Porque corro más rápido —presumió Mateo.

—Porque haces trampa.

—No hago trampa.

—Sí haces.

Héctor levantó a Emilia antes de que la discusión creciera.

La niña rodeó su cuello con los brazos.

—Yo también tengo noticias.

—Estoy listo.

Ella sonrió con todos los dientes.

—Hoy aprendí una coreografía nueva.

—¿Y la voy a ver?

—Cinco veces.

—¿Nada más cinco?

—Bueno... seis.

—Perfecto.

Desde la cocina apareció Fátima con un cucharón en la mano.

Traía el cabello recogido de cualquier manera.

Dos mechones se habían escapado junto a las orejas.

Llevaba unos tenis blancos.

Uno estaba perfectamente acomodado junto a la pared.

El otro había quedado atravesado en medio del recibidor.

Héctor lo vio.

Y sonrió para sí.

Fátima estaba cansada.

Mucho.

Ella todavía no lo sabía.

Él sí.

—Hola.

Ella levantó la vista.

La sonrisa apareció antes que las palabras.

No era una sonrisa amplia.

Era esa pequeña curva tranquila que siempre nacía cuando lo veía entrar.

La misma desde hacía tantos años.

—Llegaste temprano.

—Cinco minutos.

—Cinco minutos también cuentan.

Héctor dejó a Emilia en el piso.

Se acercó hasta Fátima.

Le dio un beso corto.

Cotidiano.

Sin espectadores.

Sin necesidad de convertirlo en un momento especial.

Porque ya era especial precisamente por repetirse todos los días.

—¿Cómo estuvo?

Ella hizo una mueca divertida.

—Depende.

—¿Del niño o de la niña?

—De los dos.

Mateo apareció detrás de ellos.

—¡Yo no hice nada!

Fátima levantó una ceja.

—¿Seguro?

El niño comenzó a pensar.

Héctor rio.

—Ya empezó a buscar qué fue.

—Eso significa que sí hizo algo.

Mateo terminó riéndose también.

La casa volvió a llenarse de voces al mismo tiempo.

Emilia enseñando un dibujo.

Mateo explicando un gol imposible.

Fátima intentando servir la sopa sin que alguien metiera un balón imaginario dentro de la cocina.

Y Héctor...

Observando.

No desde fuera.

Desde dentro.

Durante años creyó que el éxito tenía un sonido.

El de una negociación cerrada.

El de una planta funcionando.

El de una sala completa aprobando una estrategia.

Después nacieron Mateo y Emilia.

Y descubrió otro.

El de dos niños hablando al mismo tiempo mientras una mujer intentaba poner orden sin conseguirlo del todo.

Ese ruido.

Pensó muchas veces.

Era el sonido de la vida.

La cena comenzó con tres conversaciones diferentes.

Mateo hablaba del partido.

Emilia intentaba explicar una historia larguísima sobre una mariposa que, aparentemente, también sabía bailar.

Y Fátima preguntaba quién había olvidado la botella de agua en la escuela.

—No fui yo.

—Yo tampoco.

Los dos respondieron exactamente al mismo tiempo.

Héctor levantó la mano.

—Propongo una investigación seria.

Los niños rieron.

Fátima negó con la cabeza.

—No los ayudes.

—Estoy buscando la verdad.

—Estás buscando cómplices.

—También.

Ella soltó una risa.

Pequeña.

Pero suficiente para que él confirmara algo.

Todavía tenía energía para reírse.

Bien.

Mientras los niños discutían sobre la botella, Héctor observó discretamente a Fátima.

No la miraba como quien revisa a alguien.

La leía.

Había aprendido a hacerlo durante los años.

Cuando estaban recién casados necesitaban preguntarse todo.

¿Cómo estás?

¿Estás cansada?

¿Quieres ayuda?

Ahora muchas respuestas aparecían antes de formular la pregunta.

La forma en que sostenía el vaso.

La velocidad con la que comía.

El tono con el que corregía a los niños.

Las pausas entre una frase y otra.

Todo hablaba.

Y él escuchaba.

Notó que esa noche Fátima apoyaba el peso más sobre la pierna derecha.

Eso significaba que llevaba muchas horas de pie.

Había dejado el cabello exactamente igual que al salir de casa.

Eso quería decir que no había encontrado ni cinco minutos para acomodárselo.

Pero lo que terminó de convencerlo fueron los tenis.

Seguían atravesados en la entrada.

Nunca los dejaba así.

Jamás.

Salvo cuando llegaba al límite del cansancio.

Ella todavía seguía conversando.

No se había dado cuenta.

Héctor sí.

Terminó la sopa.

—Mateo.

El niño levantó la cabeza.

—¿Sí?

—¿Me ayudas con las mochilas?

—Sí.

—Emilia.

—¿Qué?

—Hoy yo reviso tu tarea.

La niña dio un pequeño aplauso.




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