Vertigo

9. Cinco horas

A las cinco y veinte de la mañana la ciudad todavía pertenecía al silencio, las calles estaban casi vacías, los semáforos cambiaban de color para nadie. Alguna panadería comenzaba a desprender ese olor cálido que siempre parecía prometer que el día tendría arreglo.

Marina estacionó su camioneta frente al edificio corporativo, apagó el motor y permaneció unos segundos con las manos sobre el volante.

El reflejo del tablero iluminaba apenas el interior.

Miró la hora.

Cinco veintisiete.

Sonrió para sí.

—Tres minutos antes... no está mal.

Tomó su bolso, una carpeta delgada y el enorme vaso de café que había comprado de camino.

Al bajar sintió el aire fresco de la madrugada.

Era de esos fríos que no obligaban a ponerse un abrigo, pero sí hacían que uno agradeciera sostener una taza caliente entre las manos.

El estacionamiento estaba prácticamente vacío, solo un vehículo ocupaba uno de los lugares cercanos a la entrada. El de Héctor.

Marina levantó la vista y lo encontró agachado junto a la llanta delantera.

Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y una linterna pequeña entre los dientes mientras revisaba algo.

Ella se quedó observándolo unos segundos antes de acercarse.

Había una concentración casi infantil en la manera en que trabajaba cuando nadie lo estaba mirando.

Fruncía apenas el ceño.

Inclinaba un poco la cabeza.

Y parecía olvidarse por completo del mundo.

—Buenos días.

Héctor levantó la vista inmediatamente.

Se quitó la linterna de la boca.

—Buenos días.

—¿Qué haces?

Él señaló la llanta.

—Revisando la presión.

Marina miró las cuatro ruedas.

Luego volvió a verlo.

—¿Las cuatro?

—Sí.

—¿Las revisaste ayer?

—Sí.

—¿Y hoy otra vez?

—Sí.

Ella dio un sorbo a su café.

Lo observó con absoluta seriedad durante dos segundos.

—Necesitas terapia.

Él tardó un instante en responder.

—Puede ser.

Marina comenzó a reír.

Lo que más le hacía gracia era que nunca sabía cuándo Héctor estaba hablando completamente en serio.

—¿También revisas las llantas de los aviones antes de subirte?

Él terminó de guardar el medidor de presión.

—Si me dejaran...

Ella soltó una carcajada.

—No lo puedo creer.

Héctor cerró la cajuela.

—Nunca he entendido por qué les parece extraño revisar algo que puede evitar un problema.

—Porque la mayoría confiamos en lo sensores de los vehiculos y claro en que las llantas quieren cooperar.

—Las llantas no tienen voluntad.

—Exactamente el tipo de respuesta que esperaba.

Él abrió la puerta del copiloto.

—Sube.

Marina dejó la carpeta sobre el asiento.

Antes de entrar dio otro vistazo al vehículo.

—¿También revisaste el aceite?

—Sí.

—¿El anticongelante?

—Sí.

—¿Limpiaparabrisas?

—Sí.

Ella cerró lentamente la puerta.

Lo miró fijamente.

—Voy a empezar a creer que disfrutas más preparar los viajes que hacerlos.

Él sonrió apenas.

—No.

—¿Entonces?

—Disfruto llegar.

Aquella respuesta hizo que Marina guardara silencio un instante.

Era una frase muy propia de Héctor.

No encontraba placer en la improvisación.Lo encontraba en la tranquilidad de saber que había hecho todo lo posible para que las cosas salieran bien.

Entró al vehículo.

El aroma a café recién hecho se mezcló con el olor limpio del interior.

No había papeles.

Ni botellas vacías.

Ni cables enredados.

Todo tenía un lugar.

Marina sonrió.

—Esto parece una sala de operaciones.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomé como uno.

Ella negó con la cabeza mientras se abrochaba el cinturón.

—Qué hombre tan complicado.

—Organizado.

—Obsesivo.

—Preventivo.

—Controlador.

—Preparado.

Marina levantó las manos.

—Está bien, ya entendí que siempre ganas los debates semánticos.

—No siempre.

—¿Cuándo no?

Él encendió el motor.

—Cuando discuto contigo.

Ella volvió a reír.

Aquello era nuevo.

No la risa.

La facilidad.

Cinco años atrás, aquellas conversaciones habrían estado llenas de explicaciones, ahora parecían continuar donde las habían dejado el día anterior.

Sin esfuerzo.

Como si nunca terminaran del todo.

Mientras Héctor conectaba el teléfono al sistema del coche, Marina acomodó su café en el portavasos.

Después sacó una botella de agua de su bolso.

Otra pequeña de agua mineral.

Un paquete de pañuelos.

Un cargador.

Un cuaderno.

Unas almendras.

Y, finalmente, un chocolate envuelto en papel dorado.

Héctor la observó de reojo.

Esperó a que terminara.

Después preguntó con absoluta calma:

—¿Cuántos bolsillos tiene ese bolso?

Marina siguió buscando.

—Los necesarios.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Que cada vez que necesito algo durante un viaje, curiosamente aparece en tu bolsa.

Ella sonrió sin levantar la vista.

—Es un talento.

—Es brujería.

Encontró por fin unos lentes oscuros.

Los dejó sobre el tablero.

—Lista.

Héctor la miró.

Después miró el montón perfectamente acomodado que ahora ocupaba la consola central.

—¿Segura?

Ella pensó unos segundos.

Abrió otra vez el bolso.

Sacó un bálsamo para labios.

—Ahora sí.

Él arrancó lentamente.

Salieron del estacionamiento mientras la ciudad apenas comenzaba a despertar.

Las primeras luces aparecían en algunas ventanas.

Un repartidor cruzó la avenida en bicicleta.

Una pareja caminaba con un perro demasiado grande para aquella hora.

Durante varios minutos ninguno habló.

No porque hubiera incomodidad.




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