Vertigo

10. El idioma que construyeron

Capítulo 10

El camino de regreso

Acto VI — El idioma que construyeron

Llegaron doce minutos antes.

Marina miró el reloj del tablero cuando Héctor estacionó frente al edificio del cliente.

Después lo miró a él.

—Doce.

Héctor apagó el motor.

—¿Qué?

—Doce minutos antes.

—Sí.

—¿Estás decepcionado?

Él giró la cabeza hacia ella.

—¿Por qué estaría decepcionado?

—Porque seguramente planeaste llegar quince minutos antes.

Héctor intentó mantener la expresión seria.

No pudo.

—Diez.

Marina abrió mucho los ojos.

—¿Diez?

—Sí.

—¿Entonces llegamos demasiado temprano?

—Dos minutos.

Ella soltó una carcajada.

—Qué desastre. ¿Cómo vamos a recuperarnos?

—Será difícil.

—Podríamos dar una vuelta a la manzana.

—No.

—Estacionarnos más lejos.

—Marina.

—Entrar y salir otra vez.

Héctor abrió la puerta.

—Bájate.

Ella rio mientras buscaba los zapatos que se había quitado durante buena parte del trayecto.

—Qué poco tolerante eres cuando pierdes el control.

—No he perdido nada.

—Llegamos dos minutos antes de lo planeado. Prácticamente vivimos al límite.

Héctor bajó del vehículo negando con la cabeza.

Marina permaneció unos segundos más dentro.

Se puso los zapatos.

Revisó rápidamente su cabello en el espejo.

Tomó la carpeta.

Y entonces vio el envoltorio vacío del chocolate.

Lo levantó.

—No se me va a olvidar.

Héctor ya caminaba alrededor del vehículo.

—¿Qué?

Ella bajó sosteniendo el papel dorado como evidencia.

—Esto.

Él sonrió.

—Supéralo.

—Nunca.

—Era chocolate.

—Era mi chocolate.

—Llevabas horas sin comerlo.

—Lo estaba administrando.

—Otra vez con eso.

Marina guardó el envoltorio dentro de su bolso.

Héctor la observó.

—¿En serio lo vas a guardar?

—Evidencia.

—¿Para qué?

Ella cerró el bolso.

—Todavía no sé.

—Eso me preocupa.

—Debería.

Caminaron hacia la entrada.

Y ocurrió algo curioso.

La conversación desapareció exactamente al cruzar las puertas.

No de manera brusca.

No porque alguien hubiera decidido terminarla.

Simplemente cambiaron.

Marina enderezó ligeramente los hombros.

Héctor disminuyó el paso para caminar a su lado.

Las bromas quedaron en el estacionamiento.

El chocolate.

Arjona.

Alborán.

Los tenis.

El reloj.

Todo pareció guardarse en algún lugar invisible mientras atravesaban el vestíbulo.

No dejaron de ser las personas que habían pasado cinco horas riéndose dentro de un coche.

Simplemente volvieron a ser quienes el mundo esperaba que fueran.

Y lo hicieron con una facilidad que solo daban los años.

—Señor Salgado.

El director de operaciones se levantó para recibirlos.

Héctor estrechó su mano.

—Gracias por recibirnos.

Después saludó a Marina.

—Ingeniera.

Ella sonrió.

—Buenos días.

Había seis personas alrededor de la mesa.

Dos de ellas Marina ya las conocía.

Las demás eran nuevas.

Presentaciones.

Nombres.

Cargos.

Saludos.

Café.

Las pequeñas ceremonias que precedían cualquier reunión importante.

Marina dejó su carpeta frente a ella.

Héctor se sentó a su derecha.

Ninguno comentó nada.

No necesitaban repasar.

Lo habían hecho durante días.

Y, curiosamente, durante el viaje apenas habían hablado de aquella presentación.

Cinco años atrás eso habría sido impensable.

Héctor habría repasado cada número.

Marina habría revisado cada posible objeción.

Habrían discutido escenarios.

Preguntas.

Respuestas.

Hoy no.

Hoy habían pasado buena parte del trayecto discutiendo sobre música y chocolates.

Porque ya sabían hacer esto.

El director comenzó.

—Antes de empezar quiero plantearles un cambio.

Marina no se movió.

Héctor tampoco.

—Adelante —dijo él.

—Preferimos revisar primero el impacto financiero y después entrar a la parte operativa.

Silencio.

Marina bajó la mirada hacia sus documentos.

No hacia Héctor.

Héctor tomó su pluma.

No hacia Marina.

Nadie alrededor de la mesa habría podido notar nada.

Pero ella vio el movimiento.

La pluma entre sus dedos.

Una vuelta.

Todavía estaba escuchando.

Dos.

Ya había encontrado el problema.

Marina sintió una pequeña sonrisa amenazando con aparecer.

La contuvo.

Cinco años.

El director continuó explicando.

Cuando terminó, Héctor dejó la pluma sobre la mesa.

Marina supo que hablaría.

—Podemos hacerlo —dijo él.

El director asintió.

—Perfecto.

—Con una condición.

Marina levantó apenas la vista.

Ahí estaba.

Exactamente donde esperaba.

—Mantenemos la estructura de análisis —continuó Héctor—. Podemos comenzar por los números, pero necesitamos conservar la secuencia de causalidad.

Uno de los ejecutivos frunció el ceño.

—¿Por qué?

Héctor no respondió.

Giró ligeramente la mano.

Nada más.

No miró a Marina.

No dijo su nombre.

Pero ella empezó a hablar.

—Porque si comenzamos únicamente por el impacto económico, van a evaluar el resultado antes de entender qué lo provoca.

Todos dirigieron la atención hacia ella.

Marina se levantó.

Caminó hacia la pantalla.

—Podemos mostrarles primero cuánto están perdiendo.

Cambió la diapositiva.

—Pero prefiero mostrarles por qué.

Otra.

—Porque si entendemos el sistema, el número deja de ser una amenaza y se convierte en una consecuencia.

Héctor permaneció sentado.

Escuchando.

No intervino.




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