Los primeros cuarenta minutos del regreso transcurrieron hablando del cliente.Era inevitable. Después de cuatro horas de reunión, las ideas todavía viajaban con ellos.
—Va a llamar mañana —dijo Marina.
Héctor negó.
—Hoy.
—No.
—Hoy.
—Está cansado.
—Precisamente.
Marina giró hacia él.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Sí tiene.
—Explícame.
—Se va a sentar en su oficina, va a volver a revisar los números y algo no le va a cuadrar.
—Todo le cuadró.
—Por eso.
Ella frunció el ceño.
Héctor continuó.
—Cuando alguien llega preparado para encontrar cinco problemas y le dices que solo tiene uno, tarda un rato en aceptar que la solución puede ser más sencilla de lo que imaginaba.
Marina lo pensó.
Tomó agua.
Héctor sonrió.
Ella lo vio.
—No.
—¿Qué?
—No empieces.
—No dije nada.
—Viste que tomé agua.
—Sí.
—Y estás pensando que acabo de cerrar una idea.
—No estoy pensando nada.
—Mentiroso.
Héctor soltó una risa.
—Entonces, ¿va a llamar?
Marina miró la botella.
La cerró.
—Hoy.
—Gracias.
—No significa que tengas razón.
—Acabas de decir exactamente lo que yo dije.
—Llegué a la misma conclusión por otro camino.
—Claro.
Marina volvió la vista hacia la carretera.
—Qué insoportable te vuelves cuando tienes razón.
—Según Daniel, a ti te pasa lo mismo.
Ella giró inmediatamente.
—No uses a mi esposo en mi contra.
Héctor comenzó a reír.
—Tú me lo contaste.
—En un momento de vulnerabilidad.
—Estábamos hablando de música.
—Precisamente. Estaba vulnerable.
La risa volvió.
Fácil.
Sin esfuerzo.
Y la reunión empezó a quedarse atrás.
A las cinco de la tarde el cielo comenzaba a perder intensidad.
Todavía faltaba mucho para el anochecer, pero la luz ya había cambiado.
Las sombras eran más largas.
La carretera parecía menos agresiva.
Marina llevaba casi quince minutos mirando por la ventana cuando señaló un anuncio.
—Ahí.
Héctor lo leyó.
—¿Qué?
—Café.
—Tomaste uno antes de entrar a la reunión.
—Eso fue hace cuatro horas.
—También tomaste uno dentro.
—Eso era agua pintada de café.
—Tomaste dos tazas.
—Dos tazas de decepción.
Héctor rio.
—Faltan treinta kilómetros para una gasolinera grande.
—¿Cómo sabes?
—Vi un anuncio.
Marina lo miró.
—¿Cuándo?
—Hace unos kilómetros.
—Claro.
Él sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Prohibido.
Ella suspiró teatralmente.
—A veces olvido que viajo con una persona que registra cada anuncio carretero como información estratégica.
—No registro todos.
—¿Cuáles sí?
—Gasolineras, restaurantes, desviaciones, hospitales.
Marina parpadeó.
—¿Hospitales?
—Por si pasa algo.
Ella permaneció mirándolo unos segundos.
—Eres incapaz de existir sin tener un plan B.
—No es verdad.
—Sí.
—No.
—Dime una cosa que hagas sin pensar qué harías si sale mal.
Héctor abrió la boca.
Se detuvo.
Marina esperó.
Él volvió a cerrarla.
Ella sonrió triunfante.
—Gracias.
—Estoy pensando.
—Exactamente.
—Eso no prueba nada.
—Prueba mi punto completo.
Héctor negó con la cabeza.
—Café en treinta kilómetros.
—Excelente.
Veintiocho kilómetros después, Marina señaló el letrero.
—Aquí.
Héctor la miró apenas.
—Dijiste treinta.
—Ya sé.
—Faltan dos.
—No seas ridículo.
—Hay otra adelante.
—Quiero esta.
Él puso la direccional.
—Impulsiva.
—Flexible.
—Impulsiva.
—Libre.
—Sin planeación.
Marina sonrió.
—Viva.
Héctor soltó una carcajada.
Entró a la gasolinera.
—Dramática.
—Eso también.
Marina bajó antes de que él terminara de estacionar completamente.
—Espera.
—Ya paraste.
—Todavía no pongo el freno.
Ella cerró la puerta.
Héctor negó con la cabeza.
La vio alejarse hacia la tienda.
Después miró el asiento vacío.
Había una botella de agua.
Los lentes oscuros.
Una carpeta.
El bálsamo para labios.
Y el envoltorio dorado del chocolate de la mañana.
Héctor sonrió.
Todavía lo había guardado.
—Qué rencorosa.
Bajó del coche.
Marina estaba frente al estante de chocolates.
Héctor la encontró sosteniendo dos barras idénticas.
No dijo nada.
Se colocó a su lado.
Ella lo vio de reojo.
—Ni una palabra.
—No dije nada.
—Tu presencia es suficiente.
Héctor tomó una bolsa de nueces.
—¿Dos?
Marina abrazó las barras contra el pecho.
—Una es mía.
—¿Y la otra?
—También.
Él soltó una risa.
—Eso parece excesivo.
—Es prevención.
—¿De qué?
Marina lo miró directamente.
—De ti.
Héctor comenzó a reír.
—Te dije que compraras otro.
—Y compré dos.
—Eso no evita que me coma los dos.
Marina abrió mucho los ojos.
—Atrévete.
—Solo estoy evaluando escenarios.
—Toca uno y vas a regresar caminando.
—Es mi coche.
Ella se quedó callada.
Héctor levantó una ceja.
Marina pensó.
—Entonces yo regreso manejando y tú caminando.
—No sabes dónde están las llaves de repuesto.
—Estás enfermo.
Él soltó una carcajada.
Marina también.
Llegaron a la caja.
Ella dejó las dos barras.
Después añadió una tercera.
Héctor la miró.
—¿Ahora tres?
—Esa es para ti.
Él dejó de sonreír un segundo.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Marina hizo una mueca.
—Porque eres perfectamente capaz de comerte las mías aunque tengas una propia.