Durante estos años, Héctor había visto entrar a Marina a cientos de lugares.
Salas de juntas, oficinas, plantas aeropuertos, restaurantes, hoteles y Auditorios.
Había aprendido incluso a reconocer su estado de ánimo por la manera en que cruzaba una puerta.
Si entraba hablando antes de terminar de abrirla, llevaba una idea preparada.Si llegaba en silencio y dejaba el bolso antes de saludar, estaba cansada. Si sostenía una carpeta contra el pecho, había algo que todavía no terminaba de convencerla. Si caminaba demasiado despacio, estaba molesta. Si no caminaba en absoluto y se quedaba quieta escuchando, alguien acababa de cruzar una línea.
Héctor sabía mirar a Marina.
Llevaba años haciéndolo.
Lo que no sabía era que aquella noche iba a verla.
Y que había una diferencia.
El evento era uno de esos compromisos que ninguno de los dos habría elegido para un viernes por la noche.
Una asociación empresarial celebraba su aniversario y había decidido convertirlo en una cena de gala, reconocimiento, discursos y una cantidad exagerada de fotografías frente a una pared llena de logotipos.
La empresa de Héctor era uno de los patrocinadores.
Eso significaba que no asistir no era una opción.
—Dos horas —había prometido Héctor esa mañana.
Marina había levantado la vista desde sus documentos.
—Mentiroso.
—Dos horas y media.
—Más mentiroso.
—Tres.
—Ahora empiezas a acercarte.
Héctor había sonreído.
—Llegamos, saludamos, cenamos y nos vamos.
—¿Y los reconocimientos?
—Sobrevivimos.
—¿Fotografías?
—Sobrevivimos.
—¿La gente que dice "tenemos que hacer algo juntos" y jamás vuelve a llamar?
—Es parte del ecosistema.
Marina había reído.
—Cuatro horas.
—Tres.
—Cuatro.
—Tres y media.
Ella extendió la mano sobre el escritorio.
—Trato.
Héctor la miró.
—¿Me estás negociando la duración de un evento al que tú también tienes que ir?
—Sí.
—Increíble.
—Tres horas y media.
Él estrechó su mano.
—Tres horas y media.
Ninguno cumplió.
Héctor llegó primero.
Fátima había decidido no acompañarlo.
No porque no quisiera.
Porque Mateo tenía partido temprano al día siguiente y Emilia había conseguido convertir una pijamada con dos amigas en un acontecimiento que requería pizza, palomitas, cobijas en la sala y una planificación logística que Fátima encontraba mucho más divertida que una cena empresarial.
—Ve —le había dicho mientras acomodaba vasos de colores sobre la mesa—. Saluda a todo el mundo, sonríe en las fotos y regresa antes de que yo me arrepienta de haber autorizado tres niñas durmiendo en mi sala.
Héctor había sonreído.
—Te ofrecí conseguir una niñera.
—No quiero una niñera.
—Entonces ven.
—Tampoco quiero ir.
—Excelente negociación.
Fátima lo había mirado.
—Exactamente por eso me casé contigo.
Después había acomodado el cuello de su camisa.
—Te ves guapo.
—Gracias.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de que no sabes recibir cumplidos.
Héctor había sonreído.
—Conozco a otra persona que hace exactamente lo mismo.
—¿Quién?
Él había pensado en hojas perfectamente alineadas.
—Marina.
—Ah.
Fátima sonrió.
—Entonces díganse cosas bonitas más seguido y practican.
Héctor había soltado una risa.
—Buenas noches.
La besó.
Y se fue.
Nada más.
A las ocho y doce estaba hablando con uno de los empresarios invitados cuando vio entrar a Natalia.
Detrás venían dos personas del equipo.
Saludaron desde lejos.
Héctor levantó la mano.
Continuó escuchando una historia que llevaba aproximadamente seis minutos y que podría haberse resumido en treinta segundos.
—...y entonces les dije que sin proveedores locales no había manera de garantizar los tiempos.
—Claro —respondió Héctor.
Asintió.
Hizo una pregunta.
Escuchó otros dos minutos.
Y entonces Natalia miró hacia la entrada.
—Ya llegó Marina.
Héctor giró.
Fue un movimiento completamente automático.
La buscó porque acababan de nombrarla.
Nada más.
Y la encontró.
Marina acababa de cruzar las puertas del salón.
Vestido oscuro.
Largo.
Sencillo.
Sin nada particularmente llamativo.
El cabello rizado completamente suelto le caía por la espalda, mucho más abundante de lo que parecía cuando lo llevaba recogido durante las jornadas de trabajo.
Aretes largos.
Tacones.
Un bolso pequeño.
No llevaba carpeta.
No llevaba computadora.
No llevaba nada entre las manos que explicara qué estaba haciendo ahí.
Y quizá fue eso.
Héctor la miró.
Un segundo.
Después otro.
No buscó cansancio.
No buscó tensión en los hombros.
No intentó averiguar si estaba pensando demasiado.
No observó las manos para descubrir si algo la había molestado.
Simplemente la miró.
Y pensó:
Qué bonita es.
La frase apareció completa.
Limpia.
Sin antecedentes.
Héctor parpadeó.
Volvió inmediatamente la atención al hombre que seguía hablando frente a él.
—Exactamente —dijo.
No tenía idea de qué acababa de aceptar.
—Eso mismo les dije.
Héctor asintió.
—Claro.
Natalia lo miró.
Había trabajado suficiente tiempo con él para reconocer cuándo no estaba escuchando.
Pero no dijo nada.
Marina comenzó a acercarse.
Saludó a dos personas.
Después a otra.
Sonrió.
Se detuvo.
Escuchó.
Volvió a caminar.
Héctor no volvió a mirarla.
No porque hubiera decidido no hacerlo.
Porque ahora era consciente de que ya lo había hecho.
Y esa conciencia era nueva.
—Buenas noches.