Ruth
Bello, el hombre era bello, mucho: muy varonil, imponente, alto, corpulento, con buen léxico, tono amable, se veía impecable, ojos preciosos, labios llamativos, era un hombre atractivo, y sí, solo era el chofer, eso lo tenía claro, solo era el chofer de la compañía de traslados, no podía ni mirarlo dos veces, sin embargo, podía reconocer que era guapo, mucho.
—¿Qué tal el viaje? ¿Encontraste tráfico?
El ascensor subía, miré el piso que se marcó: veintiuno.
No podía dejar de pensar cómo sería esa mujer que lo dejó, y por qué lo dejaría ¿Por qué dejas a un hombre así?, pensé, además se veía que era buen padre, atento y cariñoso, me derritió cuando dijo que debía esforzarse un poco para conseguirle el perfume a su hija.
«¿Podría ser más tierno y bello?»
Y claro que su crema de afeitar estaba perfumada, ese olor tenue a hombre que desprendía me tenía los sentidos un poco turbados.
—¿Todo bien?
Que su hija se despidió de él con un beso y un abrazo.
«Pero que bello», pensé, se me alborotaron los ovarios.
—Ruth, ¿Todo está bien? —preguntó Alicia tomándome por el brazo.
Por fin la miré a la cara.
Juraba que le había respondido.
—Sí, todo bien, no encontramos nada de tráfico, el chófer que me trajo, manejó con mucha cautela, quizás por eso no llegué antes.
—Es buen tiempo, igual. La junta no comienza sino hasta dentro de dos horas.
—¿Quién hizo la contratación de la compañía de traslado?
—Logística, supongo, como siempre.
—¿Es nueva la compañía?
—¿Hubo algún problema?
—No, no, claro que no. No, no…
Las puertas del ascensor se abrieron. Sentí un leve mareo, entonces recordé que no había desayunado.
—Quiero pedir algo para comer —comenté.
—Yo me ocupo, despreocúpate, puedes ir a la oficina junto a la sala de juntas.
Asentí y le sonreí mientras me dirigía hacia dónde me dijo. Estaba con la mente distraída, pensando en aquel hombre, su voz, su sonrisa, su mirada, su situación de vida. Eso era algo que no podía permitirme, tenía que estar enfocada en mi trabajo, estaba a punto de conseguir un cargo directivo, no era el momento para dejar volar mi imaginación con hombres.
«Menos con ese hombre», pensé, era un no rotundo.
Me senté detrás del escritorio en la amplia oficina con vista a la ciudad, y de forma inevitable volví a pensar en él; rodé los ojos para mí misma.
«Está bien, me permitiré pensar en él solo un momento más antes de eliminarlo de mi memoria por completo», pensé.
Román, ese era su nombre, un nombre que encontré bastante varonil, debía tener buena relación con su madre si era la que cuidaba a las hijas, y una señora mayor era la niñera oficial, nada de chicas sexis cuidado a sus hijas, eso me pareció también muy bueno.
Eso me hacía pensar que era un hombre serio.
«¿Qué edad tendrá?», me pregunté.
Tuve tentada a meterme en las redes sociales y tratar de descubrir si salía algo sobre él, aunque me resistí por varios minutos, lo hice, de forma infructuosa, no conseguí nada, así que busqué el nombre de la compañía de transporte y sonreí al ver su foto.
«Vaya que es guapísimo», pensé.

Román León, 34 años, tres años de servicio. Valoración: 5/5.
Por más que busqué no conseguí nada más, no tenía redes sociales. Me sentí frustrada, pero no podía culparlo, mucha gente no las usa.
Treinta y cuatro años, un hombre hecho y derecho, bien hecho, bastante bien hecho podía decir, y apenas me llevaba tres años.
Se abrió la puerta.
—Bienvenida, querida, ¿todo bien con el viaje? —preguntó Marta, mi rival directa por ese puesto que tanto quería, pasé saliva, me levanté y asentí con la cabeza.
—Sí, salí hoy mismo, no fue un viaje pesado.
—¿Quién te trajo? No me digas que te trajo el guapetón de Transportes Yaro.
Abrí mucho los ojos, pasé saliva, mi corazón se aceleró.
—¿Qué guapo? Sí, creo que sí es transportes Yaro, no estoy pendiente de esas cosas —respondí con un ademán torpe y me volví a sentar.
Se rió fuerte.
—Es que como estás en la página de Transportes Yaro, por eso —dijo con tono de burla señalando mi celular que dejé descuidadamente abierto sobre el escritorio. Me tensé, lo tomé y bloqueé la pantalla.