Viaje al paraíso imposible

6: Indivisa manent

Pinos, alerces, araucarias, flores, arbustos, sierras, picos nevados, lagos… Era un paisaje sacado de un cuento de hadas en el cual un guerrero que ha luchado contra monstruos y tiranos se aislaba de toda la civilización. Una cabaña se alzaba entre la fauna de ese lugar de ensueño. El aroma de los árboles le impregnaba los orificios nasales. Eze cerró los ojos unos momentos y respiró hondo para disfrutarlo. Entendía un poco a su amigo. ¿Quién no quería irse a vivir a ese paraíso?

Su amigo, La Eminencia, estaba dibujando en una hamaca paraguaya oculta entre la frondosa arbórea. ¿Dibujando? No se acordaba de que Mati dibujara… Al menos, nunca le había dicho que le gustaba realizar esa actividad. ¿Por qué nunca les había contado eso?

Antes de hablarle, Eze se miró a él mismo. Seguía teniendo la vara y la máscara la tenía colocada. Era obvio que iba a llamar la atención, pero no tenía forma de explicarle a su amigo por qué llevaba esa indumentaria. La Eminencia iba a pensar que había perdido la cordura en el exterior, aunque le servía de pie para tratar la razón por la cual se encontraba allí.

Eze fue directo a la hamaca sin pensar en eso y saludó a Mati. La Eminencia detuvo lo que estaba haciendo, se paró y le dio un abrazo que duró varios segundos. Era tal como lo recordaba, no como ese ente sin emociones. Era una persona con todos sus defectos y virtudes como todo ser humano. Su amigo lo invitó a tomar algo a la cabaña que tenían a unos metros de allí.

La cabaña era simple y tenía lo justo y necesario para vivir: un baño, una cocina y una habitación. Su amigo prendió la hornalla y puso a calentar agua en una pava de metal. Acto seguido, lo invitó a sentarse en un rústico, pero cómodo sofá bordo que estaba al lado de la chimenea que era la única fuente de calor de ese cuarto en esa fría región.

  • Que bueno verte, Mati. Te extrañe una banda – le confesó Eze que estaba delineando un plan para convencerlo (aunque solo había plan A y no había plan B). Lo bueno es que no se había fijado en su apariencia extraña.
  • Así que decidiste visitarme. Ya era hora de que lo hagas – le dijo su amigo. No sabía si le estaba haciendo un berrinche o diciéndoselo en broma.
  • Perdón que no pude venir antes. Realmente quise hacerlo, pero… - ¿Qué excusa le podía poner? ¿Qué estaba tapado de laburo? ¿Qué no encontraba fechas?
  • No pasa nada. Estoy muy feliz de volver a verte – afirmó su amigo y volvió a abrazarlo. Eze se alivió sabiendo que no tenía que dar explicaciones. Tenía que concentrarse en sacar del trance a su amigo.
  • Yo también. Te extrañe muchísimo. Y perdona nuevamente por no visitarlos antes – La Eminencia hizo un gesto con la mano de que deje de disculparse y la pava empezó a silbar. En dos tazas de cerámica cuidadosamente esculpidas y talladas, sin imperfecciones, con dibujos de animales autóctonos de esas planicies, sirvió el agua y colocó dos saquitos de té. Al menos su gusto por el té y las tazas seguía intacto.
  • Muy linda la taza – le elogió Eze y su amigo le agradeció con un gesto con la cabeza.
  • Y contáme. Tu vida afuera. ¿Cómo anda? – le preguntó su amigo, pero Eze no iba a meterse en ese tema porque no quería perder tiempo y quería ir directo al grano.
  • Podemos hablar de eso luego, pero quiero hablar de algo que es más importante – empezó Eze y su amigo levantó las cejas sin entender qué asuntos quería abordar.
  • Y… entonces… de qué querías hablar. Lo otro lo podemos dejar para después –
  • Bueno… resulta que estás viviendo en una realidad inventada – afirmó Eze que se arrepintió al instante porque fue muy directo. Sin embargo, era mejor decirle la verdad de primera que darle vueltas al asunto hasta el infinito.
  • Ja… ¿fumaste algo antes de venir acá? – le preguntó su amigo y Eze negó rotundamente con la cabeza.
  • Es verdad. Haber… es cierto que sentís, palpas, oles, miras y gustas, pero es una mentira orquestada por anda saber quién – La Eminencia se echó a reír y casi derrama las tazas que estaban en un pequeño cajón de madera que servía de mesa.
  • Podrías ser escritor. ¿Lo consideraste alguna vez? – Eze no perdía la seriedad a pesar de que su amigo se estaba burlando de él. No tenía que perder la paciencia, además de que sabía que lo iba a tratar de loco.
  • ¿Cómo llegaste hasta acá? ¿Cómo adquiriste esta casa? ¿Desde cuándo te dedicas a dibujar? – Eze lo llenó de preguntas a la Eminencia cuya sonrisa se desvaneció. Se llevó la mano al mentón, pero no sabía cómo responder a esa ráfaga de preguntas como si estuviera rindiendo un parcial y justo le preguntaran algo que no había llegado a estudiar o qué no sabía qué entraba.
  • … -
  • Ese es mi punto. No quiero ser el villano de la película, pero este mundo no existe. Te están engañando… - su amigo lo paró en seco colocándole el dedo en la boca, algo que nunca pensó que haría.
  • Disfruta de este paraíso. Anda al bosque y comprobalo por vos mismo. Toma del agua fresca del lago que es 100% dulce. Escucha el sonido de los animales que merodean por estas sierras – su amigo parecía un hippie o esas personas fanáticas de la naturaleza que detestan el contacto humano. Irritado por estas palabras, Eze se paró, colocó el palo en el piso y cerró los ojos.
  • Déjame demostrártelo – dijo el Káiser que seguía con los ojos cerrados, pero tenía la seguridad de que su amigo lo estaría mirando de forma extraña. Sin prestarle consideración a ese hecho, se concentró y pensó el recuerdo que quería proyectar. Si esto no daba resultado, nada lo haría. Una brisa sopló fuerte durante unos segundos. Cuando se detuvo, volvió a abrir los ojos.

Aparecieron en la casa en la que vivió casi toda su vida. Se acordaba bien de ese momento. Ahí empezó todo. El Káiser ofreció poner casa para hacer un trabajo práctico de alguna materia de esas que a nadie le interesa. Estaban cursando el 1er año de la secundaria. Lo que menos hicieron ese día fue hacer el TP (el cual iban a reprobar estrepitosamente).




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