Viaje al paraíso imposible

10: Ab imo pectore

Edificios con arquitectura gótica y moderna se alzaban entre lo que a todas vistas parecía ser una ciudad. ¿Por qué una ciudad? ¿Por qué no un lugar más tranquilo y alejado de todo? Es cierto que a su amiga le fascinaban las ciudades antiguas, pero nunca imaginó que iba a ser así su tierra prometida.

Eze comenzó a caminar en busca de ella. La ciudad estaba conformada por varios pasajes y callecitas que le hacían recordar a las ciudades y los pueblos europeos. Iba a ser difícil encontrar a Lucía por entre esas callejuelas. No sabía para que lado ir: si norte o sur o este u oeste. El celular era completamente inservible, tampoco contaba con una brújula a la cual consultar. Tenía que recurrir a la suerte para hallarla.

El joven pasó por todo tipo de locales y establecimientos: iglesias, museos, edificios gubernamentales, pastelerías, supermercados, bares, boliches, hasta había un castillo gris con vidriados multicolores y una torre alta con una aguja dorada. Había miles de rincones por descubrir en aquella ciudad, pero no había ido para eso. Tenía que encontrar a su amiga, lo cual parecía más imposible que viajar al pasado.

No sabía cuántas horas le había demandado ese recorrido, pero las piernas le estaban pidiendo un descanso. En un parque amplio, con variados ejemplares de árboles y flores de múltiples paletas de colores, se echó al pasto. Tan fresco y blando era el pasto que era parecido a estar tirado en una cama recién estrenada. Evitó en todo momento cerrar los ojos para no quedarse dormido. “Una parada rápida y a seguir” pensó mientras miraba al cielo donde no había ninguna nube contaminándolo.

Cerró los ojos y se imaginó a Lucy. Ambos caminando, uno al lado del otro. En esos jardines coloridos y arbóreos, llenos de fuentes, cauces de agua y puentes. ¿Dónde estará? Sin perder más tiempo, se levantó de a poco y sus ojos encontraron lo que tanto buscaba. Ella tenía el cabello recogido y estaba vestida con un vestido floral, unas zapatillas blancas y con el mismo colgante del pájaro que le había visto la primera vez que la conoció. Siempre lo llevaba consigo.

  • ¡Lucy! ¡Que bueno verte! – ella lo miró raro. Alzó las cejas y cruzó los brazos.
  • ¿Te conozco? – aquellas dos palabras descolocaron a Eze, pero pensó que todo era una broma y se la siguió.
  • Jajajaja. Muy buena. Y ahora me vas a decir fantasma o mira quien apareció – la expresión de ella no cambió. Lo seguía mirando raro, como si estuviera loco.
  • Mira. No sé quién sos. Por ahí me confundiste con otra persona – Ella se alejó y él se quedó estancado. ¿Por qué no lo reconocía? La voz sonaba genuina. No parecía que estuviera mintiendo.
  • Sos Lucy, mi amiga. ¿No me recordas? ¿Eze? Me fui a vivir a otro país y volví para las fiestas. Quería verte – ella lo volvió a mirar con una expresión sombría y fría como si él fuera una piedra atada a su pierna.
  • Perdón, pero en serio. No te conozco – Eze empezaba a agitarse. ¿Hace cuánto tiempo que estaba ella en su tierra prometida? Eso la podría haber afectado seriamente.
  • Esta no es tu realidad. Lo digo en serio. Mira – Eze le mostró una imagen de ella con él, pero Lucy siguió sin reconocer la foto. No había hecho eso con sus amigos pensó. ¿Por qué? ¿No se le había ocurrido o por qué esta situación era más grave? Él le siguió mostrando fotos, pero ella meneó la cabeza en clara señal de que no sabía quién era.
  • Lo siento. No conozco a ninguna de esas personas. Ni a vos, pero no creo que seas malo – Eze se desplomó en el césped.
  • No puede ser que no te acuerdes de nada. Es imposible – ella le colocó la mano en el hombro.
  • Te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué te mentiría? – Eze le creía cada una de sus palabras. No le estaba jugando una broma. Estaba siendo sincera, pero él se negaba a creer ese relato. Eze sabía que al menos tenía que intentarlo, sin importar el resultado.

Los edificios y el parque se desvanecieron de un momento a otro para dar lugar a rascacielos más modernos y la Luna se había tragado al Sol. Estaban en una terraza, en la cual se escuchaba una cumbia y pequeños grupos de personas dispersados, probablemente, gente que se conocía entre ellos. Eze tenía en la mano derecha una pequeña botella de cerveza mientras que Lucy estaba bebiendo un gin tonic. Lucy llevaba puesto un gorro de graduación y una cinta que decía “Licenciada Soriano”, cuyas letras eran pequeñas y estaban pegadas una al lado de la otra. Ambos miraban los edificios que se levantaban, los transeúntes y los vehículos que pasaban por esas horas y escuchaban algún aullido o ladrido que venía de la calle o los otros balcones.

El joven la miraba a ella que estaba contemplando la vista de la ciudad. Pensaba que era el momento perfecto para hacer su movimiento, pero no sabía si ella sentía lo mismo. Hace unos años se lo había dejado en claro, pero mucho pudo haber cambiado en ese período. Era prisionero de sus dudas, de sus vueltas. Se podía arriesgar, pero no quería arruinar nada de lo construido. “La concha de la lora” maldecía por dentro.

  • Me alegra muchísimo que te hayas recibido – exclamó para romper ese silencio que lo estaba incomodando y sacándole las uñas de los dedos. Acto seguido, le acercó la botella para brindar esbozando una sonrisa tímida. Era la enésima vez que la felicitaba y que brindaban, pero a ella no le importaba. Tenía una sonrisa de oreja a oreja que había conservado desde que le informaron que se había graduado.
  • Es tan placentero. Tantos años con el culo pegado a la silla y con dos horas de sueño algunos días. Todavía no caigo – ambos se llevaron sus tragos y les dieron un buen sorbo. Él la pellizcó y ella le pegó una palmada suave en el hombro como respuesta.
  • Es real. No más parciales ni finales. De ahora en más despreocúpate por estudiar. Va… salvo que hagas algún máster – ella le dio un fuerte abrazo, sin saltar el trago, y lo volvió a mirar fijo.
  • Gracias por aguantar mis berrinches y enojos. Sos… -




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