Edificios con arquitectura gótica y moderna se alzaban entre lo que a todas vistas parecía ser una ciudad. ¿Por qué una ciudad? ¿Por qué no un lugar más tranquilo y alejado de todo? Es cierto que a su amiga le fascinaban las ciudades antiguas, pero nunca imaginó que iba a ser así su tierra prometida.
Eze comenzó a caminar en busca de ella. La ciudad estaba conformada por varios pasajes y callecitas que le hacían recordar a las ciudades y los pueblos europeos. Iba a ser difícil encontrar a Lucía por entre esas callejuelas. No sabía para que lado ir: si norte o sur o este u oeste. El celular era completamente inservible, tampoco contaba con una brújula a la cual consultar. Tenía que recurrir a la suerte para hallarla.
El joven pasó por todo tipo de locales y establecimientos: iglesias, museos, edificios gubernamentales, pastelerías, supermercados, bares, boliches, hasta había un castillo gris con vidriados multicolores y una torre alta con una aguja dorada. Había miles de rincones por descubrir en aquella ciudad, pero no había ido para eso. Tenía que encontrar a su amiga, lo cual parecía más imposible que viajar al pasado.
No sabía cuántas horas le había demandado ese recorrido, pero las piernas le estaban pidiendo un descanso. En un parque amplio, con variados ejemplares de árboles y flores de múltiples paletas de colores, se echó al pasto. Tan fresco y blando era el pasto que era parecido a estar tirado en una cama recién estrenada. Evitó en todo momento cerrar los ojos para no quedarse dormido. “Una parada rápida y a seguir” pensó mientras miraba al cielo donde no había ninguna nube contaminándolo.
Cerró los ojos y se imaginó a Lucy. Ambos caminando, uno al lado del otro. En esos jardines coloridos y arbóreos, llenos de fuentes, cauces de agua y puentes. ¿Dónde estará? Sin perder más tiempo, se levantó de a poco y sus ojos encontraron lo que tanto buscaba. Ella tenía el cabello recogido y estaba vestida con un vestido floral, unas zapatillas blancas y con el mismo colgante del pájaro que le había visto la primera vez que la conoció. Siempre lo llevaba consigo.
Los edificios y el parque se desvanecieron de un momento a otro para dar lugar a rascacielos más modernos y la Luna se había tragado al Sol. Estaban en una terraza, en la cual se escuchaba una cumbia y pequeños grupos de personas dispersados, probablemente, gente que se conocía entre ellos. Eze tenía en la mano derecha una pequeña botella de cerveza mientras que Lucy estaba bebiendo un gin tonic. Lucy llevaba puesto un gorro de graduación y una cinta que decía “Licenciada Soriano”, cuyas letras eran pequeñas y estaban pegadas una al lado de la otra. Ambos miraban los edificios que se levantaban, los transeúntes y los vehículos que pasaban por esas horas y escuchaban algún aullido o ladrido que venía de la calle o los otros balcones.
El joven la miraba a ella que estaba contemplando la vista de la ciudad. Pensaba que era el momento perfecto para hacer su movimiento, pero no sabía si ella sentía lo mismo. Hace unos años se lo había dejado en claro, pero mucho pudo haber cambiado en ese período. Era prisionero de sus dudas, de sus vueltas. Se podía arriesgar, pero no quería arruinar nada de lo construido. “La concha de la lora” maldecía por dentro.