Viaje al paraíso imposible

11: Ad aeternam

¿Dónde estaba? Todo oscuro, una música lenta que sonaba de fondo. Gente disfrazada. Una fiesta de disfraces sin duda alguna. Se palpó el rostro. Llevaba un ambo negro y unos zapatos negros largos como si fuera un mago. Ahora entendía porque tenía tanto calor. Agarraba a alguien de la cintura, pero no podía verle el rostro. Una máscara le tapaba la cara. Tenía el pelo largo negro que se confundía con la capa oscura que llevaba. Era de un color rojo escarlata. Miró hacia abajo: ella llevaba un body, unas botas, unas alas de murciélago y tenía manchas rojas en el rostro. Parecía una vampiresa.

¿Quién era? ¿Por qué estaba bailando con esa mujer? El que trataba de evitar bailar siempre y cuando sea posible para no pasar vergüenza. Ella tenía una sonrisa de oreja a oreja y los ojos desprendían una luz en esa oscuridad. Él se dejaba llevar por la situación y sabía que en algún momento iba a tener que dar el paso porque…

Cuando había tomado suficiente coraje para hacerlo, a ella le cambió el rostro por completo. La piel se le tornó más blanca de lo normal (y eso que la tenía pintada de blanco) y los ojos se le abrieron de par en par. Le soltó la mano y echó a correr hacia la entrada del boliche o bar en el cual se encontraban. Él empezó a seguirla. No le gustaba hacerlo, pero empezó a empujar a la gente sin pedir permiso, lo cual le valió un par de insultos y empujones. Tenía que saber su nombre. No podía irse con las manos vacías.

¿Por qué se fue sin decir nada? ¿Por qué se asustó? Él llegó a alcanzarla justo en la entrada y la agarró de la mano. “¿Por qué te fuiste? ¿Ocurrió algo?” le preguntó. Ella desesperada salió corriendo y volvió a seguirla. Le ofrecía ayuda insistentemente, pero ella no se detenía. Ella miraba hacia atrás. ¿Quién la perseguía? ¿Por qué no le quería decir? Finalmente, se detuvo en una esquina y le agarró de los hombros.

“Lo siento, viene por mí” ¿Quién venía por ella? ¿Por qué se lo ocultaba? Ella lo abrazó y salió corriendo. Esta vez, no la siguió. Observó como escapaba de una amenaza desconocida (para él). No sabía su nombre y nunca más la volvería a ver.

Un ruido ensordecedor empezó a escucharse en todo el cuarto. Eze agarró el celular y detuvo la alarma. Se acordaba parte de ese sueño, al menos los últimos instantes, aunque no sabía si continuaba o no. Pronto se olvidaría de eso. ¿Por qué soñó con esa mujer? ¿Por qué soñó con esa persecución?

Optó por no darle relevancia y prepararse para otra jornada laboral. Después de todo era otro sueño. El siempre creyó que los sueños no tenían sentido. Eran un rejunte de cosas que ocurrían que no tenían conexión entre sí, además de que se los olvidaba rápidamente.

Era viernes. Una vez que finalice ese día hábil, iban a empezar sus vacaciones. Lo que tanto había ansiado. Los paisajes encantadores de la Patagonia lo esperaban. Un año entero planificando esas vacaciones con sus amigos. Había ahorrado cada centavo para poder hacer ese viaje con ellos. Se lo habían prometido después de lo que habían pasado.

Eze había regresado a mitad de año. Ese sentimiento de familiaridad y las amistades eran lo que le faltaba. No despreciaba la experiencia que había ganado afuera. Sabía que su economía y calidad de vida no iban a ser las mismas, pero él solo quería disfrutar esos pequeños momentos con la familia y los amigos.

Esos encuentros con Desiderium y las visitas a las Tierras Prometidas de sus amigos lo habían hecho reflexionar. Después de ese viaje de locos, tenía que hacer un balance. Qué quería en su vida. Qué era lo que más le importaba. Siempre había algo para resignar, pero algo que se ganaba a cambio. Su vida fuera de su país no era un desastre, pero había algo que le faltaba. No estaba conforme. Ese “algo” tenía que completarlo. Y eran esos pequeños momentos y esos vínculos lo que le bastaba para completar su vida. ¿Se podía tener la vida perfecta? Sí. ¿Cuántas personas lo lograban? Cada uno tiene distintas perspectivas, tal como lo demostró sus incursiones a las Tierras Prometidas de sus amigos. Una perspectiva puede variar completamente de otra. Cada uno tiene su versión de su mundo ideal, teñido completamente de su subjetividad.

“Desiderium” significaba “deseo” en latín. El sujeto buscaba el deseo de las personas. Su deseo de un mundo ideal. El joven se acordaba bien del nombre de ese sujeto, pero había partes que faltaban. Sentía que faltaba una o varias piezas de lo que había vivido en el mundo de las almas, como si en un juicio una parte del relato del criminal o de un testimonio no encajara. Algo le había sucedido. ¿Le lavaron el cerebro o tenía un trastorno de la memoria que le impedía recordar bien? Nunca lo sabrá. Siempre le quedará ese hueco en la memoria y esa duda de qué fue lo que olvidó o que su memoria borró por su bien.

El día transcurre de manera normal, sin sobresaltos, sale más temprano de lo habitual de la oficina ya que al ser viernes la carga laboral es más baja. “¡Al fin!” grita. Lo que tanto había ansiado. Ya piensa en todo lo que van a hacer en la Patagonia. Asados, acampe, trekking, tirolesa, rafting, mates en los lagos cristalinos, entre otras cosas. Tenía que hacer la valija porque salían mañana por la madrugada y todavía no había organizado nada. Tenía que acercarse a lo del Lobo y de ahí salían a la autopista. Era un viejo largo, pero sabía que valía la pena. Iba a disfrutar cada hora que pasara en la ruta y cada hora que pasara con sus amigos cuando llegaran a destino. Eso era lo que deseaba en la vida: disfrutar de esos momentos.

Zapatillas deportivas y para salir, bolsa de dormir, buzos y camperas (por las dudas), remeras, pantalones, medias, calzones, etc. Antes de la cena, tenía todo listo y todo lo que llevaba entraba sin problemas en la valija que llevaba consigo. Tenía que irse a acostar temprano porque tenía que salir temprano para lo de su amigo.

El depto de Facu y su novia estaba a unas estaciones de subte del hogar que alquilaba, pero tuvo que tomarse un taxi porque a esa hora no estaba en funcionamiento ese medio de transporte. Salió con tiempo para llegar a horario y no retrasar la hora que habían pactado para salir, pero sabía que alguno iba a llegar más tarde de lo habitual y que lo iban a tener que esperar.




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