Viajes Sin Destino

Capítulo 1: Angelia Lovisfal

Angelia Lovisfal

¿Quién?

El bosque que hacía un par de horas parecía ofrecer el clima perfecto ahora se encontraba totalmente helado. Un frío gélido se había adueñado de sus húmedas extremidades; el mismo bosque que antes susurraba melodías suaves ahora crujía como si cargara en sus ramas el peso de su dolor. El hermoso cabello que normalmente le caía por debajo de la cintura ahora se veía opaco, enmarañado, mojado y oscuro. Las plumas, antes símbolo de gracia, estaban desordenadas y manchadas de barro como si hubiesen caído del cielo por voluntad del castigo. Sus manos temblaban aún más que el resto de su cuerpo, pequeñas y frágiles, aferrándose a la nada.

Notaba el barro bajo sus pies más que nunca. Era espeso, viscoso, aferrándose con rabia a su piel rosada, ensuciándola de la misma forma en que su alma había sido corrompida. La brisa le raspaba la piel con crueldad, como si el mundo entero se burlara de su miseria, como si el Destino misma hubiese esperado este momento para presenciar su caída.

¿De qué le había servido la virtud? ¿Para qué tantos años de obediencia? ¿De qué sirvió mantenerse casta, pura, fiel a un ideal que jamás había sido suyo? ¿Era todo eso un simple adorno, una ilusión que el destino le ofreció solo para tener algo que destruir?

¿Era ella una criatura de fe, o una ofrenda preparada desde el nacimiento para ser quebrada?

¿Acaso la bondad era una trampa disfrazada?

¿De qué sirve resistirse a la oscuridad si el mismo cielo se alimenta del sacrificio de los buenos?

¿El mundo premia al fuerte o simplemente castiga al vulnerable?

Su corazón se sentía comprimido, aplastado por una mano invisible que no lo soltaba. Quizás esto era lo que el destino necesitaba mostrarle para ayudarla a decidir. Quizás esta humillación era la puerta a una respuesta que siempre había evitado mirar de frente.

Nunca lo había dudado, no de verdad, pero... Quizás Custo pudiese vivir libremente. Pero al amarla, solo había puesto una cruz en su frente. ¿Era esta su condena? ¿Una venganza ciega? ¿Una maldición encubierta con palabras dulces? ¿O simplemente el resultado inevitable de ser amada por alguien con poder?

¿Era ella una moneda de cambio? ¿Un trofeo en la disputa de dioses disfrazados de niños? Pero no eran niños. Era el Destino... y Custo Tempes.

El Destino, eterno, cruel y silencioso.

Custo Tempes, el Dios del Tiempo.

De niña solía preguntarse por qué todos lo llamaban "el Dios del Tiempo", mientras a ella, a sus hermanas, incluso a Virindia, jamás se les había otorgado tal título. Nadie los llamaba dioses, aunque lo fueran. Nadie los trataba como a él.

Pronto entendió que no se trataba solo de poder, sino de otra cosa. Era su capacidad de elegir. De moverse. De decidir. Lo envidiaba. Lo envidiaba demasiado. Lo había amado por eso. Y lo odiaba también por eso.

Porque él tenía libre albedrío, y ella era solo una marioneta.

La marioneta favorita del Dios del Tiempo...

Y por eso, la marioneta más vigilada, más atada, más odiada por el Destino.

Ahora no se sentía siquiera de porcelana. Por años la cuidaron como si fuese una muñequita de cerámica, preciosa, frágil, apartada del caos.

Pero ahora... ahora era una muñeca de trapo rota. Un objeto olvidado, sucio, incompleto.

Quizás todos lo sospechaban. Tal vez por eso Virindia la mantuvo siempre cerca, tal vez por eso Pythonissan vigilaba en silencio, tal vez por eso Daemina la acompañaba con tanto decoro.

Quizás todos sabían que esto iba a pasar.

Que desde el instante en que Custo comenzó a amarla con tanto fervor, su final ya había sido escrito.

Y quizás, solo quizás...

Rechazarlo había sido su último y desesperado intento de escribir una línea propia dentro de la historia que otros habían decidido por ella.

Al llegar a la gran Casa que compartía con sus dos hermanas, Angelia notó que parecía más grande y más fría que nunca. Las paredes, que solían contener risas, historias y silencios cómodos, ahora parecían distantes, hostiles, como si hasta la madera hubiese percibido su transformación. Soltó el aire que no sabía que guardaba, y cruzó la puerta con pasos que no eran del todo suyos.

El murmullo de una conversación entre Pythonissan y Daemina inundó sus oídos como agua pesada, oscura. Hablaban en voz baja, pero con intensidad, y cuando la vieron cruzar el umbral, se detuvieron. El silencio fue más doloroso que cualquier grito.

Los pasos se acercaron, y Angelia sintió la mirada de ambas posándose sobre ella. Era una inspección cuidadosa, dura, como si cada mancha de barro en su piel hablara por sí sola, como si su vergüenza tuviera forma y olor.

—¿Lia, estás bien? —preguntó primero Daemina. Su voz era seria, inusualmente grave. Pocas veces se mostraba así.

—¿Angelia...? —la interrumpió Pythonissan, acercándose con lentitud, como si temiera que un movimiento brusco pudiera espantarla—. ¿Alguien te atacó?

La aludida no respondió. Solo bajó la vista hacia sus propios pies embarrados. En su mente, todo se repetía a una velocidad insoportable: los susurros, las manos, la sangre invisible, el frío, Dei...

—Lia —insistió Pythonissan, ahora tocando suavemente su brazo.

Ese toque, que durante años le había parecido un bálsamo, algo entre mágico y maternal, ahora fue como una bofetada. Se tensó, contuvo el aliento y, al levantar la vista, se encontró con los ojos de sus hermanas. Allí vio algo más aterrador que el juicio: vio el miedo. Vio que ellas también sabían que algo había cambiado para siempre. Vio que no podían protegerla. Vio que el daño ya estaba hecho.

—Angelia, hablá con nosotras —dijo Daemina, intentando que su voz no se quebrara.

—Podemos ayudarte —respondió Pythonissan con dulzura firme.

Angelia tembló. Quiso decir algo, pero las palabras se atragantaron. "No me toquen. No me miren así. No digan mi nombre como si fuera de cristal."




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