Viajes Sin Destino

Capítulo 2: Angelia Lovisfal

Parte II

Daemina y Pythonissan habían copiado la idea de Custo.

Vendándose los ojos, caminaban por la casa como si la ceguera fuera la única forma de cuidar a su hermana menor, como si cubrirse la vista les permitiera no traicionar la fragilidad de Angelia, no exponerse a la supuesta impureza que a ella tanto la consumía.

Les llevó un par de semanas adaptarse por completo a la nueva rutina.

Al principio tropezaban con muebles, volcaban copas, medían mal las distancias, pero poco a poco aprendieron a moverse por la casa como si realmente vieran.

No hablaban del tema, y actuaban con una naturalidad tan perfeccionada que habría engañado a cualquiera. Cualquiera menos a Angelia.

Ella lo notaba todo.

Notaba la rigidez en los hombros de Daemina, la pausa antes de cada movimiento de Pythonissan. Notaba que, aunque sus hermanas fingieran ceguera, ninguna dejaba de verla.

Y sin embargo, Angelia sentía que algo no encajaba.

Era como si el mundo hubiese dejado de girar a su alrededor, como si el polvo, el aire y las emociones ya no pudieran tocarla. Vivía dentro de una burbuja cuidadosamente construida por ellas —y por ella misma—, una cápsula translúcida donde todo lo exterior se difuminaba, flotando sin llegar jamás a penetrarla.

Así las veía ahora, sentadas frente a ella como estatuas templadas por el tiempo.

Pythonissan, con un lazo negro cubriendo sus ojos, cortaba su comida con una delicadeza inhumana, guiándose por la memoria, por el sonido, por el hábito.

Pero Angelia sabía.

Sabía que su hermana mayor ya no dormía.

La luz de aquella lámpara maldita —la que le permitía ver fragmentos del futuro— permanecía encendida día y noche. Iluminaba sin descanso las noches de la casa, proyectando sombras que ya nadie se atrevía a mencionar.

Las palabras de quien alguna vez fue un ángel aún ardían en Pythonissan, quemando lentamente los bordes de su razón. Ahora vivía devorando imágenes del futuro, encadenada a la esperanza de prevenir algún nuevo horror. Un intento desesperado por controlar lo que ya parecía imposible contener.

Angelia también había notado la ausencia de Daemina.

La forma en que desaparecía a altas horas de la noche, envolviéndose en un silencio de pluma, y volvía cuando el sol ya estaba alto, fingiendo nunca haberse marchado. Nunca decía adónde iba, y nadie preguntaba.

Angelia odiaba lo que habían llegado a ser.

Odiaba que sus hermanas tuvieran que ocultarle las verdades más básicas, los desastres cotidianos, los hilos del futuro, todo para proteger su mente, esa mente que alguna vez había sido brillante y férrea, y que ahora parecía frágil como una hoja bajo la lluvia.

Pero sabía que la culpa era suya.

Ella misma había edificado esa jaula hermosa donde ahora vivía.

Ella había tejido los barrotes de seda con sus propios miedos, y aunque la jaula tuviera flores colgando de sus barrotes, seguía siendo una prisión. Vivía como un gorrión entre vidrios, mirando el cielo a través del encierro, anhelando un tipo de libertad que ya no sabía cómo tocar.

Ya no sabía volar...

La oscuridad de la casa la vestía esa noche.

Se escondía en ella como un animal salvaje agazapado, lista para cazar...

Pero lo único que deseaba cazar eran las mentiras.

Las mentiras de Daemina.

Y esa noche, al fin, lo confirmó.

Daemina salió de la casa como siempre: en total silencio, invisible incluso a los sonidos. Pero esta vez, Angelia la siguió con la mirada. Se acercó a la ventana y se mantuvo oculta en la penumbra, apenas una silueta fundida en la oscuridad.

Y entonces lo vio.

El rostro que su mente trataba de arrancar en sueños.

Las manos que jamás podría olvidar, por más que arrancara la piel que las había sentido.

Dei Virtute la esperaba bajo la luna pálida, como un recuerdo al que nadie había invitado a regresar.

Y Daemina, al verlo, sonrió.

Corrió a abrazarlo sin temor, como si el pasado no doliera, como si todo lo demás se hubiera borrado.

Él le devolvió el abrazo.

Y juntos, se marcharon.

Angelia no lloró.

No gritó.

Solo se quedó allí, detrás del vidrio, con la respiración contenida y el corazón en silencio.

No sabía si lo que sentía era traición, miedo o un nuevo tipo de resignación que todavía no sabía nombrar.

Pero algo dentro de ella comenzó a agrietarse.

Angelia se alejó lentamente de la ventana, sus pasos eran tan suaves que apenas crujían bajo el viejo piso de madera. La sombra de su hermana desapareciendo junto a él aún bailaba en el fondo de sus ojos, como un reflejo que no quería irse. Pero no quedaba más nada por ver. Solo quedaba el acto final.

Regresó a su habitación en silencio, como una aparición cansada.

Allí, donde el tiempo se había detenido desde hacía semanas, recogió con manos temblorosas los restos de lo que alguna vez la habían hecho volar.

Las alas, mutiladas, secas, casi irreconocibles...

Carnes suaves que habían formado parte de ella, ahora convertidas en pedazos rotos de lo que fue.

Las envolvió con lentitud en una vieja sábana, doblándola con ternura y respeto, como quien guarda los huesos de un ser querido.

Las ató con una soga raída, improvisando un bolso tan rudimentario como simbólico.

Luego tomó su arco.

El mismo que alguna vez la había defendido.

Y el carcaj.

Estaba lista.

Al salir de la casa, no miró atrás de inmediato.

Solo cuando el aire tocó su rostro y el sonido del bosque quedó en silencio, giró la cabeza.

Y al ver esa casa inmóvil, vieja, llena de secretos que ya no le pertenecían, supo que su viaje no tendría regreso.

No por falta de caminos.

Sino porque, aunque volviera, ya no sería la misma.

Caminó durante días, guiada por nada más que una certeza muda en el pecho.

No buscaba un lugar, sino una redención que ni ella sabía cómo lucía.




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