Viajes Sin Destino

Capítulo 3: Angelia Lovisfal

Parte III

Cuando la silueta de Angelia apareció entre la niebla matinal, los pegasos interrumpieron su descanso para alzar la vista. Caminaba con paso sereno, casi etéreo, cargando dos grandes bolsas repletas de manzanas rojas como la sangre.

Las telas estaban desgarradas, cosidas a la fuerza con retazos de lo que alguna vez fueron carpas y mantos de los pequeños seres exterminados. El aroma dulce y penetrante de la fruta impregnaba el aire.

Los pegasos rompieron en júbilo. Relinchos alegres y aleteos suaves llenaron el claro mientras descendían en círculos, celebrando su regreso.

El líder se apresuró en llegar hasta ella, rebosante de orgullo.

—Veo que ha hecho lo correcto, joven diosa —la alabó con una sonrisa reverente—. Su juicio ha sido justo, su resolución... admirable.

Angelia se detuvo frente a él. Sus ojos celestes brillaban, pero no de emoción.

—No tenían nada que ofrecer... más que lástima —dijo con voz calma, casi melancólica, mientras dejaba caer las bolsas a sus pies—. Además, habría sido de muy mala educación, incluso para una diosa, traicionar un acuerdo.

El líder asintió con satisfacción, sin captar el filo oculto en sus palabras. Se inclinó sobre los frutos, contemplándolos con deseo.

—Ha traído un banquete celestial. Estas manzanas... —rozó una con el hocico, embelesado por su color—. Nos honra con su generosidad.

Pronto los demás pegasos se acercaron, formando un círculo alrededor de las bolsas. Uno a uno comenzaron a morder las manzanas con avidez, compartiendo carcajadas y comentarios en un idioma ancestral que Angelia no comprendía, ni le interesaba comprender.

El líder giró su rostro hacia ella mientras las manzanas chorreaban jugo carmesí desde la boca de los pegasos.

—Usted, joven diosa, esta noche ha demostrado lo necesario para liderar cualquier especie —volvió a alabarla—. Esa templanza... ese pensamiento frío y estratégico. Jamás lo hubiera esperado de usted. Es más propio de Dei Virtute... o de cualquier otro dios a decir verdad.

El nombre cayó como una piedra en el agua serena de su mente. Angelia parpadeó. Por dentro, la herida volvió a arder. Pero por fuera, sonrió como si el comentario no hubiese tocado nada.

Asintió con aparente gratitud, justo antes de que el primer golpe seco hiciera temblar la tierra.

Un pegaso gigantesco cayó de rodillas. Su cuerpo convulsionó un segundo antes de desplomarse por completo.

Los demás se detuvieron, confundidos, con manzanas aún entre los dientes.

Y entonces otro cayó. Y otro. Y otro más.

La celebración se convirtió en caos. Las alas se desplegaron con fuerza, las voces se alzaron en pánico.

El líder giró con brutal rapidez, buscando respuestas, pero en el fondo ya lo sabía.

Se volvió hacia Angelia con el rostro desencajado.

—¿Por... qué? —preguntó, más como un susurro que como una demanda.

Angelia se adelantó un paso. La luz del amanecer parecía coronarla como a una reina vengadora.

—No es muy sabio intentar engañar a un dios para que haga tu trabajo sucio —comenzó, con una voz clara, peligrosa—. Menos aún... asesinar a una cría de tu propia especie para fabricar una excusa convincente. ¿Pensaste que no notaría las marcas de tus pezuñas en el pequeño cuerpo que mostraste?—rió, oscura, como si el mundo se hubiese convertido en una broma privada—¿Pensaste que podías manipularme con adulación, joyas y promesas huecas? No, querido líder. Yo ya he conocido el veneno disfrazado de palabras dulces. ¿Sabes qué tiene verdadero valor? —levantó su arco, tensándolo sin esfuerzo—. El poder.

Y con él, la libertad de elegir a quién se perdona... y a quién se destruye.

El pegaso comenzó a retroceder, incrédulo, tropezando con los cadáveres de los suyos. No encontró respuesta, solo temor.

—La confianza —añadió Angelia, apuntando con firmeza— no es otra cosa que poner el arma en manos del enemigo.

La flecha voló como un rayo. Ni siquiera gritó.

Se incrustó entre los ojos del pegaso líder, que cayó al suelo con la dignidad quebrada de un rey traicionado.

El claro quedó en silencio, manchado de rojo, perfumado con fruta y muerte.

Y Angelia, de pie entre cuerpos alados y manzanas a medio comer, cerró los ojos.

No sonrió.

Angelia, con la misión cumplida y la venganza en los ojos, volvió a encaminarse hacia las playas. La brisa salada comenzaba a acariciar su piel, prometiéndole otra travesía. No había nada más que resolver, ningún juicio pendiente.

Pero entonces, un leve crujido entre los arbustos detuvo sus pasos. Se tensó. El instinto afilado la impulsó a tomar el arco, y una flecha ya estaba a medio tensar cuando comenzó a acercarse en silencio.

Separó con cuidado las ramas, aún atenta al menor movimiento. Pero lo que encontró bajo las hojas la hizo soltar un suspiro largo, y el arco descendió junto con su guardia.

Dos pequeños pegasos dormían, enroscados uno contra el otro como si el calor compartido bastara para protegerlos del mundo. Sus cuerpos diminutos, aún sin alas completamente desarrolladas, se alzaban con lentitud al ritmo de su respiración plácida. Angelia guardó el arma, luego se agachó, dejando que su rostro se suavizara con una ternura que hacía mucho no emergía sin esfuerzo.

—Despierten, dulzuras... —susurró mientras rozaba con delicadeza sus crines suaves.

Ambos se removieron, asustados al principio, sus ojos brillantes abiertos como platos. Pero al ver el rostro que los miraba, se calmaron. Tenía algo de luna en los ojos, algo de madre en los gestos. Y eso bastó.

—¿Se quedaron dormidos comiendo estas frutitas? —preguntó con voz melodiosa, señalando unas pequeñas bayas azules desperdigadas a su alrededor.

Los pegasos bebe asintieron con una lentitud culpable, sus vientres redondeados delatando su festín. Angelia dejó escapar una risa suave, que por un instante, no escondía doble filo.




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